Hay algo que me parece indispensable hacer antes de que @delcyrodriguezv aparezca en las Naciones Unidas.
No podemos permitir que le construyan una biografía nueva...
No estamos hablando de una tecnócrata que apareció ayer en la política venezolana.
Estamos hablando de una persona que ocupó cargos de enorme responsabilidad dentro del aparato político de Nicolás Maduro… fue canciller, vicepresidenta ejecutiva y presidenta de la Asamblea Nacional Constituyente de 2017.
¿Qué ocurría en Venezuela mientras Delcy Rodríguez ocupaba esas posiciones de poder?
Ocurría represión.
Persecución política.
Detenciones arbitrarias.
Criminalización de la protesta.
Torturas y malos tratos denunciados ante organismos internacionales.
La propia documentación de Naciones Unidas recoge patrones de represión política y violaciones de derechos humanos durante esos años:
https://t.co/UMBgWWhERe
Delcy Rodríguez no era una espectadora de aquel sistema…
Era una alta funcionaria del Estado.
Fue presidenta de la Asamblea Nacional Constituyente cuando ese órgano asumió competencias que correspondían a otras instituciones y, entre sus primeras actuaciones, destituyó a la fiscal general Luisa Ortega Díaz.
La ONU documentó además el debilitamiento de la independencia institucional y la persecución de opositores y funcionarios:
https://t.co/tvt5eX6HPR
Aclaremos algo para que nadie manipule esto…
La propia trayectoria política de Luisa Ortega Díaz es cuestionable y eso no es lo que estamos discutiendo.
El punto es otro…
Delcy Rodríguez estaba al frente de aquel órgano mientras se producía ese proceso de demolición institucional.
Hay otro dato que resulta todavía más incómodo para quienes ahora quieren presentarnos una nueva versión de Delcy Rodríguez…
En 2018, el Departamento del Tesoro de Estados Unidos la sancionó. La propia descripción de Washington la ubicaba dentro del círculo de altos funcionarios que ayudaban a Maduro a mantener y consolidar su poder autoritario:
https://t.co/ww4LbJhlHO
Es decir…
Estados Unidos ya conocía perfectamente quién era Delcy Rodríguez.
No la descubrieron ahora.
No apareció de repente como una figura técnica y moderada.
Tiene una trayectoria política perfectamente documentada y un lugar perfectamente identificable dentro del aparato de poder venezolano.
Ahora esa misma persona está siendo presentada ante el mundo como interlocutora de Venezuela y será recibida en el contexto de la Asamblea General de las Naciones Unidas…
Aquí está el verdadero problema.
Una cosa es que Estados Unidos tenga que negociar con quien ejerce de facto el poder.
Otra, completamente distinta, es que en el proceso se termine lavando su trayectoria y construyendo alrededor de ella una legitimidad que no proviene de una elección presidencial venezolana.
La diplomacia puede cambiar de interlocutor.
Los intereses geopolíticos pueden cambiar.
Los gobiernos pueden negociar con quien consideren necesario.
Pero hay algo que no pueden cambiar por decreto… los hechos.
Por eso, antes de recibirla, antes de estrecharle la mano y antes de presentarla ante el mundo con una nueva narrativa, sería bueno que la comunidad internacional leyera su expediente completo.
Sus cargos…
Sus decisiones…
La actuación de la Constituyente que presidió…
Los informes de Naciones Unidas sobre la represión y la persecución política…
Las sanciones que Estados Unidos le impuso…
Y, sobre todo, el contexto en el que ejerció el poder…
Si vamos a hablar de una nueva Venezuela, no podemos empezar construyéndola sobre una nueva versión de quienes gobernaron la Venezuela anterior.
No se trata de impedir que hablen con Delcy Rodríguez. Se trata de impedir que, mientras hablan con ella, nos cambien la historia.
Una fotografía en las Naciones Unidas puede cambiar la percepción…
Pero NO puede cambiar la historia.
Y nosotros vamos a encargarnos de que el mundo conozca la fotografía completa.
Delcy Rodríguez NO representa a Venezuela ni a los venezolanos. Es ilegítima. Nadie la eligió.
Durante décadas ha insultado a los Estados Unidos, atacado al mundo libre y es una de las principales figuras de un régimen criminal que persigue, encarcela, tortura y ha expulsado a millones de venezolanos.
Ahora pretende hablar ante el mundo en nombre de un país que la odia.
Que nadie se confunda: la voz de Venezuela es la de millones que exigimos libertad, democracia y elecciones presidenciales.
Delcy Rodríguez representa una dictadura que va de salida.
¡Viva Venezuela Libre!
𝐇𝐚𝐬𝐭𝐚 𝐞𝐥 𝐟𝐢𝐧𝐚𝐥
Apuntes de una ciudadana del mundo sobre María Corina Machado, escritos sin encargo, sin redacción que los reclame y sin más permiso que el de la propia conciencia.
Por Elizabeth Sánchez Vegas
Quiero aclararlo antes que cualquier otra cosa, no por humildad fingida sino porque me parece que importa: no escribo para un periódico, no me paga una revista, no hay un canal detrás de estas líneas ni un editor esperándolas con la impaciencia del cierre. Toda mi tribuna son dos o tres cuentas en redes sociales con apenas unos cuantos seguidores, gente que me lee por cariño o por costumbre y que nunca me pidió que escribiera sobre esto. Tampoco me ampara esa coartada tan cómoda de las credenciales, esa que permite decir lo que uno piensa poniéndole encima el escudo de una institución para que el golpe no llegue directo al cuerpo. Escribo desde el único lugar desde el que cualquiera puede escribir cuando ya no soporta el silencio, que es el lugar sin techo, sin gremio y sin salario, ese punto de la intemperie donde una persona se queda a solas con una historia que la desvela y decide que va a contarla aunque nadie se la haya pedido. Si estas palabras vuelan y alguien las lee del otro lado del mundo, magnífico, que vuelen. Y si se quedan aquí, apagándose despacio como se apagan casi todas las cosas que escribimos de madrugada, también está bien, porque entonces habrán servido al menos para dejar constancia de que una mujer cualquiera, en un momento cualquiera de este siglo apresurado, se detuvo a mirar de frente lo que otra mujer estaba haciendo con su vida y no pudo quedarse callada.
Hay una idea instalada, casi un axioma de nuestra época, según la cual la política es un oficio de dentaduras impecables y promesas negociables, un teatro donde los papeles se reparten por conveniencia y se abandonan por lo mismo. Y después está esta señora venezolana, ingeniera industrial de formación, mujer de números y de proyectos financieros, que en 1992, cuando podía haber dedicado su cabeza privilegiada a multiplicar patrimonios ajenos y propios, abrió una casa para los niños que dormían en las aceras de Caracas. Pienso mucho en ese detalle, más de lo que quisiera. Pienso en la clase de persona que va caminando por su ciudad, ve un bulto pequeño durmiendo sobre un cartón en la entrada de un edificio y, en lugar de apurar el paso como hacemos todos, se detiene y decide que eso es inaceptable y que le corresponde a ella hacer algo. No lo escribo como dato de currículum: lo escribo porque ahí está la llave de todo lo demás, el primer indicio de una vocación que no consiste en tomar el poder sino en recoger con las manos lo que el poder deja tirado en la calle. Diez años después, cuando fundó Súmate para que la gente aprendiera a contar sus propios votos y a defenderlos mesa por mesa, estaba haciendo exactamente lo mismo a otra escala: recoger del suelo algo que también habían arrojado ahí, en este caso la idea escandalosamente simple de que un pueblo tiene derecho a saber cuántos son los suyos y hacia dónde quieren ir.
Por enseñar a contar votos la acusaron de traición a la patria. Hay que detenerse en esa frase, masticarla despacio hasta que duela, porque en ella está condensada toda la lógica de los regímenes que confunden el país con su propia biografía: se acusa de traicionar a la nación a quien pide que la nación hable. Después vinieron las otras humillaciones, administradas con esa paciencia burocrática que es la forma más cobarde de la crueldad, porque no deja moretones visibles y desgasta durante décadas sin que nadie tenga que ensuciarse las manos. La prohibición de salir del país sin condena que la sustentara. La inhabilitación por quince años firmada en una oficina, con sello y membrete, sobre un papel que ningún tribunal decente del mundo defendería en público sin sonrojarse. El escaño de diputada arrancado de un plumazo en 2014, después de que ella hubiera llegado a ese hemiciclo con la votación más alta que había recibido nadie en la historia del Parlamento venezolano, un detalle que sus enemigos prefieren no recordar y que explica por qué le tuvieron siempre tanto miedo. Y antes de todo eso, aquella escena que los venezolanos guardan en la memoria como se guarda un fósforo encendido en el hueco de la mano para que el viento no lo apague: una mujer de pie interrumpiendo el discurso interminable del hombre más poderoso del continente para decirle a la cara que expropiar es robar, y el hombre poderoso respondiéndole con aquella arrogancia que ya olía a mausoleo, que el águila no caza moscas, sin sospechar que acababa de regalarle a su adversaria la imagen fundacional de todo lo que vendría después.
Lo que más me conmueve de ella, sin embargo, no es ninguno de esos episodios de coraje espectacular, porque el coraje espectacular dura un minuto y sale bien en las fotografías. Lo que me desarma es la otra cosa, la que no fotografía nadie: la década entera recorriendo pueblos que no aparecen en los mapas, carreteras rotas, aldeas donde ya no quedaban ni luz, ni médicos, ni muchachos, porque todos se habían ido; plazas con veinte personas escuchándola bajo un sol que parte las piedras, y ella hablándoles con la misma intensidad con que hablaría ante un estadio, porque para ella esos veinte eran el país entero. Esa constancia sin público es la parte más dura de todas, ese trabajo de hormiga de sumar voluntades de una en una, de dos en dos, de diez en diez, sabiendo que la cosecha, si algún día llega, llegará tarde y quizá no llegue para quien la sembró. Por eso, cuando en octubre de 2023 más de dos millones de venezolanos desafiaron el miedo y le dieron más del noventa por ciento de los votos en una primaria que el régimen había declarado imposible, ese resultado no fue un milagro ni un fenómeno mediático: fue la factura de diez años de kilómetros, de gasolina negada, de hoteles que le cerraban la puerta, de dirigentes locales presos, de caravanas detenidas en alcabalas por hombres armados que tenían órdenes precisas de humillarla. La inhabilitaron enseguida, por supuesto, porque el sistema no supo hacer otra cosa, y ella respondió con seis palabras que deberían enseñarse en todas las escuelas de derecho constitucional del planeta: 𝐪𝐮𝐢𝐞𝐧 𝐡𝐚𝐛𝐢𝐥𝐢𝐭𝐚 𝐞𝐬 𝐞𝐥 𝐩𝐮𝐞𝐛𝐥𝐨 𝐝𝐞 𝐕𝐞𝐧𝐞𝐳𝐮𝐞𝐥𝐚.
Después llegó 2024 y ocurrió aquello que todavía no sabemos nombrar del todo. Una mujer a la que le habían prohibido ser candidata cruzó el país de punta a punta con la camisa blanca y los jeans de siempre, encaramada en camionetas, levantada en hombros por gente que lloraba al verla sin entender bien por qué lloraba, haciendo campaña por otro hombre, Edmundo González Urrutia, en el gesto de desprendimiento político más limpio que ha dado América Latina en mucho tiempo. Y entonces sucedió lo verdaderamente extraordinario, que no fue ella sino lo que ella encendió: cientos de miles de venezolanos comunes, señoras de barrio, muchachos de liceo, jubilados con las rodillas destrozadas, se formaron durante meses para vigilar mesas electorales, aguantaron horas de pie sin comer, fotografiaron actas con teléfonos viejos, las escondieron en la ropa interior y en los zapatos y las sacaron a la luz del mundo mientras afuera los esperaban las camionetas sin placas. Un país entero convertido en notaría de sí mismo. Eso no lo organiza el carisma; eso lo organiza la confianza, que es la sustancia más difícil de fabricar que existe y la única que no se puede confiscar.
Y hay una cosa que no he podido quitarme de la cabeza desde que la vi: en esas plazas la gente no le pedía comida, que era lo que faltaba, ni medicinas, que era de lo que se estaban muriendo. Le pedían, con el teléfono en la mano y la pantalla encendida en la cara de un hijo que se fue hace seis años, que se los devolviera. No conozco otra campaña en el mundo donde la promesa central no fuera un empleo ni un subsidio, sino algo tan antiguo y tan pequeño como volver a sentar a una familia completa alrededor de la misma mesa; y no conozco a nadie más que haya entendido que ese, y no la presidencia, era el único cargo por el que valía la pena jugarse la vida.
Lo que siguió fue un año y medio de sótanos, de casas prestadas, de mudanzas nocturnas, de mensajes grabados en penumbra para sostenerle el ánimo a un pueblo desde un escondite cuya ubicación no conocía ni su propia familia. Una mujer de cincuenta y tantos años, madre de tres hijos, viviendo como una fugitiva en la tierra donde nació por el delito de haber ganado. En octubre de 2025 el Comité Noruego le dio el Premio Nobel de la Paz por su trabajo incansable en favor de los derechos democráticos del pueblo venezolano, y esa frase, tan sobria, tan escandinava, tan incapaz de contener lo que nombraba, sonó en Venezuela como suena el agua cuando se lleva demasiado tiempo con sed. Y cuando llegó el 10 de diciembre y el mundo miraba hacia el ayuntamiento de Oslo, ella no estaba ahí: estaba cruzando el mar en una lancha, o esperando en alguna pista, o pasando alcabalas con el corazón en la garganta, mientras su hija Ana Corina, de pie ante reyes y ministros, leía en voz alta las palabras que su madre había escrito a escondidas. Llegó de madrugada, casi un día tarde, agotada, y se asomó al balcón de un hotel donde decenas de venezolanos la esperaban en el frío de diciembre, y se puso la mano en el pecho y cantó el himno de un país al que no podía volver, mientras desde la calle le gritaban valiente, libertad, María, ayúdanos a volver. Yo he visto ese video más veces de las que me atrevo a confesar y todavía no consigo llegar al final sin que se me nuble la vista, y ya dejé de avergonzarme de eso.
Sería tentador cerrar aquí, con el balcón y el himno y las banderas en el frío de Oslo, porque ahí la historia queda redonda y consoladora. Pero esta mujer no peleó veinticinco años para terminar convertida en una fotografía admirable. El palacio se vació, y aun así lo que ella prometió no ha llegado, porque su apuesta jamás fue sacar a un hombre de un despacho sino conseguir que un pueblo se contara a sí mismo y que esa cuenta valiera, y eso no lo firma ninguna potencia extranjera en ningún hotel con aire acondicionado y traductores simultáneos. Eso lo hacen los venezolanos, con ella adentro. Por eso va a volver.
Y la están esperando de una forma que no cabe en ninguna encuesta. Hay gente que todavía guarda las copias de aquellas actas del 28 de julio en una carpeta plástica, dentro del escaparate, entre las partidas de nacimiento y los recibos viejos, no por nostalgia ni por archivo sentimental, sino porque nadie les ha dicho aún que ya pueden botarlas y porque intuyen que ese papel arrugado es el único título de propiedad que tienen sobre su propio país. Venezuela lleva demasiado tiempo aprendiendo a esperar, hasta convertir la espera en una disciplina y casi en un oficio, y ese pueblo que se entrenó durante años en la paciencia no piensa gastar el último tramo resignándose ahora que ella está apenas a un avión de distancia.
La espero yo también, sin tribuna, sin medio, sin nada que ofrecerle salvo estas páginas escritas de noche por puro desacato al silencio. La espero porque su historia dejó de pertenecerle hace rato y ahora nos hace falta a todos los que seguimos sospechando que la decencia es un proyecto viable y no una ingenuidad de gente mal informada.
Porque «hasta el final» nunca fue un eslogan salido del laboratorio de un asesor de imagen: fue un contrato firmado a dos manos, en plazas polvorientas de caseríos sin semáforo, entre una mujer que prometió no rendirse y un pueblo que le respondió con lo único que le quedaba, su palabra. Ella ya cumplió la suya, íntegra, sin descuentos, incluidos los dieciséis meses en que le tocó vivir escondida en la tierra donde nació. Falta la mitad nuestra, la de los que miramos, y es mucho más humilde que la suya: consiste apenas en no cansarnos, en no cambiar de tema, en no dejar que la costumbre consiga lo que no consiguieron las amenazas. Ella puso el cuerpo. Nosotros solo tenemos que poner la memoria.
Yo no me voy a cansar. Y el día que ella baje de ese avión sin lancha, sin alcabalas y sin la mano de nadie tapándole la cara, lo que va a retumbar en Venezuela no va a ser un aplauso: va a ser un país entero respondiendo a una promesa que nunca dejó de estar viva.
𝐇𝐚𝐬𝐭𝐚 𝐞𝐥 𝐟𝐢𝐧𝐚𝐥, 𝐌𝐚𝐫í𝐚 𝐂𝐨𝐫𝐢𝐧𝐚. 𝐇𝐚𝐬𝐭𝐚 𝐞𝐥 𝐟𝐢𝐧𝐚𝐥.
He leído con detenimiento el nuevo informe de la Misión Internacional Independiente de Determinación de los Hechos de la ONU.
Su contenido es grave y debe ser leído desde una premisa fundamental. Los derechos humanos no son una concesión ni pueden depender de las circunstancias políticas.
Algunos elementos del informe que, desde mi punto de vista, deben ser señalados.
1. Menos represión no significa que hayan desaparecido las estructuras que la hicieron posible.
La Misión advierte que las estructuras legales, institucionales y de seguridad que permitieron graves violaciones de derechos humanos no han sido desmontadas. La forma puede cambiar mientras el fondo permanece.
2. La persecución no desapareció, mutó.
El informe identifica detenciones arbitrarias de corta duración, interrogatorios sobre opiniones políticas y actividad en redes, vigilancia e intimidación.
Ya no se trata solamente de cuánto tiempo permanece una persona detenida. Se trata del uso del poder para producir miedo, silencio y autocensura.
3. Cientos de venezolanos continúan privados arbitrariamente de libertad.
Organizaciones de DDHH estiman entre 379 y 500 personas todavía detenidas. Además, permanecen documentadas desapariciones forzadas, torturas y malos tratos.
4. La tortura continúa y la conclusión de la Misión es especialmente grave. Habla de una cultura institucionalizada sostenida por la tolerancia y la impunidad.
Mientras ese sistema exista, no habrá garantías reales para nadie.
5. Tampoco puede ignorarse el papel de los colectivos. La Misión documenta su participación en mecanismos de vigilancia, control e intimidación y sus vínculos con estructuras estatales. Y establece que cuando actúan bajo instrucciones, dirección o control de órganos del Estado, sus actuaciones pueden ser atribuidas al propio Estado.
Una verdadera transición democrática tiene necesariamente un desarrollo en el tiempo. Reconstruir instituciones, restablecer derechos, hacer justicia y reparar a las víctimas no ocurre de un día para otro.
Pero hay que distinguir entre el tiempo que requiere una transformación democrática y la capacidad de una estructura represiva para reinventarse.
Lo que este informe muestra es precisamente la persistencia de estructuras que cambian sus formas sin modificar el fondo.
Por eso la Misión es clave y su trabajo debe continuar.
Cada testimonio recogido, cada violación documentada y cada responsabilidad establecida forman parte de la memoria de un país cuyos derechos han sido vulnerados.
Venezuela necesitará esa memoria para hacer justicia, reparar a las víctimas y construir garantías de no repetición.
No hay reconstrucción democrática posible sin verdad, memoria y justicia.
https://t.co/bptBXbC2sc
La libertad no es gratis.
Freedom is not free.
Y estoy convencido de que la mayoría de los venezolanos estamos dispuestos a dar concesiones a cambio de nuestra libertad.
Pero de nuestra libertad.
No de un estado de opresión maquillado, donde aparentamos mejores condiciones, pero realmente no las disfrutamos.
Obviamente este es un argumento moral. Y quizá, desafortunadamente, la discusión moral sobra para los actores que sobre todo inciden en nuestro destino.
En ese caso, yo propondría un argumento político, realista: las alianzas y acuerdos se sostienen, más que en coacción, en coincidencias de intereses. Eso los hace duraderos. Legítimos.
En Rusia cayó la Unión Soviética, pero su transición fue a una corrupta oligarquía que, más de 30 años después, sigue siendo un problema para EEUU.
Secretary Marco Rubio: You have just lost any trust Venezuelans ever had on you, and it will come to haunt you. You opted to use US power, not to free Venezuelans, but to go to bed with our oppressors. You opted to push an asset grab, an unconstitutional deal with an illegitimate oppressive government, instead of using US leadership to re-establish constitutional rule and democracy first, and then deal with a legitimate government that could have made credible long-term commitments, in due course. This announced deal will not stand. Delcy, contrary to what you boss just stated [see below] is not "highly respected" by any Venezuelan I know, or by any American outside of the Mar-a-lago kleptocracy. She has no legitimacy or constitutional power to commit Venezuela to any such deal. Venezuelans will not respect this illegitimate deal and no major US oil company will take it seriously because they know it will not last. No wonder you are using wanted criminals - like Alejandro Betancourt - to make this shameful deal. You are also preventing our leader - Maria Corina Machado - from returning to Venezuela, and you have conspired to delay elections and the return to democracy. Shameful.
Este texto de @perezreverte es imprescindible. Asomo apenas un fragmento pero urge leerlo completo:
“El lenguaje de las redes, diseñado para impactar y no para pensar, es fragmentario, caótico, pobre en matices y proclive a la incorrección, la vulgaridad y el error. Cuando la Academia lo legitima, envía un mensaje peligroso: el cuidado, el rigor, no importan; basta con que algo circule lo suficiente. Esto tiene un efecto social devastador. Si todo vale porque se usa, ¿para qué esforzarse en escribir bien? ¿Por qué leer a buenos autores, estudiar o ampliar vocabulario? La lengua deja de ser una conquista cultural, una herramienta cuidada y noble, y se convierte en reflejo automático del confuso ruido social”.
🧵Me senté a escuchar completa la entrevista de @MariaCorinaYA con @LuisOlavarrieta. Sin cortes, sin titulares sacados de contexto y sin quedarme solo con los clips que empezaron a circular. Y la verdad es que terminé con varias reflexiones que creo que vale la pena compartir. Porque más allá de la política, esta conversación habla del país que tendremos que reconstruir cuando todo esto termine. 🧵🇻🇪
Hay una parte que me pareció importante porque desmonta uno de los relatos favoritos del chavismo. Cuando le preguntan por las sanciones, María Corina no entra en el juego de buscar culpables donde no los hay. Lo dice con claridad: las sanciones son consecuencia de delitos. Narcotráfico, lavado de dinero, explotación minera ilegal, corrupción, crímenes de lesa humanidad… y luego hace una pregunta muy sencilla: ¿los responsables son quienes investigan esos delitos o quienes los cometieron? Ahí está el centro del debate. No se puede poner al mismo nivel a las víctimas y a los victimarios.
Y deja otra frase que, en mi opinión, explica muchas cosas: “Todo se va a saber.” Dice que quienes hoy están en el poder no le temen a las sanciones, le temen a la verdad. Le temen al momento en que tengan que rendir cuentas por todo lo que hicieron durante estos años.
Después la entrevista cambia completamente de tono y, para mí, llega una de las partes más humanas. Habla del terremoto. Pero no se queda en la tragedia. Dice que el terremoto dejó al descubierto la fragilidad de las instituciones venezolanas, sí… pero también mostró la enorme fortaleza de la sociedad. Mientras el Estado desaparecía, aparecieron los vecinos. Vecinos rescatando vecinos. Personas escarbando con sus propias manos. Gente organizándose sin esperar instrucciones. Ahí, dice ella, empezó a verse el verdadero país.
Y ojo con esto, porque también denuncia algo muy grave: no solo hubo ausencia del Estado. Hubo quienes intentaron impedir que otros ayudaran. Bloquearon ayuda, obstaculizaron rescates y hasta hubo denuncias de robos de insumos destinados a los afectados. Aun así, la solidaridad de los venezolanos terminó imponiéndose.
Otra idea que me gustó muchísimo fue cuando dijo que la reconstrucción de Venezuela no empieza levantando edificios. Ni hospitales. Ni carreteras. Empieza reconstruyendo la confianza. Porque un país puede volver a levantar paredes muy rápido, pero recuperar la confianza entre la gente y sus instituciones toma mucho más tiempo. Y creo que dio en el clavo.
También respondió a quienes hablan del supuesto “daño antropológico” que dejaron estos 27 años. Su respuesta fue justamente la contraria. Dice que encontró una sociedad mejor de lo que muchos imaginan. Más solidaria. Más generosa. Más resiliente. Más consciente del valor de la libertad y de cosas tan simples como abrazar a un hijo, recorrer tu propio país o compartir una tarde con tu familia. Hay pérdidas que terminan enseñándonos el verdadero valor de lo cotidiano.
Hubo además un momento que me llamó mucho la atención. María Corina dijo que no le gustan las entrevistas complacientes. Que prefiere las preguntas incómodas porque quien aspira a gobernar tiene que responder, dar explicaciones y rendir cuentas. Parece una frase sencilla, pero en un país donde durante años el poder dejó de responderle a la gente, cobra muchísimo sentido.
Y el cierre fue profundamente humano. Recordó la conversación con una madre que perdió a su hijo durante el terremoto. Esa mujer solo le hizo una petición: “Cuando vuelvas a Venezuela, acompáñame al cementerio.” María Corina respondió: “Te lo prometo. Allí estaré.”
Podrán estar de acuerdo o no con ella. Pero si algo deja esta entrevista es una idea muy clara: el nuevo país no se va a construir solo con cemento, leyes o instituciones. Se va a construir, sobre todo, con la misma gente que, incluso en los peores momentos, nunca dejó de demostrar que Venezuela sigue viva.
Y esto… apenas comienza. 🇻🇪
#LosHilosDeMelania
Voy con otra corrección. Les ha dado por usar "literal" o "literalmente" como un simple intensificador. Es un error que se ha intensificado en las redes. "Literal" significa que las palabras se toman exactamente en su sentido original, sin metáforas. La gente lo usa ahora para dar fuerza o drama a una frase, equivalente a decir "¡de verdad!" o "¡te lo juro!". Ejemplo típico: "Ayer caminé tanto que literal se me rompieron las piernas".
Por qué está mal: Si fuera literal, estarías en el hospital con fracturas expuestas.
Corrección: "Ayer caminé tanto que sentía que se me rompían las piernas" o "Ayer caminé tanto que casi se me rompen las piernas".
Hasta aquí, ¡gratis la clase! 😅
“El País: los terremotos en Venezuela causaron daños valorados en 19.600 millones de dólares según el Banco Mundial”…casi casi lo que se robó un solo corrupto.
Nunca en la vida podemos perdonar al chavismo: esta gente sigue escarbando con sus manos para poder encontrar los cuerpos de sus familiares, mas de 3 semanas después del terremoto.
¿Por qué tanto odio hacia la Selección Argentina?
Sinceramente, no encuentro razones para semejante nivel de rechazo. Tengo la impresión de que muchos analizan y reaccionan más desde el rencor que desde el fútbol. Se puede criticar, debatir o discrepar, pero una cosa muy distinta es convertir cada victoria en un motivo de critica y desprecio.
No existe propaganda, lobby, medios, influencers, narrativas, bots, trolls ni dinero en el planeta tierra que pueda convencer, manipular o confundir al venezolano para que piense que Delcy Rodríguez es un buen ser humano y de derecha.
Éxito con eso
Si Venezuela está tutelada por los Estados Unidos de Norteamérica, por qué no dejan entrar ayudas a la población? Por qué están los rescatistas americanos pidiendo permiso a un individuo que tiene sobre su cabeza 25 millones de $ a quien lo capture? Por qué los medios de comunicación internacionales no pueden ir a la zona del desastre? Por qué hay que darle las gracias a delcy Rodríguez? Por qué @MariaCorinaYA debe perder permiso al interinato a entrar a su país? Entonces si eso es así. Será que también son parte del genocidio que se está orquestando en Venezuela? Que alguien me explique que está pasando en el país. @SecRubio@MaElviraSalazar@locoincorrectos@Juanegron@lanairobiii @Jmfm26 @Libertaria17082
Quien impida que los rescatistas hagan su trabajo, quien les impida el paso, quien les quite sus implementos de trabajo y quien los distraiga en asuntos burocráticos inútiles ES UN ASESINO!!!!
Hoy me desperté con una joya jurídica versión chavismo premium: Delcy Rodríguez dice que la ley de amnistía “llegó a su fin”. Así, sin anestesia. Como si estuviera hablando de una promoción de supermercado que venció el domingo.
Y yo me pregunto, genuinamente: ¿en qué artículo decía que esa ley tenía fecha de caducidad? ¿En letra chiquita? ¿Al lado de “consumir preferiblemente antes de…”?
Porque no, las leyes no funcionan así. No “se acaban” porque alguien lo anuncie frente a un micrófono. Las leyes se derogan, se sustituyen o se anulan mediante mecanismos claros. Pero claro, estamos hablando de un sistema donde el derecho es más decorativo que vinculante.
Entonces no, no es que la ley “llegó a su fin”. Es que decidieron políticamente pasarle por encima. Que es distinto… pero aquí lo venden como si fuera lo mismo.
Y mientras tanto, más de 400 presos políticos siguen tras las rejas. Y miles de personas que fueron “beneficiadas” con esa amnistía siguen sin libertad plena, con medidas, amenazas o simplemente esperando que no les cambien las reglas otra vez. Porque ese es el verdadero mensaje: aquí nada es estable, todo depende del humor del poder.
Lo más absurdo no es la declaración en sí. Es la normalización. Que pretendan que el país acepte que los derechos funcionan como un interruptor: hoy te los doy, mañana te los quito, y pasado mañana te explico que en realidad nunca fueron tuyos.
Y no, esto no es torpeza ni ignorancia jurídica. Es diseño. Es un sistema donde la ley no es un límite al poder, sino una herramienta del poder. Algo que se usa, se estira o se descarta según convenga.
Al final, lo que están diciendo sin decirlo es bastante simple: aquí la justicia no es un principio, es una opción. Y siempre, casualmente, la opción del que manda