Estos días se dijo muchísimo sobre Argentina: que somos excepcionalmente racistas, intolerantes, discriminadores.
Aquí, el rechazo fue unánime, de la izquierda al mileísmo más duro.
Y sí, acá hay racismo y discriminación. Pero que seamos los peores del mundo en eso no lo banca ningún solo dato. Más bien al revés. Sale hilo.
El país más racista del mundo
Me tiene impresionado nuestro nuevo racismo. Me dieron ganas de escribir sobre eso pero no de publicarlo en algún medio. Prefiero que quede aquí, al alcance de quien quiera leerlo.
Una conciencia nueva recorre el planeta. No lo sabíamos pero ahora sí: el saber progresa incontenible. En estos días he escuchado y leído varias veces que la Argentina es “el país más racista del mundo”. Es cierto que, según dicen esos mismos, queremos ganar todo y no sabemos perder: quizá nos ofrecen este primer lugar para compensar nuestras derrotas futboleras. En cualquier caso la noción es brutal y me dio ganas de contarles cómo es el racismo en la Argentina para que ustedes juzguen. A veces, muy de tanto en tanto, conocer los hechos puede ser una ayuda.
Antes del desembarco de los españoles no se sabe: no queda registro de esa gente, pero eran pocos y vivían en grupos laxos, no había estados, la discriminación era difícil. El primer racismo rioplatense registrado fue, entonces, el de aquellos soldados que llegaron para tratar de ocupar aquellas pampas –habitadas por seres inferiores a los que había que ordenar, educar, catequizar y explotar todo lo posible para salvar sus almas, pobrecitos.
El problema, en toda América, fue que los locales no alcanzaban para extraerlo todo y además se morían casi siempre. Por suerte los grandes del reino dieron con la solución: llevar otros trabajadores.
Entre 1550 y 1800, grosso modo, el reino de España secuestró o hizo secuestrar a tres o cuatro millones de africanos para llevarlos a trabajar a sus colonias americanas. El viaje era duro: alrededor de un tercio moría en alta mar. Para los que llegaban la vida era casi peor: el trabajo de todo el día todos los días para un dueño más o menos implacable según los casos y la estrategia comercial. Algunos pensaban que era mejor negocio cuidar a sus esclavos y explotarlos durante muchos años; otros, que convenía explotarlos más aunque duraran poco, porque tampoco eran tan caros. No estamos hablando de la Edad de piedra en Baluchistán: es aquí mismo y son los grandes reyes cuyos nombres nombran calles y escuelas y orgullos españoles.
Nuestros racismos más extremos tienen su base en este tráfico. Los dueños de los esclavos justificaban su violencia arguyendo que los negros eran inferiores porque eran negros y, al ser inferiores, podían ser secuestrados y reventados a fuerza de trabajo. El racismo como excusa y consecuencia de la explotación.
(Siglos después esa historia incómoda también se solucionaría con un relato simple en que la diferencia venía de la raza o la nacionalidad: los malvados imperialistas europeos abusando de los pobres africanos. Los malvados imperialistas europeos abusaron, por supuesto, de los africanos pobres, pero la diferencia fundamental, una vez más, era la clase: reyes y nobles y poderosos africanos apoyaban y aprovechaban la caza y tráfico de africanos para la exportación. Algunos usaban el mito de la Patria: los capturados eran extranjeros, decían, gentes de otros reinos. Faltaba mucho para que se inventara la negritud, la noción de que todos los africanos tenían en común la raza, el sufrimiento.)
La actual Argentina y su puerto, Buenos Aires, no compraron muchos esclavos: no había minas ni plantaciones donde usarlos. Fueron sobre todo trabajadoras y trabajadores domésticos. Buenos Aires en 1810 tenía menos de 40.000 habitantes; los negros serían unos 10.000. Empezaban las guerras de la independencia contra España y algunos fueron a pelear. La mayoría eran soldados rasos, pero no por ser negros; por ser pobres.
En 1813 una Asamblea Constituyente pre-argentina decretó la “libertad de vientres”. Sonaba a abolición de la esclavitud pero no lo era: significaba que los nuevos hijos de esclavas no serían esclavos pero que los esclavos ya existentes no dejarían de serlo hasta su muerte. Así, los honorables diputados calmaban sus conciencias y los dueños de los esclavos –a menudo ellos mismos– no perdían dinero resignando sus propiedades de dos patas. Solo cuarenta años después la Argentina abolió por fin la esclavitud. Para ese entonces Estados Unidos y Brasil la mantenían como una base decisiva de su economía.
La mayoría de los negros de Buenos Aires no sobrevivió al siglo XIX. En 1865 una “Triple Alianza” de argentinos, brasileños y uruguayos se lanzó a la guerra contra Paraguay para cortar sus veleidades de desarrollo autónomo. En el ejército porteño había soldados negros –y muchos fueron muertos. Lo mismo en la siguiente guerra, cuando los ricos porteños decidieron matar a los indios que vivían en las pampas para apropiarse de sus tierras. Y la puntilla fue, probablemente, la gran epidemia de fiebre amarilla de 1871, que se encarnizó con los negros –porque vivían en los lugares con la peor higiene.
En Argentina, tras todo ese desastre, no quedaron muchos. Ahora, junto con Chile, es el país latinoamericano donde hay menos. Por eso, entre otras cosas, fue patético cuando una serie de medios “serios” de Estados Unidos denunciaron que la Argentina era tan racista que en su selección de fútbol no había ningún jugador negro –en un país donde no llegan al 0,7 por ciento de la población.
Su marca más profunda en la cultura argentina es una palabra: el tango era un lugar donde los negros se juntaban para cantar y bailar. Pero la música del tango es, como casi todo en esas tierras, producto de la mezcla de la inmigración.
En 1880 el país tenía unos dos millones de habitantes; en 1920, alrededor de diez millones: la mayoría eran inmigrantes. Se destacaban los italianos y los españoles pero también había franceses, ingleses, alemanes, polacos, rusos, turcos, sirios, portugueses, griegos, japoneses, tantos más. En esos años la mitad de la población de Buenos Aires había nacido en otra parte y el preámbulo de la Constitución prometía “los beneficios de la Libertad para nosotros, para nuestra posteridad y para todos los hombres del mundo que quieran habitar en el suelo argentino”.
Por supuesto, hubo un intento de reacción racista de parte de los ricos argentinos que los habían convocado imaginando que sólo recibirían contadores suizos y poetas toscanos. En cambio llegaron pobres sin educación, mucho anarquista y socialista, gente inconveniente. Hubo peleas pero, a largo plazo, los recién llegados se impusieron.
Y entre ellos se pelearon poco. Siempre hubo chistes y pequeñas reyertas, por supuesto, de tanos y gallegos y moishes y franchutes pero la mezcla sucedió enseguida: fueron comunes, ya desde el principio, las bodas entre gentes de orígenes distintos. Y la escuela pública, gran logro de esos años, fue el mejor instrumento de amalgama, la fábrica incesante de argentinos.
Hacia 1930 el país prosperaba. Seguía siendo el gran exportador de carne y grano, sus latifundios sin vergüenza, pero empezaba a sostener ciertas industrias. El desarrollo necesitaba brazos; los europeos, envueltos en sus crisis y guerras, ya no migraban tanto. Empezaron los desplazamientos internos: millones de argentinos de las provincias –que allí llamamos “el interior”– bajaron a la capital a buscar mejores vidas. Muchos tenían la piel un poco más oscura por viejos mestizajes. Los porteños ricos –y los que querían parecerlo– los llamaron “cabecitas negras”.
Era un racismo sin leyes, social, una pelea –y fue quedando aislado. Pronto el peronismo se ofreció a representar a los recién llegados y ellos lo abrazaron. Con el tiempo el peronismo fue variando –si algo hace es variar todo el tiempo– y buena parte de esos inmigrantes internos se integró. A partir de 1960 –y cada vez más– empezó a fluir otra corriente de ciudadanos de los países limítrofes que llegaban a buscarse la vida. Nunca tuvieron trabas burocráticas o policiales y ahora mismo se supone que son dos o tres millones, si acaso un cinco por ciento del total.
Y sin embargo en ese país en crisis, cuyos ciudadanos eligieron uno de los gobiernos más desagradables del planeta, no hay un uso político del rechazo a estos inmigrantes más recientes. Debe ser que esos politicastros dispuestos a todo lo han hecho medir y descubrieron que los votantes argentinos no lo agradecerían tanto como los españoles o alemanes o italianos o franceses o ingleses. La xenofobia no es, en Argentina, ese tema central que la ultraderecha y la derecha ha impuesto en nuestros países europeos.
Y tiene sentido: en la Argentina, por suerte, no hay pureza posible. Somos pura mezcla, somos los mismos y distintos: no podemos descalificar a ningún otro –porque nosotros mismos somos otros.
Hay, por supuesto, esa discriminación hacia los pobres que está por todas partes y ninguna FIFA, ninguna ONU, ningún gobierno condena. En Madrid, donde muchos inmigrantes islámicos no le pasan bien, el otro día vi una caravana de coches oficiales, brillosos, alemanes, bruta custodia policial, que paraba en la puerta del museo del Prado para que lo visitaran, obviando cualquier cola, cinco o seis jeques impecables. Esos jeques eran tan “moros” cómo cualquier víctima de Vox; la diferencia no está en la piel sino en la caja fuerte.
Yo soy español (una sola vez) y soy argentino (otra sola vez) y también soy un poco polaco, judío, ruso, todas esas cosas que me hacen parecido a algunos y muy distinto de otros que podrían definirse igual. Está claro que en las últimas décadas la Argentina fracasó en muchas cosas. Ya estamos en las semifinales mundiales del fracaso, pero triunfamos en mezclarnos. Por eso no nos resulta fácil ser racistas. Lo siento. Pero, por el amor de dios, no desesperen: si eso es lo que quieren, lo seguiremos intentando.
(Si alguien quiere reproducir estas palabras, sólo debería citar la fuente -o retuitearlas.)
Hola amigos.
Hoy es la final del Campeonato del Mundo de Fútbol.
Naturalmente quiero que gane España, pero también el fútbol y todo aquello que une a nuestros dos países.
Durante un rato España y Argentina serán rivales. Después volverán a ser lo que siempre han sido para mí: dos pueblos hermanos.
Quizá suene tonto decir esto, pero siento la necesidad de expresar que, pase lo que pase, yo seguiré admirando a los inmensos artistas argentinos con los que he tenido el privilegio de trabajar, seguiré admirando a sus jugadores de fútbol y, por supuesto, seguiré queriendo a mis muchos amigos de Argentina y a todo un país al que me siento profundamente unido.
El deporte tiene esa maravillosa capacidad de enfrentarnos sin dividirnos, de competir sin dejar de respetarnos y de recordarnos que la verdadera victoria nunca debería pertenecer al odio, sino a la admiración.
Que gane quien mejor juegue. Y que, cuando el árbitro señale el final, celebremos todos algo mucho más importante que un resultado: la amistad entre dos países que hablan el mismo idioma, y la oportunidad que nos da la vida para con el buen comportamiento de jugadores e hinchas, de dar ejemplo, de enorgullecer y hacer brillar a las comunidades hispanas de todo el mundo.
Si así es, ambos habremos ganado esa final.
@SEFutbol@FIFAWorldCup@fifaworldcup_es #fifaworldcup
Desde hoy, los humanos somos minoría en internet.
Cloudflare acaba de confirmar en su reporte que la mayoría de los que navegan son bots y agentes de inteligencia artificial.
Si lo sumamos a que la mayoría del contenido nuevo que se publica ya lo escribe una IA, podemos afirmar que somos visitantes en un espacio que dejó de pertenecernos, donde cada vez se vuelve más difícil distinguir qué es real y qué no.
Todavía quedan reductos, como Reddit, donde la gracia siempre fue la opinión de un usuario que probó algo y te decía la verdad. Pero como tampoco hay forma de verificar si atrás del teclado hay alguien de carne y hueso, parece que va a seguir la suerte de los otros sitios.
¿Qué va a pasar entonces en un mundo en el que nos acostumbramos a entrar a internet a buscar a dónde irnos de vacaciones, qué aspiradora conviene comprar, o si vale la pena ese jueguito nuevo?
Cuantos más robots haya dando vueltas, más valiosa va a ser cada fuente que se pueda verificar como humana. La autenticidad vale más que nunca, porque la confianza solo se construye con otro como nosotros, con ese instinto que nos permitió organizarnos en sociedad y llegar hasta acá.
Para salvar a su perro de un cáncer incurable, creó su propia vacuna de ARNm con ChatGPT y AlphaFold. 🤯
Su historia es digna de una película de ciencia ficción. ↓
Todo empieza en Australia: un apasionado de la tecnología adopta a un perro de un refugio. Poco después, llega el diagnóstico: un cáncer extremadamente agresivo. Solo le quedan unos meses de vida.
En lugar de aceptar su destino, decide hackear la enfermedad.
Este fue su plan (una locura total):
🧬 Gastó ~$3000 para secuenciar el ADN del tumor de su perro.
🧠 Usó ChatGPT para aislar y analizar las mutaciones genéticas.
🔬 Utilizó Google AlphaFold para modelar las proteínas en 3D.
🎯 Identificó los objetivos terapéuticos y diseñó a medida una vacuna de ARNm contra el cáncer.
Os lo recuerdo: no tiene ninguna experiencia médica.
Después de meses de burocracia, la vacuna fue aprobada por los veterinarios e inyectada.
¿El resultado? En cuestión de semanas, el tumor se redujo de forma espectacular.
Hoy, el perro está en plena recuperación. 🐕❤️
Mientras tanto, la industria farmacéutica gasta miles de millones de dólares y realiza ensayos clínicos interminables para hacer exactamente lo mismo.
La medicina ultra personalizada, impulsada por la IA que usamos a diario, ya está aquí. Y es alucinante.
"Two things can be true at the same time: a) the data centers to power AI could be as economically worthwhile an investment as railroads, and b) we could still experience at least one stock market crash along the way to its general adoption." 1/10
Algún día tendremos que explicar en las clases de Educación Cívica del secundario como durante décadas tuvimos decenas de cientistas sociales explicándonos que Argentina no podía organizar una elección con un sistema mejor que este 👇
Esto es un escándalo 👇
Le otorgan a la pareja del jefe de la DGI y a su equipo la categoría salarial más alta.
Aunque en la ARCA el plan de carrera está virtualmente congelado, Andrés Vázquez asignó en el escalafón de mayor remuneración a María Eugenia Fanelli y a un grupo de colaboradores, algunos de los cuales no tienen el título universitario que requiere el convenio colectivo.
A pesar de que tiene virtualmente congelada la carrera administrativa desde hace al menos cinco años, la Agencia de Recaudación y Control Aduanero (ARCA) acaba de asignarle la categoría salarial más alta a un grupo de funcionarios afines a Andrés Vázquez, jefe de la Dirección General Impositiva (DGI) y quien en los hechos conduce el organismo recaudador. En el lote figura incluso la pareja de Vázquez, la abogada María Eugenia Fanelli, que había sido ascendida en enero al frente de la Dirección Regional Centro II de la ciudad de Buenos Aires y que ahora tendrá un ingreso que oscila entre 12 y 13 millones de pesos brutos por mes.
https://t.co/JvylP774qw
Querés entender la (enorme) diferencia entre conservador y liberal? Mirá el video.
Dicho sea de paso, borrar la separación, equiparar ambos a la extrema derecha, es capitular ante el nacionalpopularismo, es decir, el conservadurismo de izquierda latinoamericano.
¿ESTÁ PROHIBIDO enseñar el sonido de las letras al alfabetizar?
En muchos lugares, incluso PBA, sí. Lo que es indígnate. En este documento te cuento los detalles: https://t.co/o3Gj1ck6EP
Y en este video: https://t.co/VVAKZe8L0n