🇻🇪 La profesora @yorisvillasana pone el punto exacto: el 28 de julio no fue una aspiración ni una interpretación política, sino un mandato ciudadano claro, verificable e irrevocable. Cualquier negociación que pretenda hablar del futuro de Venezuela debe comenzar por reconocer esa verdad y traducirla en libertades, instituciones independientes y elecciones presidenciales sin más dilaciones.
#ATENCION el periodista Ramon Centeno ha sido recientemente excarcelado después de 4 largos años de prisión. Requiere de una operación para volver a caminar. Hay una campaña pro-fondos hasta lograr recabar lo requerido. Pedimos tu colaboración aqui 👇🏻👇🏻
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El cardenal Baltazar Porras es un valiente ejemplo. Un digno representante de lo que debería ser la Iglesia. Y le agradezco, como sé que le agradecen los familiares de los presos políticos y cada venezolano que quiere ser libre pero teme gritar ese deseo.
Nos alegramos por cada Preso Político liberado, por supuesto! Pero deben ser TODOS! No hay democracia con presos en las masmorras del régimen, no lo olvidemos!!!
🇻🇪🇺🇸 | Venezolano sobre la captura de Maduro: “A quienes dicen que a Estados Unidos solamente le interesa el petróleo, a esas personas les pregunto: ¿Qué creen que querían los rusos y los chinos? ¿La receta de las arepas?”.
📍Atención Venezolanos: NO SALGAN DE SUS CASAS
Se recomienda si estás en Venezuela no postear en Redes Sociales
- Quedarse en casa y no salir
* Ahorra las baterías de los celulares
* Sacar los radios de baterias
* Guardar agua
* Esperar atentos información confirmada de Fuentes Serias
𝐋𝐚 𝐨𝐝𝐢𝐬𝐞𝐚 𝐚 𝐎𝐬𝐥𝐨: 𝐞𝐥 𝐬𝐞𝐥𝐥𝐨 𝐌𝐚𝐝𝐞 𝐢𝐧 𝐕𝐞𝐧𝐞𝐳𝐮𝐞𝐥𝐚 𝐪𝐮𝐞 𝐧𝐨 𝐬𝐞 𝐝𝐞𝐬𝐩𝐞𝐠𝐚
Por Elizabeth Sánchez Vegas
Hay un instante, mínimo, brutal, íntimo, en el que la historia deja de verse como “noticia” y se vuelve cuerpo: una mujer llega de madrugada a Oslo, todavía con el viaje girándole por dentro, y en vez de quedarse resguardada en el hotel, hace lo impensable para cualquier manual de seguridad, cruza la distancia que separa el protocolo del pueblo y se va a abrazar a los suyos; la escena es simple y, por eso mismo, inaguantablemente poderosa: no es un Nobel, es un reencuentro, es piel contra piel, no es el mundo premiando a una venezolana, es Venezuela reconociéndose en una venezolana. Y en ese cruce, cuando el frío muerde y las vallas pretenden ordenar la emoción, se le escapa la frase como se nos escapa a todos lo que llevamos años tragándonos: “coño… esto lo vamos a celebrar en La Carlota”.
Y es ahí, justo ahí, donde uno entiende que Made in Venezuela no es un lema para adornar una foto. Lo decimos y muchos creen que hablamos de folclor, de anécdota, de acento; pero este sello es una declaración de procedencia moral: viene de un país donde la vida aprendió a moverse en voz baja, donde se camina con el bolso a medio hacer porque nadie sabe cuándo tocará salir, y aun así, aun así, la gente no entrega su derecho a la esperanza como quien entrega un objeto; lo guarda en el sitio más difícil de registrar: adentro.
Con esa clave se entiende el viaje completo. Por eso la odisea de María Corina no se siente “de ella” solamente: tiene la textura exacta de nuestro propio recorrido, esa coreografía que el venezolano aprendió sin que nadie se la enseñara, carretera, puntos de control, el cálculo silencioso de cada paso y luego el mar, que en nuestra historia siempre ha sido frontera y salvación al mismo tiempo, y después el aire, que no es romanticismo sino fuga, logística, supervivencia: tierra, agua y aire como si el país entero estuviera comprimido en una ruta, como si la geografía se hubiera vuelto un verbo.
Y cuando se entiende ese trayecto, el heroísmo vuelve a su lugar real, sin grandilocuencia. Que ella haya desafiado una prohibición de viaje y haya salido en secreto, tras más de un año en clandestinidad, para llegar a Oslo como mensajera de una realidad que incomoda, coloca la palabra “heroísmo” donde debe estar: en la obstinación de quien sabe que un premio no es un trofeo, sino un encargo. Por eso duele y, al mismo tiempo, ilumina que el viaje se haya complicado por mal tiempo y mar áspero, que ella no alcanzara la ceremonia a tiempo y que su hija tuviera que prestar la voz para que el mundo escuchara, sin interferencias, lo que Venezuela lleva años intentando decir.
Y, sin embargo, la historia termina de cerrarse en una imagen: la gran imagen, la que habla en el idioma más antiguo, el del cuerpo que al fin se suelta. En medio de todo, aparece: Ana Corina aferrada a su madre en Oslo, como quien se asegura de que lo imposible no se deshaga, como quien todavía no termina de creer que ese abrazo existe; y María Corina recibiéndola con esa mezcla de fuerza y fragilidad que solo aparece cuando se deja de resistir un segundo y se permite volver a ser madre antes que símbolo. Ahí, en ese contacto breve y absoluto, la familia se vuelve patria, ese lugar real donde uno cabe y respira.
Porque, si lo piensas, lo venezolano, lo realmente venezolano, no es una lista de símbolos fáciles: es una manera de estar en el mundo cuando te han empujado a los bordes, una forma de ternura que no se quiebra, aunque la traicionen, una fidelidad rara a la idea de regreso. Lo dijo Rómulo Gallegos desde el exilio, de otra forma, cuando entendió que la distancia vuelve más pesado todo lo que se llora fuera, y sin embargo uno sigue mirando hacia la casa como quien busca, a ciegas, la dirección del pecho.
De ahí que el detalle de la baranda no sea un accesorio, sino una metáfora involuntaria y perfecta. La baranda es el límite “razonable” que te ponen para que no te mezcles, para que no toques, para que no te expongas; y entonces ella la cruza, y lo que sucede no es una foto, es un mensaje: el poder vive de la separación, pero el pueblo vive del abrazo. Y cuando alguien cruza esa línea, aunque sea por segundos, nos recuerda que el miedo también retrocede así: con un gesto que se impone por puro instinto humano, como si el corazón, por fin, tomara la palabra.
Y es aquí donde una palabra se vuelve indispensable: pertenencia. No “origen” como nostalgia, sino pertenencia como ética, como responsabilidad. Oslo puede archivar una fecha y un diploma; Venezuela, en cambio, guarda otra cosa: la certeza de que, cuando el mundo pronuncia “María Corina Machado”, también está pronunciando la biografía de millones que han tenido que aprender a resistir, a criar hijos con la mitad de la familia lejos, a sobrevivir con la dignidad como último patrimonio, a seguir creyendo, contra toda evidencia, que vale la pena insistir.
Por eso el Made in Venezuela deja de ser consigna y se vuelve confesión colectiva: todos nos vemos ahí, no porque seamos iguales, sino porque compartimos el mismo idioma interior, ese que se activa cuando alguien se atreve a hacer, en público, lo que tú has hecho mil veces en privado: no rendirte. Ella no “representa” a Venezuela como una figura distante; ella la refleja, y por eso incomoda tanto y por eso abraza tanto. Todos somos como ella en lo esencial: la capacidad de pararnos con el corazón herido y, aun así, decir “todavía”. Y ella es como todos nosotros en lo más íntimo: la nostalgia que aprieta, la rabia que ordena y el amor que no se negocia.
Si algo termina de amarrar el sentido de todo es esto: que su hija haya recibido el premio y haya leído su historia en el salón de Oslo mientras ella llegaba con el tiempo roto por el viaje. En Venezuela, demasiadas veces la voz de uno ha tenido que salir por boca ajena, un hijo, una madre, un amigo, un exiliado, para que no la apaguen; y aun así la voz llega, porque lo venezolano, cuando es profundo, se abre paso. Y por eso esa cinta, esa frase, ese sello, no está puesto “sobre” la foto: está explicando la foto.
Y cuando Oslo haga memoria de este Nobel, no va a recordar solo una fecha ni un diploma. Va a recordar una escena humana: una madre besando a su hija, una familia volviéndose patria por un segundo, una multitud temblando de frío para regalarle calor. Va a recordarnos a todos, porque eso es lo que somos: piel que se busca, abrazos que se aprietan como salvavidas, besos que no son ceremonia sino refugio. Y en esa verdad sencilla, tan nuestra, caben millones: Made in Venezuela, sin explicación adicional.
🇬🇧🇻🇪 | Coldplay sorprendió en Wembley al cantar junto a la Orquesta Sinfónica Simón Bolívar, desatando orgullo venezolano con “Viva la vida” ante miles de fanáticos.
#22Ago | Chris Martin, vocalista de la banda de rock británica @coldplay, presentó al director de orquesta venezolano Gustavo Dudamel y la Sinfónica Simón Bolívar durante el inicio de una residencia de 10 conciertos en Wembley, Inglaterra, como parte de su tour “Music of the Spheres”.
🗣️ "Son todos jóvenes de Venezuela, son nuestra orquesta favorita en todo el mundo y me gustaría que los traten mejor que a nosotros en aproximadamente dos horas. Que la pasen maravilloso esta noche, por favor, reciban a mi hermano Gustavo Dudamel y a la Orquesta Simón Bolívar", expresó Martin desde el Wembley Stadium.
Aunque es la primera vez que Dudamel acompaña a Coldplay en una gira, no se trata de la primera colaboración entre ambos.
La banda británica fue la encargada de tocar en el show de medio de tiempo del Super Bowl 2016, donde invitó a varios artistas como Bruno Mars, Beyoncé, Mark Ronson y a Dudamel, quien en esa ocasión dirigió a la Orquesta Juvenil de Los Ángeles.
📹: @coldplayxtra
🇻🇪 | URGENTE — MÁXIMA DIFUSIÓN
@ConVzlaComando: María Corina Machado fue violentamente interceptada al salir de la concentración en Chacao. Efectivos del régimen dispararon contra las motos que la trasladaban. Se espera confirmación sobre su situación en los próximos minutos.