Querido Esteban,
Confieso que tu carta me dejó una sensación extraña.
De esas que mezclan decepción, tristeza y esperanza al mismo tiempo.
Decepción porque nadie dedica veinte años de su vida a construir algo para después tener que marcharse. Nadie funda un partido, lo defiende, lo representa y lo siente propio para terminar escribiendo una carta donde reconoce que ya no se ve reflejado en él.
Hay algo doloroso en eso.
Porque detrás de cada renuncia por razones de conciencia siempre hay una ilusión rota.
Y quienes creemos en la política como herramienta de transformación sabemos lo que significa ver cómo un proyecto que nació para defender determinados valores empieza a alejarse de ellos.
Pero al mismo tiempo, mientras terminaba de leer tus palabras, sentí algo muy distinto.
Admiración.
Porque podrías haber hecho lo que hace gran parte de la dirigencia argentina. Callar. Adaptarte. Convencerte de que los principios pueden esperar una elección más. Mirar para otro lado mientras la realidad acomoda las convicciones a las necesidades del momento.
Sin embargo elegiste otro camino.
Y eso requiere coraje.
Porque cuando uno toma una decisión por convicción rara vez tiene garantías. No sabe qué vendrá después. No sabe si el tiempo le dará la razón. No sabe si el futuro será más fácil o más difícil.
Lo único que sabe es que hay momentos en los que seguir siendo fiel a la propia conciencia vale más que cualquier cargo, cualquier estructura o cualquier conveniencia.
Vivimos una época donde demasiados dirigentes cambian de principios con una facilidad asombrosa. Donde las mismas conductas que ayer parecían inaceptables hoy se justifican porque las protagonizan los propios. Donde la lealtad a una tribu política suele pesar más que la lealtad a la verdad.
Por eso hubo una frase de tu carta que me quedó resonando.
"La fidelidad a una organización no puede estar por encima de la fidelidad a la propia conciencia."
Porque al final del día la política también debería ser eso.
La tranquilidad de poder mirarse al espejo.
La paz de saber que no entregamos nuestras convicciones para conservar una posición.
La certeza de que, aun cuando el camino por delante sea incierto, elegir lo correcto siempre nos acerca a un lugar mejor.
Tal vez no al éxito inmediato.
Tal vez no al poder.
Tal vez ni siquiera al reconocimiento.
Pero sí a algo infinitamente más valioso: la paz de vivir de acuerdo con aquello que uno cree.
Y cuando esa paz existe, el destino deja de ser una preocupación.
Porque uno entiende que podrá equivocarse muchas veces, pero jamás habrá traicionado aquello que le daba sentido a su camino.
Gracias, Esteban.
No por renunciar.
Sino por recordarnos, en un tiempo donde tantos negocian sus convicciones, que los principios sólo tienen valor cuando estamos dispuestos a pagar el precio de sostenerlos.
Ricardo Raúl Benedetti