Beatriz @beatrizlopezi y yo mantenemos conversaciones de alto contenido intelectual, como cuando nos enteramos que Páez probablemente se comió un perro caliente en Nueva York.
people from other countries NEED to understand that being snti maduro and anti regime doesn't mean we like tr*mp we hate his ass too bitch we can do two things at once
Peor: cómo vivir con el Estado en contra.
En Venezuela no hay ausencia de Estado, hay un abandono de sus responsabilidades, pero para obstaculizar ayudas, perseguir, poner controles, extorsionar, robar, censurar, encarcelar y mantener presos políticos, claro que hay un Estado.
En Venezuela lograron lo que ningún lingüista del mundo había conseguido jamás: convencer a millones de personas de que el verbo "poner" era solo cosa de las gallinas y de nada más. Un verbo perfectamente correcto, uno de los más ricos del idioma español, reducido al gallinero por una frase que se repite con sonrisita de superioridad cada vez que alguien se atreve a usarlo.
Ayer mismo un amigo que lleva varios años en Madrid me dijo que se iba a "colocar los zapatos" y cuando le pregunté que si no sería "poner los zapatos", me respondió con el aire de quien acaba de ganar un debate: "las que ponen son las gallinas". Y ahí está el problema. Esa frase no es una corrección. Es un escudo construido sobre una mentira que alguien inventó hace décadas y que millones de venezolanos repiten todavía como si fuera doctrina lingüística oficial.
Porque "poner" no es un verbo de gallinas. Es uno de los verbos más ricos y versátiles del idioma español. Poner la mesa, poner música, poner atención, poner en duda, poner de moda, ponerse de acuerdo, poner fin, poner en marcha. La Real Academia Española recoge decenas de acepciones que no tienen absolutamente nada que ver con la producción avícola. Lo que ocurrió es que alguien tomó una de esas acepciones, la convirtió en chiste y con ese chiste logró algo notable: inhibir a millones de personas para que dejaran de usar una palabra perfectamente correcta por miedo a que se rieran de ellos.
Eso es un trauma lingüístico colectivo. Lo que hace esa frase no es corregir, es ridiculizar. No enseña, intimida. Es el tipo de coerción que no viene del conocimiento sino de la inseguridad, de ese complejo de querer sonar más fino, más culto, más cualquier cosa que no sea lo que uno es. Y la ironía perfecta es que el resultado de tanto afán de sofisticación fue sustituir un verbo perfectamente válido por otro que además se usa mal, porque colocar tiene un significado específico que no aplica a la mayoría de los contextos donde los venezolanos lo usan. No sofisticamos el idioma. Lo mutilamos por inseguridad y lo rematamos con un chiste de gallinas.
Así que la próxima vez que alguien te diga que las que ponen son las gallinas, recuérdale que la gallina no es el único animal ovíparo del planeta. Hay muchos otros que también ponen, pero creo que los que "colocan" todo, son los más tontos ¿o no?
En Venezuela lograron lo que ningún lingüista del mundo había conseguido jamás: convencer a millones de personas de que el verbo "poner" era solo cosa de las gallinas y de nada más. Un verbo perfectamente correcto, uno de los más ricos del idioma español, reducido al gallinero por una frase que se repite con sonrisita de superioridad cada vez que alguien se atreve a usarlo.
Ayer mismo un amigo que lleva varios años en Madrid me dijo que se iba a "colocar los zapatos" y cuando le pregunté que si no sería "poner los zapatos", me respondió con el aire de quien acaba de ganar un debate: "las que ponen son las gallinas". Y ahí está el problema. Esa frase no es una corrección. Es un escudo construido sobre una mentira que alguien inventó hace décadas y que millones de venezolanos repiten todavía como si fuera doctrina lingüística oficial.
Porque "poner" no es un verbo de gallinas. Es uno de los verbos más ricos y versátiles del idioma español. Poner la mesa, poner música, poner atención, poner en duda, poner de moda, ponerse de acuerdo, poner fin, poner en marcha. La Real Academia Española recoge decenas de acepciones que no tienen absolutamente nada que ver con la producción avícola. Lo que ocurrió es que alguien tomó una de esas acepciones, la convirtió en chiste y con ese chiste logró algo notable: inhibir a millones de personas para que dejaran de usar una palabra perfectamente correcta por miedo a que se rieran de ellos.
Eso es un trauma lingüístico colectivo. Lo que hace esa frase no es corregir, es ridiculizar. No enseña, intimida. Es el tipo de coerción que no viene del conocimiento sino de la inseguridad, de ese complejo de querer sonar más fino, más culto, más cualquier cosa que no sea lo que uno es. Y la ironía perfecta es que el resultado de tanto afán de sofisticación fue sustituir un verbo perfectamente válido por otro que además se usa mal, porque colocar tiene un significado específico que no aplica a la mayoría de los contextos donde los venezolanos lo usan. No sofisticamos el idioma. Lo mutilamos por inseguridad y lo rematamos con un chiste de gallinas.
Así que la próxima vez que alguien te diga que las que ponen son las gallinas, recuérdale que la gallina no es el único animal ovíparo del planeta. Hay muchos otros que también ponen, pero creo que los que "colocan" todo, son los más tontos ¿o no?
Cada vez que lea una noticia sobre Zapatero, sobre Álex Saab y en general sobre el desfalco a la nación venezolana, recuerde que eso sucedió en paralelo a la peor emergencia humanitaria de la historia de la región.
Cientos de miles morían de hambre mientras ellos robaban.
Chiques que ayer levanté 50kg (no es mucho, ok!) en back squat, rompiendo mi última marca personal en el gym. Toy lista para levantar carro y al que se me atraviese #GordaPeroFuertecita
Lo detuvieron a principios de enero de 2025. Llevaba hallacas y bombones para cenar con su octogenaria madre.
Víctor Hugo Quero Navas tenía 51 años, era comerciante, lo llamaban "el Ruso" por los ojos claros. No era opositor activo, no era figura pública. Estaba en Plaza Venezuela (Caracas) celebrando Año Nuevo cuando funcionarios encapuchados de la policía política del gobierno venezolano se lo llevaron. Lo acusaron de terrorismo, traición a la patria y conspiración. Un hombre con hallacas en la mano, espía internacional. Eso necesitaba el régimen para justificar lo que vino después.
Víctor murió a finales de julio de 2025 bajo custodia del Estado venezolano. Lo enterraron alegando que "no suministró datos sobre vínculos filiatorios" y que ningún familiar fue a buscarlo. Mientras tanto, su madre de 83 años recorría cárceles, fiscalías y defensorías exigiendo saber si su hijo seguía vivo. La dejaron buscar. La dejaron dar ruedas de prensa llorando.
La dejaron envejecer buscando a alguien que llevaba meses en una tumba que ella no sabía que existía.
En mayo de 2026, un tribunal le negó la amnistía porque sus delitos "no calificaban". Llevaba nueve meses muerto. Al día siguiente, el gobierno confirmó su muerte. Alguien en esa sala sabía la verdad cuando firmó esa negativa. O nadie la sabía, que es igual de terrible.
Esto no es un fallo burocrático. Es el sistema funcionando exactamente como fue diseñado: detener sin justificación, desaparecer sin consecuencias, mentir sin costo. Víctor no era nadie especial para el régimen. Era desechable. Y cuando alguien es desechable para un Estado, no necesitan ni mentir bien. Solo necesitan que su madre siga buscando mientras ellos guardan silencio. Carmen Teresa Navas tiene 83 años y reconoció a su hijo en una exhumación. Eso es Venezuela hoy. Sin metáforas.
Y Víctor podría ser cualquiera de nosotros. El que sigue viviendo allá porque no ha podido salir. El que se fue y decidió regresar porque creyó que algo había cambiado. El que va de visita a ver a su mamá por Navidad. El que solo quería cenar hallacas con su familia. En Venezuela ya no existe el perfil de riesgo, porque el riesgo es simplemente estar ahí. Nadie está a salvo. Ni el que nunca se ha metido en política, ni el que tiene pasaporte europeo, ni el que lleva años fuera. Basta con pisar ese suelo en el momento equivocado, cruzarse con el funcionario equivocado, o simplemente existir donde un Estado sin freno decide que eres útil como ejemplo. Víctor no hizo nada. Y por eso su caso es el más aterrador de todos.
Conozco a una que le tiene FOBIA al verbo “poner”, pero nivel le tiene que haber hecho mucho daño ese pobre verbo; amigues no puedo más, estoy a un “colocar” incorrecto de perder las formas y los papeles