José Luis Trejo, neurocientífico: “El ejercicio nos hace más listos, que es una manera rápida de decir nos aumenta nuestra capacidad cognitiva para enfrentarnos a la vida diaria" https://t.co/PvjmianSfI
"Sin duda hubo un bando vencedor y un bando derrotado; pero todos los españoles perdimos mucho: la libertad, la justicia, el progreso, los derechos civiles, la liberación de la mujer, la dignidad y la democracia. Ésa es la guerra que todos perdimos."
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🩸Gracias por la enorme ola de #solidaridad
Hemos alcanzado un récord de donaciones de #sangre, triplicando la habitual de una jornada
🙏 No olvidemos que tu sangre es necesaria durante todo el año, por eso, dona de manera escalonada en los próximos días
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📻 La dolorosa reflexión de Alsina en su monólogo ante la tragedia de Adamuz: "Qué injusta, qué maldita y qué cabrona es la muerte"
🎧 Puedes escuchar el monólogo completo aquí: https://t.co/R4uG5pr53a
🔹 Porqué: puede sustituirse por «motivo» o «razón» y va precedido por un artículo u otro determinante (No entiendo el porqué de su decisión).
🔹 Por qué: se usa en preguntas directas o indirectas (¿Por qué llegaste tarde? No entiendo por qué llegaste tarde).
"Recuerdo la época en la que Donald Trump era un payaso, un chiste.
La prensa internacional también consideraba un payaso a Adolf Hitler, hasta que dejó de serlo."
https://t.co/G12biwrd1G
Como cada noche de Reyes, hay que recordar este breve poema de Unamuno:
"Agranda la puerta, padre,
porque no puedo pasar;
la hiciste para los niños,
yo he crecido a mi pesar.
Si no me agrandas la puerta,
achícame, por piedad;
vuélveme a la edad bendita
en que vivir es soñar."
Y el más bonito de todos, quizá el capitel románico más bello que se talló jamás. El sueño de los reyes magos del capitel de la catedral de Autun, Francia
Algunos propósitos lingüísticos para el año nuevo:
• usar preferentemente las comillas angulares (« »);
• aislar entre comas los vocativos («Hola, Marta»);
• tildar las mayúsculas («ALEGRÍA»);
• no prescindir de los signos de apertura de interrogación y exclamación.
¿Proponen alguno más?
El joven que detuvo su vida para acompañar el final de otra
En 1971, mientras la mayoría de los jóvenes de su edad pensaban en la universidad, en el amor o en escapar de casa, un muchacho de 18 años tomó una decisión que lo separó para siempre de cualquier vida ordinaria.
Su nombre era Dan Jury.
Ese año sacó a su abuelo, Frank Tugend, de una residencia de ancianos y lo llevó a vivir con él a su pequeño apartamento. Frank tenía 78 años y comenzaba a hundirse lentamente en la demencia. Dan decidió cuidarlo él mismo.
No por semanas.
No por meses.
Por tres años completos.
Le administraba la medicación. Lo bañaba. Lo alimentaba. Le cambiaba los pañales. Lo acompañaba en la confusión, en el miedo nocturno, en la pérdida progresiva de sí mismo. Mientras sus amigos salían, viajaban o construían carreras, Dan construía rutinas de cuidado.
Y eso era trabajo.
Y eso era agotamiento.
Y eso era amor.
Nada de esto tenía nada que ver con romanticismo.
Frank no era solo un “maestro sabio”. Era un hombre frágil, dependiente, que no podía sobrevivir sin ayuda. Cuidarlo era una carga real, diaria, física y emocional. Y Dan la asumió completa.
El hermano mayor de Dan, Mark Jury, era fotoperiodista. Documentó esos tres años en una serie de imágenes íntimas y honestas que luego se publicaron en el libro Gramp (1976). El libro vendió más de 100.000 copias y cambió la forma en que muchos estadounidenses miraban el final de la vida.
Por primera vez, millones de personas vieron que envejecer y morir no tenía por qué ocurrir detrás de las puertas cerradas de una institución, sino que podía suceder en casa, rodeado de presencia humana.
Frank era un inmigrante judío ucraniano que había sobrevivido a la pobreza de la Gran Depresión. Había sido fuerte toda su vida. Pero al final, fue débil. Y eso no lo hacía menos digno.
Cuando su deterioro se volvió profundo, Frank tomó su última decisión. Dejó de comer y de beber. Murió tres semanas después.
Quizás lo hizo para no prolongar el peso que sentía que era para su nieto. Quizás simplemente estaba listo. Nunca lo sabremos.
Dan dijo más tarde que esos tres años le enseñaron más sobre la vida que cualquier trabajo o relación posterior.
No aprendió sobre éxito.
Aprendió sobre límite.
No aprendió sobre ambición.
Aprendió sobre presencia.
No aprendió cómo crecer.
Aprendió cómo acompañar cuando otro se va.
En nuestra sociedad se habla mucho del amor, pero poco de la responsabilidad que lo acompaña. Cuidar no es solo un intercambio hermoso. Es cansancio, renuncia, soledad y, a veces, resentimiento silencioso.
Y aun así, alguien tiene que hacerlo.
Dan lo hizo.
Y al hacerlo, mostró algo que seguimos necesitando recordar: que el final de una vida no es solo un problema médico o social, sino un momento profundamente humano que merece ser acompañado, no escondido.
No todos podemos detener nuestra vida para cuidar la de otro.
Pero todos deberíamos mirar con respeto a quienes sí lo hacen.
Porque esa es una de las formas más silenciosas y difíciles de amar.