//continuación
La jugada del tercer gol resume mejor que cualquier explicación esta idea. Julián Álvarez recuperó una pelota al borde de nuestra propia área e inició un contraataque que ningún pizarrón habría dibujado de ese modo. Lautaro Martínez atacó el espacio y, cuando el orden indicaba detener la jugada para esperar la llegada de los compañeros, eligió un pase inmediato y preciso. Enzo Fernández irrumpió desde atrás para convertir una acción nacida del talento de tres futbolistas que decidieron interpretar el partido antes que obedecer un esquema.
Fue una jugada imposible de anticipar.
No propongo el caos.
Propongo desconfiar de un orden que termina convirtiéndose en una cárcel para el talento.
Los equipos necesitan organización para defender.
Pero también necesitan la libertad suficiente para romper su propio libreto cuando el partido lo exige. Ningún sistema puede prever todas las respuestas. Los grandes equipos son aquellos que, sin renunciar a una idea de juego, conservan la capacidad de sorprender incluso cuando todos creen conocerlos.
Lionel Scaloni ha construido una de las mejores selecciones de la historia argentina. Nadie puede discutirlo. Precisamente por eso, el desafío ya no consiste en repetir aquello que ya funcionó. En un Mundial, cada partido ofrece nuevas respuestas, pero también obliga a formular nuevas preguntas.
Dentro de unos días, el pr��ximo rival llegará con horas de video, estadísticas y movimientos estudiados. Sabrá cómo presiona Argentina, cómo sale jugando, dónde recibe Messi, cuándo rompe Julián Álvarez y cómo intenta progresar el mediocampo.
Lo único que no podrá estudiar es aquello que todavía no existe.
Algo parecido ocurrió en 2006. Frente a Alemania, José Pékerman eligió preservar el orden cuando el partido pedía imaginación. Juan Román Riquelme salió de la cancha, Pablo Aimar permaneció en el banco y un joven Lionel Messi no ingresó. Argentina perdió mucho más que un partido: perdió la oportunidad de apostar por lo inesperado.
Porque cuando todos conocen tu plan, el verdadero plan consiste en inventar uno nuevo.
Las pizarras ayudan a ganar partidos.
La imaginación gana los que parecían imposibles.
El fútbol, al final, siempre recompensa a quienes tienen el coraje de hacer lo impensado.
El arte de lo impensado
Por Daniel Kiper
Durante casi setenta minutos Argentina fue un equipo ordenado.
Y jugó mal.
Respetó las posiciones, administró la pelota, elaboró cada ataque con paciencia y trató de imponer una lógica que, lejos de acercarla al gol, terminó encerrándola dentro de un laberinto construido por ella misma. El orden dejó de ser una virtud para convertirse en un límite.
Entonces llegó el 0-2.
Y con ese gol también cayó una certeza.
Los rivales ya estudiaron a nuestra Selección. Conocen sus movimientos, saben cómo inicia los ataques, por dónde intenta progresar y cuáles son sus circuitos habituales de juego. El campeón del mundo ya no sorprende por el dibujo. Y cuando todos conocen el dibujo, el problema deja de ser táctico para convertirse en creativo.
Entonces ocurrió algo curioso.
Argentina dejó de jugar donde el pizarrón le indicaba y empezó a jugar donde el partido lo reclamaba. Los futbolistas dejaron de esperar la jugada prevista para empezar a construir la jugada impensada. Los defensores aparecieron en campo rival. Los mediocampistas rompieron líneas. Julián Álvarez dejó de ser solamente un centrodelantero para transformarse, al mismo tiempo, en recuperador, mediocampista y lanzador. Lautaro Martínez abandonó la referencia fija y Lionel Messi dejó de esperar la pelota para salir a buscar el partido sobre la derecha, donde empezó a encontrar espacios que antes no existían.
El equipo perdió orden.
Es cierto.
Pero encontró el fútbol que necesitaba para cambiar la historia.
Apareció el potrero.
Ese territorio donde el talento deja de pedir permiso.
Desde hace algunos años el fútbol parece haber confundido organización con inmovilidad. Se habla de estructuras, automatismos, mecanismos y ocupación racional de los espacios como si el objetivo fuera reproducir un plano de arquitectura y no ganar un partido.
La escuela dominante del fútbol contemporáneo perfeccionó el orden. Lo convirtió en una herramienta formidable, capaz de reducir al mínimo el margen del error.
Pero el fútbol nunca fue sólo una ciencia.
Es, sobre todo, imaginación.
Es el arte de lo impensado.
El fútbol argentino construyó buena parte de su identidad alrededor de esa virtud: la capacidad de improvisar cuando el orden deja de ofrecer respuestas; de alterar el libreto cuando el partido exige una solución que ningún entrenamiento había previsto.
Los grandes goles de nuestra historia trascendieron cualquier planificación. El de Mario Kempes en la final de 1978, el segundo de Diego Maradona frente a Inglaterra en 1986 o la jugada que culminó con la definición de Ángel Di María en la final de Qatar no pueden comprenderse únicamente desde un pizarrón. Fueron la expresión de un talento que, en el instante decisivo, eligió un camino que nadie había imaginado.
Porque el fútbol nunca fue un deporte de planos.
Fue siempre un deporte de excepciones.
Los grandes jugadores no cambiaron la historia por respetar un esquema.
La cambiaron porque, cuando el sistema dejó de ofrecer respuestas, tuvieron el coraje de inventar una jugada que nadie había previsto.
Las defensas cerradas no suelen vencerse por insistencia. Tampoco por acumulación de pases. Se rompen cuando alguien hace aquello que el rival no esperaba.
Argentina necesita mover la pelota con mayor velocidad, ensanchar la cancha hasta obligar al adversario a perder sus líneas defensivas y atacar por donde nadie imagina. Porque el espacio, muchas veces, no se encuentra: se fabrica.
Durante buena parte del encuentro frente a Egipto ocurrió exactamente lo contrario.
La sociedad entre Rodrigo De Paul y Leandro Paredes administró el juego, pero casi nunca lo aceleró. La circulación por abajo y por el centro hizo que cada ataque quedara atrapado en un plan defensivo estudiado con demasiada anticipación.
Egipto sólo tuvo que esperar.
Esperó.
Y defendió.
Hasta que Argentina dejó de ser previsible.
//continúa
Argentina contra equipos muuuuy inferiores ha defendido muy atrás, sin la pelota y mal. Cabo Verde lo hizo notar, contra mejores equipos va a ser un serio problema.
¡FELZ DÍA DEL PADRE!
Ser padre es enseñar con el ejemplo, acompañar en cada paso y transmitir una pasión que nos une para toda la vida.
A todos los padres que laten por River, les deseamos un muy feliz día.
GRACIAS POR DEJARNOS LO MEJOR: TU AMOR Y TU PASIÓN.
Dale River
PROHIBIDO CRITICAR
¿Desde cuándo criticar a las autoridades de River se convirtió en una falta disciplinaria?
La Comisión de Disciplina acaba de suspender por un año a un socio por publicar opiniones críticas sobre autoridades y políticas del club.
No se lo sanciona por violencia.
No se lo sanciona por agredir a nadie.
No se lo sanciona por dañar el patrimonio del club.
Se lo sanciona por opinar.
Hoy es un socio.
Mañana puede ser cualquier otro que cuestione una decisión dirigencial.
River es grande porque siempre tuvo socios comprometidos, debates intensos y participación activa. Nunca porque se exigiera obediencia o silencio.
Pretender amordazar a los socios habla más de quienes imponen la sanción que de quien la recibe. Expresa una concepción del club y del poder incompatible con la vida democrática de una asociación civil.
Defender la libertad de expresión de los socios no implica compartir una opinión determinada. Implica defender el derecho de todos a expresar la propia sin temor a represalias.
Porque cuando la crítica se castiga y el silencio se premia, el problema ya no es un socio.
El problema es la libertad de todos.
Porque un club donde los socios pueden votar pero no criticar, es un club que empieza a olvidar los valores que dice defender.
Daniel Kiper
El club y la distancia. Nuevo negocio con AirBnb.
Por Daniel Kiper
Hubo un tiempo —no tan lejano— en que los futbolistas caminaban por el club como parte natural de la vida cotidiana de los socios.
Transitaban por los mismos pasillos, almorzaban en el restaurante del club, conversaban con los hinchas sin necesidad de escenografías ni protocolos. Ver a un jugador de River no era un privilegio organizado desde el marketing. Era parte natural de pertenecer.
Así conocí, siendo niño, a Ermindo, a Amadeo y a tantos otros nombres que hoy habitan la memoria grande de River.
Los chicos crecíamos creyendo que esos futbolistas formaban parte de una misma familia. Y en cierto modo era verdad. Eran ídolos, sí, pero también hombres cercanos, visibles, humanos.
River no era solamente un equipo profesional. Era una comunidad afectiva.
Hoy, en cambio, parece avanzar otra lógica. El vínculo espontáneo entre futbolista y socio comienza a ser reemplazado por una relación administrada, encapsulada y muchas veces comercializada. Lo que antes sucedía naturalmente ahora aparece convertido en producto: experiencias VIP, encuentros pagos, accesos exclusivos o contenidos segmentados para quienes pueden consumirlos.
El problema no es económico. El fútbol profesional mueve cifras gigantescas y nadie desconoce la transformación global del deporte. El problema es cultural.
Porque los clubes nacieron justamente para lo contrario: para acercar, no para separar.
Durante décadas, River fue una institución donde convivían el profesionalismo deportivo y la cercanía humana. El socio sentía que el jugador defendía sus colores porque también pertenecía al mismo universo emocional. El ídolo no era una figura inaccesible construida detrás de dispositivos de marketing, sino alguien que compartía la vida cotidiana del club.
Ese vínculo generaba identidad.
Y la identidad, en el fútbol, vale tanto como el talento.
Los grandes equipos de la historia no se construyeron solamente con contratos millonarios ni departamentos de branding. Se construyeron con sentido de pertenencia. Con futbolistas que entendían el peso emocional de la camiseta porque convivían diariamente con quienes la amaban.
Sin embargo, muchas decisiones institucionales parecen avanzar hacia otra dirección. El jugador aparece rodeado de estructuras de imagen, asesoramiento y administración comercial que terminan alejándolo de aquello que originalmente le daba legitimidad popular: el contacto humano con el hincha.
Todo se organiza. Todo se monetiza. Todo parece transformarse en contenido.
Y acaso allí empiece una pérdida silenciosa.
Porque cuando el club deja de sentirse una familia para convertirse solamente en una plataforma de consumo, algo esencial comienza a romperse. El socio deja gradualmente de ser parte para convertirse en cliente. Y el futbolista, en lugar de integrar la vida cotidiana de la institución, pasa a habitar un espacio distante, casi corporativo.
No se trata de nostalgia ingenua. El tiempo cambia y el fútbol también.
Pero hay instituciones que sobreviven precisamente porque conservan ciertos rituales afectivos que las distinguen de una empresa común.
River no nació para vender cercanía. Nació de la cercanía.
Y quizá uno de los grandes desafíos culturales de este tiempo sea justamente recuperar aquella dimensión humana que hacía que un chico pudiera caminar por el club sintiendo que sus ídolos no vivían detrás de una pantalla ni de un cerco invisible, sino apenas a unos metros, compartiendo la misma casa.
Porque los clubes grandes no se sostienen solamente por sus balances ni por sus contratos televisivos.
Se sostienen, sobre todo, por la calidad del vínculo emocional que logran conservar con su gente.
El otro día, frente a San Lorenzo, el Monumental mostró algo más profundo que un empate agónico.
Mostró el desencanto de una parte del pueblo riverplatense.
Los insultos bajaron desde las tribunas. Y luego Quintero —futbolista extraordinario, hombre sensible, aunque todavía lejos de su mejor forma física— respondió desde la herida del gol y del orgullo.
No juzgo al hincha que protesta. Tampoco al jugador que se siente lastimado. El fútbol, como la patria o el amor, suele hablarnos en un idioma desordenado.
Pero en lo personal no insulto jugadores.
No es mi estilo.
Y, sobre todo, porque creo que el problema de River no empieza en las piernas de quienes entran a la cancha, sino en los escritorios donde desde hace años se toman malas decisiones.
Todos conocíamos las limitaciones de muchos futbolistas incorporados. Algunos llegaban llenos de gloria y con lesiones repetidas, como una vieja condena física. Otros, con el talento disminuido o apagado por el tiempo. Otros, sencillamente, sin la excelencia que exige la historia de River.
Y aun así fueron contratados.
Los directivos gastaron cifras enormes.
Como si el dinero no fuera de los socios.
Como si River pudiera soportar eternamente el costo de la improvisación.
El problema no es sólo futbolístico.
Es dirigencial.
River nació para jugar bien. Para honrar una estética. Para entender que ganar importa, pero que la grandeza también está en el modo de ganar.
Eso que alguna vez llamamos “paladar negro” no es soberbia.
Es memoria.
Es identidad.
Es una forma de respetar nuestra historia.
No debemos renunciar a esa exigencia. Pero tampoco debemos equivocarnos de responsables.
Porque mientras el hincha discute con el futbolista, la dirigencia intenta esconderse detrás de nombres que funcionan como fusibles transitorios.
Ayer Demichelis.
Después Gallardo.
Mañana Coudet.
Más tarde Francescoli, Poncio, Trezeguet.
Ahora Longoria.
Siempre alguien más.
Nunca ellos.
Nunca los que deciden.
Nunca los que autorizan operaciones ruinosas.
Nunca los que escuchan más a los intermediarios que a la historia futbolística de River.
Nunca los que administran como si el club fuera propio y no de sus socios.
Y sin autocrítica, ningún club grande puede reencontrarse consigo mismo.
River no necesita relatos.
Necesita verdad.
Necesita dirigentes que vuelvan a sentir el peso sagrado de nuestra camiseta.
Porque River no es un negocio.
River es una memoria.
Y las memorias, tarde o temprano, terminan reclamando cuentas.
Ahora bien: esta noche los futbolistas tienen una oportunidad.
La oportunidad de responder con fútbol.
Con carácter.
Con talento.
Con rebeldía deportiva.
Pese al mal juego y a todas las críticas, River está a un paso del campeonato.
Y quien viste esta camiseta debe entender que no alcanza con jugar: hay que estar a la altura de la historia que representa.
Confiamos en que así será.
Dale River.
Comparto el video completo del discurso de nuestro representante explicando el voto en contra del balance.
Advertirás que no se trata de una postura política.
Se trata de responsabilidad.
El balance muestra un superávit, pero sostenido por una única operación extraordinaria: la venta de Franco Mastantuono.
Muestra crecimiento en los papeles, pero debilidad en la estructura.
Y, sobre todo, deja preguntas sin responder.
👉 Capital de trabajo negativo
👉 Baja liquidez
👉 Endeudamiento creciente
👉 Falta de información clave
Votar en contra no es oponerse por oponerse.
Es marcar un límite.
Es exigir claridad.
Es defender el patrimonio del Club.
🎥 Mirá el video completo y sacá tus propias conclusiones
River no es un negocio para otros.
Es de los socios.
Es identidad.
Es futuro.
Hoy se votaron decisiones que lo comprometen.
Nosotros elegimos otra cosa: defenderlo.
🎥 Mirá el discurso de nuestro representante.
Porque hay momentos en los que no alcanza con administrar.
Hay que tener el coraje de cuidar a River.
Préstamo de USD 100 millones.
Cerca de USD 200 millones a devolver.
La obra es necesaria.
También lo es la razonabilidad de sus condiciones.
Comparto nota al Presidente del Club Atlético River Plate solicitando información completa sobre tasa, costo total, garantías y esquema de repago.
No es solo una obra.
Es el futuro de River.
Banco + #telemetrico que espn, pero en la última estuvieron 20 min para contar lo de Piastri en la vta de salida y pasó toda la carrera sin saber el pqué de la sanción a FC. Y ni noticias de la maniobra de FC en la largada. Por favor un productor mirando la señal F1 y el onboard!
#River Que River siga insistiendo en el medio con Vera-Moreno y en ataque con Colidio-Driussi es porque no tenemos absolutamente nada o lo que tenemos es un DT extremadamente soberbio y caprichoso
💚🏆 ¡FERRO ES MULTICAMPEÓN!
🤩🥇 El año pasado el club conquistó 7 títulos de jerarquía que lo consolidan en lo más alto del deporte argentino.
🏀 Básquet masculino fue campeón invicto de la Liga Sudamericana después de 40 años, el femenino fue bicampeón, y ambos lideran hoy sus ligas nacionales.
🔝 El vóley femenino volvió a ser campeón metropolitano tras 35 años, el futsal femenino se consagró en AFA y jugará la Libertadores, el handball femenino ganó el Clausura y quedó primero en la tabla anual, el tenis femenino obtuvo su tercer título en la máxima categoría y el ajedrez brilló a nivel internacional.
🏟️ Hoy, el estadio y toda la familia verdolaga celebró sus títulos.
🙌🏻😍 ¡Felicitaciones, campeones y campeonas! ¡Vamos por más!
VENTA DE CERVEZA: la excepción y la grieta.
Por Daniel Kiper
Durante años, muchos socios aprendieron —a veces de golpe— que beber una cerveza en las inmediaciones del estadio podía costarles el ingreso.
El derecho de admisión cayó sobre ellos como cae una lluvia inesperada: sin violencia, sin incidentes, sin disturbios. Bastaba la cercanía, el vaso, la sospecha. El argumento era simple y repetido: el alcohol es un riesgo para la seguridad.
Hoy, en cambio, el mismo estadio abre la puerta a una excepción. Se anuncia una “prueba piloto”. La cerveza circula, pero no en cualquier mano ni en cualquier lugar. Circula en los sectores VIP, en los palcos altos, a un precio elevado y en espacios vedados para la mayoría.
El alcohol ya no es riesgo: es servicio.
Ya no es falta: es consumo autorizado.
Y entonces aparece la contradicción, clara como una grieta en la pared recién pintada.
Si el alcohol era peligro ayer, ¿por qué deja de serlo hoy?
Si justificaba sanciones, ¿por qué ahora se vende?
¿En qué momento el problema dejó de ser la conducta y pasó a ser el sector?
El derecho de admisión, que nació como una herramienta excepcional para prevenir la violencia, se fue pareciendo a otra cosa. Dejó de ser un resguardo colectivo y comenzó a utilizarse como un castigo selectivo.
Para unos, la puerta cerrada.
Para otros, la lata fría.
Para unos, la sospecha.
Para otros, la autorización.
River no es un estadio para pocos, exclusivo o selectivo.
River es popular.
Es una historia larga, escrita por generaciones que comparten la misma pasión y las mismas tribunas.
Cuando la igualdad se quiebra en silencio, se discrimina.
Ahora bien: si el Club y las autoridades consideran posible habilitar el consumo de alcohol bajo control, lo razonable no es la excepción arbitraria, sino la regla clara.
Pautas objetivas.
Criterios públicos.
Controles verificables.
Por ejemplo: límites de edad, cupos, trazabilidad, restricciones precisas y presunciones razonables basadas en la experiencia y no en el prejuicio. No para promover el consumo, sino para evitar la hipocresía de castigar lo que, al mismo tiempo, se comercializa.
No se trata de una bebida.
Se trata de coherencia.
De igualdad.
De respeto.
Si se decide cambiar las reglas de convivencia, que sea a la vista de todos. Con palabras claras. Con razones explícitas. Y con la honestidad institucional de revisar sanciones aplicadas bajo fundamentos que hoy el propio sistema relativiza.
La imagen es ilustrativa. Fue realizada con Gemini.
Propuesta: Socios con discapacidad
Presentamos una nota formal al presidente del Club Atlético River Plate planteando una situación que ya no admite demoras: la asignación inadecuada de ubicaciones a socios con discapacidad, muchos de ellos con décadas de antigüedad, hoy derivados a sectores que implican un riesgo real para su salud.
La propuesta es clara, razonable y técnicamente viable:
✔️ ubicación fija en plateas accesibles
✔️ criterios funcionales objetivos de asignación
✔️ reconocimiento de acompañante cuando corresponda
✔️ diálogo directo con los socios afectados
Quiero destacar también la buena predisposición expresada por el secretario del Club, Agustín Forchieri, para avanzar en una respuesta favorable y en soluciones concretas.
River no es solo su historia: es cómo trata a su propia gente.
Seguimos trabajando - desde el llano - para que la inclusión deje de ser un discurso y se convierta en una práctica concreta.
🤍❤️ Queremos a River ❤️🤍
Un Estado sin corazón: agoniza el Programa Nacional de Cardiopatías Congénitas.
Por Daniel Kiper
Hubo un tiempo —no tan lejano como para haber sido olvidado— en que nacer con un corazón enfermo no equivalía a una condena dictada por el azar del lugar ni por el saldo de una obra social. En algún punto del Estado, una red invisible vigilaba relojes, camas, quirófanos y ambulancias aéreas con la precisión de quien sabe que un minuto puede salvar una vida. Ese sistema tenía nombre y tenía pulso: el Programa Nacional de Cardiopatías Congénitas.
No era una oficina ni un sello. Era una coordinación colectiva. Sabía quién era cada chico, dónde estaba, qué necesitaba y cuándo. Priorizaba por gravedad, destrababa financiamientos, coordinaba traslados imposibles y garantizaba que el quirófano se abriera antes de que el cuerpo dijera basta. Así, sin prometer milagros, los produjo: la lista de espera quirúrgica nacional se volvió un recuerdo y la sobrevida alcanzó cifras que antes parecían patrimonio ajeno.
En esos años, la muerte infantil por malformaciones cardíacas empezó a retroceder como una marea cansada. No porque la tragedia hubiera desaparecido, sino porque alguien la enfrentaba con método y con humanidad: , el Estado Nacional. El país aprendió —con hechos— que la coordinación salva vidas y que la fragmentación las pone en riesgo.
A comienzos de este año, sin embargo, la red empezó a apagarse.
No hubo decreto ruidoso ni conferencia solemne. Ocurrió como suelen ocurrir las peores decisiones: con un gesto administrativo. El equipo que sostenía la coordinación nacional dejó de ser convocado. Con ellos se fue la cabeza de la red. Y cuando la cabeza se apaga, el cuerpo sanitario se desorienta: provincias que ya no hablan entre sí, turnos que no llegan, derivaciones que se postergan mientras el corazón se agota.
La palabra elegida fue “reorganización”. Pero reorganizar no es retirar el hilo que cose. Reorganizar no es devolver a cada familia a la intemperie de su obra social, de su provincia, de su suerte. Eso tiene otro nombre: fragmentaci��n. Y en cardiopatías congénitas, la fragmentación es una forma elegante de la demora. La demora, a su vez, es una forma discreta de la muerte.
Antes de que existiera esta política nacional, el país ya había vivido así: padres peregrinando con carpetas gastadas, médicos rogando turnos, chicos que llegaban tarde a cirugías que ya no admitían tardanzas. El programa nació para que eso no volviera a ocurrir. Para que el lugar de nacimiento no definiera el pronóstico. Para que el dinero no decidiera quién vive.
Hoy, ese pasado vuelve a asomarse como un fantasma conocido.
Sin una coordinación nacional que priorice y arbitre, cada provincia queda sola frente a la alta complejidad. Las más fuertes resistirán un tiempo. Las más débiles volverán a perder. Y en el medio quedarán los chicos, que no saben de presupuestos ni de jurisdicciones, pero sí de cansancio, de falta de aire y de esperas que no deberían existir.
También se pierde algo menos visible pero decisivo: la memoria del sistema. El programa acumuló datos, aprendizajes y criterios comunes. Sabía planificar, evaluar y corregir. Al desarmarlo, el país no solo pierde coordinación; pierde conocimiento. Y un sistema de salud sin memoria está condenado a repetir sus peores errores.
Nada de esto ocurre en el vacío. Se trata de una política con respaldo legal, consenso profesional y resultados comprobados. Vaciarla sin reemplazo no es una decisión neutra: es una regresión. Reduce un nivel de protección ya alcanzado y expone a una población especialmente vulnerable a riesgos mayores, sin justificación técnica conocida.
Algún día, cuando se escriba la historia de estos años, quizá se diga que no hubo una gran catástrofe visible, sino una suma de pequeñas ausencias: un médico que ya no estaba, un turno que no llegó, una derivación que se postergó. Y que en esa suma se apagaron vidas que antes se salvaban.
Todavía hay tiempo de evitarlo.
//Continúa
Quiero agradecer de corazón a todos los que nos acompañaron, a quienes creyeron en nuestro proyecto y defendieron nuestras ideas con convicción, respeto y amor por River.
Hicimos una campaña limpia, honesta y apasionada, con lo más valioso que puede tener un riverplatense: la palabra, la coherencia y el compromiso.
Gracias a cada fiscal, a cada voluntario, a cada socio que nos dio su voto o su aliento.
Seguiremos caminando el mismo camino: River es nuestra casa.
Felicitaciones al presidente electo y le deseamos éxitos en su gestión.-
Daniel Kiper - Claudio Piñeiro - Erika Bedners y Adelina Verdichio