Cuando yo era niño no había ecologistas. La gente era normal. Mi abuelo salía al campo con su perro “Martini”, que listo y que bueno era el cabrón, mi abuelo y el perro, a coger espárragos con su navajilla cabritera. Y setas como paraguas de azafatas de carrera de motos. Y no tiraba basura. Mi abuelo cuidaba el campo como si fuera suyo. Luego empezó a aparecer gente con barba, de izquierdas, que olía fuerte y un bolso colgao en bandolera con una pegatina de “¿Nuclear?, NO. Gracias”. Mi padre decía que fumaban porros y que vivían en comuna. “Que pinta de guarros tienen los hijos de puta estos”, decía. Luego empezaron a montar chiringuitos y a vivir de ellos porque estaban muy concienciados con la avutarda de las Malvinas y con la menstruación de la foca monje. Y los políticos, golfos, trincones y mangutas por definición empezaron a hacer negocio con la naturaleza. Negocio del gordo. Y empezó el adoctrinamiento para hacernos sentir culpables. Y hubo gente, con una manifiesta falta de litio, que los creyó.
El ecologismo, los políticos y los ingenieros de despacho están haciendo más daño al medio ambiente que la mano del hombre. Pero de lejos.
@javionsalo No se lo que dice la fascista ni me importa, pero yo creo que esta gente debería de estar en un psiquiátrico. Es impresionante el odio que destila
La ser ha borrado este vídeo para que no se haga viral en el que sale Javier Ruíz diciendo que lo de los apagones en España era algo imposible.
Ya sabéis que tenéis que hacer.
Nadie nos enseña a vaciar la casa de nuestros padres o abuelos.
Ese álbum de fotos, la vajilla que sólo usaban en Navidad, el abrigo que aún huele a ellos. Enciclopedias tiradas al lado de un contenedor.
No es solo ordenar: es despedirse.
Y a veces, eso pesa más que una mudanza