Psicóloga, amante de los viajes, la cocina, las curiosidades, optimista, fan de Mafalda y de Dori (amiga de Nemo). Y ahora FASCINADA con la fotografía.
En diciembre de 2016, la compañía de trenes alemana instaló pinchos metálicos en un muro de la estación central de Hamburgo para que nadie pudiera sentarse allí a beber o a dormir. Unos meses después, a pocos metros, empezaron a aparecer bolsas colgadas de una valla.
Las colgó un grupo de amigos encabezado por Verena Möckel. Dentro había ropa, jabón, cepillos de dientes, comida y hasta pienso para los perros de quienes viven en la calle. Ella misma explicó la idea en una frase que resume todo lo que vino después: querían hacer algo en una valla para las personas sin hogar, no contra ellas. Lo llamaron Gabenzaun, la valla de los regalos.
La idea se extendió en silencio. Llegaban paquetes por correo desde toda Alemania y desde otros países, y una docena de voluntarios empezó a acercarse por las tardes con bebidas calientes. Cuando en marzo de 2020 la pandemia cerró los comedores sociales y los bancos de alimentos, las vallas se multiplicaron: Berlín llegó a tener más de veinte, junto a iglesias y en plazas de barrio, y aparecieron otras en Leipzig, Dresde, Fráncfort o Bochum. Los carteles, escritos en varios idiomas, solo pedían una cosa: que cogiera la bolsa quien de verdad la necesitara.
No es el único gesto de este tipo en Alemania. Allí cada botella vacía vale unos céntimos si se devuelve, y miles de personas sobreviven recogiéndolas de las papeleras. Una campaña llamada «Pfand gehört daneben», «el envase va al lado», pide a los ciudadanos algo muy sencillo: dejar la botella junto a la papelera, no dentro, para que nadie tenga que meter el brazo en la basura.
Ninguna de las dos ideas necesita cámaras, ni nombres, ni agradecimientos. Quien deja la bolsa no sabe quién se la llevará, y quien se la lleva no tiene que dar las gracias a nadie ni sentir vergüenza delante de nadie.
¿Funcionaría algo así en tu ciudad, o nos cuesta demasiado ayudar sin que nadie nos vea? 🤍
"La peur", de Khalil Gibran.
"On dit qu'avant d'entrer dans la mer,
une rivière tremble de peur.
Elle regarde en arrière le chemin
qu'elle a parcouru, depuis les sommets,
les montagnes, la longue route sinueuse
qui traverse des forêts et des villages,
et voit devant elle un océan si vaste
qu’y pénétrer ne parait rien d'autre
que devoir disparaître à jamais.
Mais il n'y a pas d'autre moyen.
La rivière ne peut pas revenir en arrière.
Personne ne peut revenir en arrière.
Revenir en arrière est impossible dans l'existence.
La rivière a besoin de prendre le risque
et d'entrer dans l'océan.
Ce n'est qu'en entrant dans l'océan
que la peur disparaîtra,
parce que c'est alors seulement
que la rivière saura qu'il ne s'agit pas
de disparaître dans l'océan,
mais de devenir océan."
Consejo para padres de niños menores de 5 años: cómprenle un radio analógico. Mi hija de 3 años lleva 1 hora cambiando emisoras y descubriendo música de todos los géneros y todas las épocas. Ah, y sin pantalla! Hoy gané yo 🥳
Durante casi diez años, una vieja maleta de cuero verde oscuro permaneció olvidada en la consigna número 27 de la estación central de Praga. La etiqueta estaba desgastada, las letras casi borradas, y nadie vino jamás a buscarla. Los encargados llegaron a olvidarse de ella, hasta que un día, a Pavel Horák, un joven empleado nuevo, le picó la curiosidad.
—¿Y esta? —preguntó al supervisor, señalando la maleta.
—Ah, la número 27… Esa lleva ahí desde antes que tú nacieras. Dicen que trae mala suerte. Mejor no la toques.
Pero Pavel no creía en supersticiones. Solo creía en historias que aún no habían sido contadas, esas que se quedan calladas simplemente porque nadie se atreve a preguntarles nada.
Esa noche, cuando cerró la estación, volvió con una linterna y una navaja. Forzó el candado oxidado con cuidado, como si abriera el cofre de un tesoro. Dentro, no había dinero, ni documentos de valor, ni objetos raros. Solo cartas. Cientos de cartas, envueltas en cordel y ordenadas por fechas con una letra pulcra y apretada. Y algo más: una cámara fotográfica antigua de fuelle, con una nota atada al asa:
"Si alguien encuentra esto, por favor, que no se olvide de nosotros."
Pavel pasó semanas leyendo aquellas cartas. Eran todas de una mujer llamada Ruth y un hombre llamado Jakub. Cartas de amor, de guerra, de reencuentros frustrados. Algunas estaban escritas desde campos de trabajo forzado. Otras desde pensiones baratas en ciudades que ya no existían con ese nombre. Había postales con fotos de Praga, Viena, Cracovia… pero ninguna terminaba con una despedida definitiva. Solo con un "hasta pronto" que, carta tras carta, empezaba a doler de otra manera.
La última carta databa de 1969. En ella, Ruth escribía:
"Jakub, si no llego a tiempo, he dejado todo en la consigna número 27. Allí está nuestra historia, nuestro amor, nuestras promesas de antes de que todo se complicara tanto. Si la encuentras, sabré que no fue en vano. Si alguien más la encuentra… quizás entonces alguien recuerde que el amor también deja huellas en los lugares más silenciosos, aunque el mundo entero haya intentado borrarlas."
Pavel sintió un nudo en el estómago. Aquello no era solo una maleta olvidada. Era una historia detenida en el tiempo, esperando exactamente a alguien como él. Y decidió que no podía seguir guardada en la oscuridad de una consigna número 27.
Comenzó a investigar. Recorrió archivos municipales, preguntó en registros civiles, buscó en periódicos viejos con la vista cansada. Tardó casi un año, pero dio con algo: Ruth Bergman y Jakub Fischer, dos jóvenes judíos praguenses que se conocieron antes de la ocupación. Fueron separados, luego se reencontraron brevemente después de la guerra, y volvieron a perderse entre los años difíciles que siguieron. No había más información oficial. Solo un detalle: Ruth fue vista por última vez… en la estación de tren, con una maleta verde en la mano.
Entonces Pavel tomó una decisión: reunió todas las cartas, restauró la cámara, digitalizó las imágenes y escribió un libro. Lo tituló "La consigna 27".
El libro se volvió un fenómeno en Europa Central. Miles de lectores se enamoraron de aquella historia que había dormido entre el polvo y el olvido durante décadas. Algunos decían que era demasiado perfecta para ser real. Pero Pavel, que había sostenido las cartas originales entre sus manos, sabía la verdad.
Hoy, la maleta está en una vitrina de la estación, justo donde fue encontrada. A su lado, un cartel sencillo:
"El amor no siempre llega a tiempo. Pero a veces… sobrevive más tiempo que quienes lo vivieron."
Y cada día, al menos una persona se detiene a mirarla en silencio, sin saber del todo por qué.
Porque hay historias que esperan años enteros, guardadas bajo llave, solo para que alguien decida, una noche cualquiera, no obedecer la superstición y abrirlas.
¡ESTO DOLERÁ TODA LA VIDA!
El próximo 6 de octubre, Lionel Messi volverá a vestir la camiseta de Argentina en una noche que promete quedar para siempre en la memoria de todos.
Scaloni lo incluyó en la convocatoria y todo apunta a que será su despedida después de 21 años defendiendo la Albiceleste. El escenario: el Monumental, ante más de 85.000 argentinos.
El último partido. El último 10. La última vez viendo a Messi con Argentina.
El final de una era que durante tantos años parecía imposible que algún día llegara.
Este momento será analizado en aulas de MBA y utilizado como ejemplo en futuros discursos motivacionales.
No cargaba con ninguna presión extra. Para él, todo se reducía a una sola cosa: ganar el siguiente punto y, después, el siguiente juego.
Ni siquiera necesitaba pensar en el marcador. Su única preocupación era ganar el punto que tenía delante.
El discurso de Alexander Zverev que tenés que escuchar. ❤️
🗣️ “Quiero agradecer a una persona más. Alguien que nunca ve realmente mis partidos, pero que es la persona más importante de mi vida tenística y de mi vida en general.
Cuando tu hijo de 4 años es diagnosticado con diabetes y los médicos te dicen que su vida y su práctica deportiva serán muy, muy limitadas, hace falta una madre muy fuerte para salir de ese consultorio y decir:
‘Mi hijo estará donde quiera estar. Si quiere ser tenista, será tenista. Si quiere hacer otra cosa, hará otra cosa. Pero esta enfermedad no nos va a definir’.
Mi madre es la persona más importante y fuerte que conozco. Hace falta una mujer increíblemente fuerte para hacer lo que ella hizo”.
"Me quitaron mi nombre, mi libertad, mi familia… pero jamás lograron quitarme el sentido.🕊️
Sobreviví a cuatro campos de concentración. Me marcaron con un número y me arrebataron todo: mis libros, mis sueños, incluso a mi esposa embarazada. Todos los días veía morir a alguien. Algunos se lanzaban contra las cercas eléctricas… otros simplemente dejaban de luchar. Yo también estuve al borde. Pero decidí que, si no podía cambiar mi destino, cambiaría mi actitud ante él. Una noche, mientras temblaba de frío, imaginé que estaba dando una conferencia en una universidad, contando todo lo que había vivido. Me aferré a esa imagen como si fuera una cuerda en medio del abismo. Esa idea —encontrar un propósito incluso en el dolor— fue lo que me mantuvo con vida. No era solo sobrevivir. Era entender para qué vivir. Cuando fui liberado, no encontré a nadie de mi familia con vida. Estaban todos muertos. Pude haberme destruido, pero elegí escribir. Así nació "El hombre en busca de sentido". No lo escribí para ser famoso. Lo escribí para que el mundo supiera que aunque te lo quiten todo, si tienes un “por qué”, siempre encontrarás el “cómo”. Hay cosas en la vida que no puedes controlar, pero siempre podrás controlar cómo respondes ante ellas. Y eso… puede salvarte. Porque incluso en el infierno, quien tiene un propósito, tiene esperanza."
Viktor Frankl 🇦🇹 (1905-1997)
Ne vous disputez pas avec les gens de plus de 60 ans. Vraiment, évitez.
Ce n’est pas seulement une question d’âge : c’est une véritable leçon de survie.
Ils ont grandi sans Google, sans livraison de repas à domicile, sans podcasts de développement personnel et sans bouton « Annuler ». Quand quelque chose tombait en panne, ils attrapaient du ruban adhésif, du WD-40, un marteau et affichaient un air tellement déterminé que même l’appareil en panne finissait par douter de lui-même.
Enfants, ils savaient exactement dans quelle humeur était leur mère rien qu’au bruit qu’elle faisait en posant plus ou moins violemment la poêle en fonte sur la cuisinière.
C’était la génération des enfants qui rentraient seuls de l’école, avec la clé de la maison autour du cou et des consignes très claires : réchauffer le déjeuner et surtout ne pas mettre le feu à la cuisine. À dix ans, ils étaient capables d’aller à vélo jusqu’à l’épicerie du coin, d’acheter une bouteille de lait pour la voisine, de nourrir le chien et d’avoir encore le temps de jouer dehors avec les copains jusqu’à la tombée de la nuit.
Leurs genoux étaient en permanence couverts d’égratignures, de bleus et de traces de désinfectant. Leur trousse de premiers secours universelle ? Un petit rinçage rapide sous le tuyau d’arrosage et un pansement. Tant qu’aucun os ne dépassait, tout allait bien.
Ils buvaient directement au tuyau d’arrosage, mangeaient du pain de mie couvert de beurre et de sucre, partageaient une seule bouteille de Coca à cinq et, mystérieusement, survivaient malgré cette absence totale de désinfection.
C’est la génération qui sait rembobiner une cassette audio avec un crayon. Celle qui connaît le suspense d’attendre toute une semaine qu’un film passe à la télévision, parce que si on le ratait… c’était fini. Elle se souvient des téléphones à cadran, des énormes annuaires en papier dans lesquels on cherchait le numéro d’une famille, et de l’excitation provoquée par l’arrivée de la télévision en couleur.
Ils ont connu les lignes téléphoniques partagées, les rubans de machines à écrire, les premiers téléphones portables gros comme des briques, puis les téléphones à clapet. Et aujourd’hui, il leur arrive peut-être de vous envoyer accidentellement un message vocal de sept minutes dont les six premières sont essentiellement constituées de leur respiration et de :
« Allô ? Tu m’entends ? »
Et ne vous avisez surtout pas de rire.
Parce que sans GPS, ces gens étaient capables de traverser la moitié du pays avec pour seuls guides une vieille carte routière en papier, une glacière remplie de sandwichs et cette conviction profonde que :
« La sortie ne devrait plus être très loin… »
Ce sont les maîtres absolus de la débrouille domestique. Ils savent recoudre, resserrer, recoller et réparer à peu près n’importe quoi. Et quelque part dans leur placard, ils possèdent un fameux « sac à sacs » rempli de sacs en plastique, probablement plus vieux que la moitié des gadgets électroniques que vous possédez.
Alors, laissez tranquilles les gens de plus de 60 ans.
Ils ont connu le monde avant Internet, puis ils ont appris à vivre dans celui d’après. Et pendant tout ce temps, ils ne se sont pas contentés de survivre : ils se sont débrouillés, adaptés et ont continué à avancer.
Et si vous fouillez leurs poches aujourd’hui, vous y trouverez probablement un bonbon à la menthe, un mouchoir soigneusement plié, un comprimé contre la douleur « au cas où »… et surtout une sagesse acquise à la dure qu’aucun App Store ne pourra jamais vous permettre de télécharger.
📷 LE NEUROLOGUE QUI A DÉMONTRÉ QU’UN MOT PEUT SOULAGER… OU PROVOQUER LA DOULEUR 📷
Pendant des années, on a pensé que l’effet placebo consistait simplement à « tromper le patient ».
Une illusion.
Un tour psychologique.
Jusqu’au jour où un scientifique a décidé de le mesurer dans le corps.
Son nom : Fabrizio Benedetti, l’un des plus grands experts mondiaux du placebo, du nocebo et de la douleur.
Ce qu’il a découvert a profondément dérangé la médecine traditionnelle :
📷 Le cerveau peut produire de véritables substances qui soulagent la douleur…
ou de véritables substances qui l’aggravent.
Pas des métaphores.
De la chimie réelle.
Benedetti a démontré que lorsqu’une personne attend un soulagement,
le cerveau libère des endorphines, de la dopamine et d’autres analgésiques naturels.
Mais lorsqu’elle attend un danger…
📷 La douleur augmente.
📷 Les symptômes s’aggravent.
📷 Même des effets secondaires apparaissent,
alors que le traitement est factice.
C’est ce qu’on appelle l’effet nocebo.
Et voici ce qui dérange vraiment :
• Un diagnostic mal expliqué peut augmenter la douleur
• Un avertissement alarmiste peut aggraver les symptômes
• La peur peut rendre certaines maladies chroniques
Non pas parce que le patient « se l’imagine ».
Mais parce que le système nerveux réagit à la menace.
Benedetti l’a dit sans détour :
📷 « L’attente du patient peut modifier l’évolution de la maladie. »
Cela a déjà été observé dans : • La douleur chronique
• La maladie de Parkinson
• La migraine
• L’anxiété
• Les troubles fonctionnels
Cela ne signifie pas que tout se guérit par la pensée.
Cela ne signifie pas que les maladies ne sont pas réelles.
Cela signifie quelque chose de plus difficile à accepter :
📷 Le cerveau ne se contente pas de ressentir la douleur.
Il participe activement à sa création… ou à son soulagement.
Voilà pourquoi les mots comptent.
Les diagnostics comptent.
La manière d’expliquer compte.
Parfois, sans le vouloir,
la médecine ne fait pas que soigner…
Elle blesse aussi.
Une science qui dérange.
Mais qui change notre manière de guérir.
#fblifestyle
Me lo preguntaron mucho en comentarios y DMs, así que lo dejo aquí:
Un caso así se evita con 3 capas de protección. En cada país cambian los nombres, pero el principio es el mismo:
1.Contrato con cláusula anti-subarriendo.
Subarrendar sin permiso escrito del propietario es causa de rescisión en casi todo el mundo. Que el contrato lo diga explícito: “prohibido subarrendar o ceder sin autorización escrita del propietario”. Sin esa línea, el dueño regala ventaja.
2.Póliza jurídica de arrendamiento (equivalentes: seguro de impago / rent guarantee).
Cubre exactamente el escenario de impago de renta, daños al inmueble y los gastos legales del desalojo. Las hay básicas (solo impago) e integrales (impago + daños + juicio). La integral es la que recomiendo. Costo típico: entre 30% y 80% de un mes de renta, y normalmente la paga el inquilino.
3.Filtro del inquilino + inspecciones.
Una póliza seria revisa historial crediticio y antecedentes antes de firmar. Y el dueño pasa cada ciertos meses. Nueve personas no aparecen de la noche a la mañana.
Ninguna de las 3 es cara comparada con perder meses de renta, tiempo y tranquilidad.
Nota: las leyes cambian según país y ciudad. Esto es lo estándar, pero confírmalo con un abogado local antes de firmar.
Dos días antes de casarse, Ann Druyan se sentó en un laboratorio de Nueva York con electrodos pegados a la cabeza y se dejó grabar el pulso y las ondas cerebrales durante una hora entera. No lo hizo por una prueba médica. Lo hizo porque acababa de aceptar casarse con Carl Sagan, y esa grabación, comprimida a poco más de un minuto, iba a viajar más lejos que cualquier otra cosa hecha por un ser humano.
El 1 de junio de 1977, Sagan y Druyan hablaron por teléfono y decidieron, en esa misma llamada, que se casarían. Dos días después, el 3 de junio, Druyan entró en un estudio para grabar su electroencefalograma como parte del Disco de Oro de la Voyager, la cápsula del tiempo que la NASA preparaba para lanzar al espacio con sonidos e imágenes de la Tierra, por si alguna civilización, algún día, la encontraba. Llevaba un guion preparado, una meditación sobre la historia humana que debía recitar mentalmente mientras los electrodos registraban su actividad cerebral. Pero mientras su mente consciente seguía el guion, por debajo corría otra cosa. Años después lo explicaría así: "Mis sentimientos como mujer de veintisiete años, locamente enamorada, están en ese disco. Es para siempre. Seguirá siendo cierto dentro de cien millones de años."
Nadie en la sala, ni los técnicos, ni el propio Sagan, sabía exactamente qué estaba pasando por la cabeza de Druyan mientras el aparato registraba sus pulsaciones. Ella sí lo sabía. Se casaron ese mismo año, y para entonces la sonda Voyager 1 ya cargaba, entre calibraciones técnicas y discusiones sobre qué música incluir, un minuto de los latidos de una mujer que acababa de decir que sí.
Hoy la Voyager 1 está a más de 25.000 millones de kilómetros de la Tierra, el objeto más lejano que ha construido nunca una mano humana. Sigue transmitiendo, cada vez más débil, desde fuera del sistema solar. Y sigue llevando, grabado en un disco de cobre bañado en oro, el corazón de Ann Druyan latiendo por el hombre con el que acababa de comprometerse.
Sagan murió en 1996. Druyan siguió trabajando en la misión que habían empezado juntos, sabiendo que en algún punto del espacio interestelar, mucho después de que ella también se haya ido, ese minuto de sus propias pulsaciones seguirá viajando.
Quien creó este probiótico es la científica chilena Apolinaria García Cancino, directora del Laboratorio de Patogenicidad Bacteriana de la Universidad de Concepción (UdeC). Su trabajo, tras 17 años de investigación, por fin podrá ayudar a prevenir las infecciones por Helicobacter pylori, una bacteria que en una gran cantidad de casos es la causante del cáncer de estómago.
Hay hombres a quienes conocemos demasiado y, precisamente por eso, no conocemos en absoluto.
A Lionel Messi lo hemos visto durante más de veinte años. Conocemos sus goles, sus títulos, sus derrotas. Pero quizá nunca habíamos conocido tanto al hombre como en la carta que escribió tras la muerte de su padre.
"Pa, todavía no puedo creer que te hayas ido".
Ahí desaparece Messi. Queda Lionel.
Y aparece una frase que permite asomarse a toda una vida: "Cómo sufrías viéndome y cómo disfrutabas, aunque nunca me regalabas muchos elogios".
Jorge Messi estaba siempre. Lo llevaba a entrenar después de trabajar, no faltaba a sus partidos, lo acompañó desde Rosario hasta Barcelona y terminó siendo padre, amigo y representante. Pero aparentemente no era un hombre pródigo en elogios.
Quizá allí pueda encontrarse una de las claves del carácter de Lionel. No podemos saberlo con certeza, pero resulta difícil no preguntarse cuánto de aquella extraordinaria necesidad de superarse nació del niño que deseaba demostrarle algo al padre que miraba desde afuera.
Porque después ocurrió algo extraordinario.
El mundo entero comenzó a aplaudirlo, pero Messi siguió esperando la aprobación de aquel hombre.
Durante el último Mundial, cuenta que después de cada partido esperaba el mensaje de su padre. Millones podían escribirle, miles podían gritar su nombre en el estadio, pero él esperaba un mensaje.
El de papá.
Ahí está probablemente el Messi más humano.
Podemos crecer, tener hijos, dinero, prestigio; pero frente a nuestros padres alguna parte de nosotros continúa siendo niño.
Por eso resulta tan poderosa otra frase de la carta: "Yo solo jugaba al fútbol".
El mundo convirtió aquello en récords, Balones de Oro, millones de dólares y discusiones sobre quién era el mejor de la historia.
Para él, en algún lugar profundo, quizá continuaba siendo algo mucho más sencillo: el hijo jugaba y el padre miraba.
Hasta que un día el padre dejó de mirar.
Ahora Messi dice que no sabe cuánto tiempo más continuará jugando. Tal vez porque algo del sentido original del juego también se fue con Jorge.
Y entonces ocurre la última transformación: Lionel habla de sus propios hijos y promete educarlos como su padre lo educó a él.
El hijo comprende finalmente que le corresponde ocupar el lugar del padre.
Tal vez esa sea nuestra pequeña victoria contra la muerte: terminamos convirtiéndonos en aquello bueno que dejaron en nosotros quienes se fueron.
Messi termina su carta con apenas tres palabras: "Te amo, pa".
Durante veinte años intentamos conocer a Messi mirando sus pies.
Quizá había que esperar este momento para comprenderlo.
Detrás del campeón, del mito y del hombre admirado por millones, seguía viviendo aquel niño de Rosario que terminaba un partido, buscaba su teléfono..y esperaba el mensaje de su padre.