No todos los dolores tienen que enseñarnos algo. Hay dolores tan horribles, impronunciables, que ni deberían existir, que no hay cómo entenderlos así uno se gaste una vida intentándolo y, por lo tanto, NO HAY QUE HACER NADA CON ELLOS. Nada.
Desde que perdí a mí papá me di cuenta que yo ya descubrí el dolor más grande de todos y que una cosa más o una cosa menos, no hace mucho la diferencia.