Verdades Profundas de la Vida: Leo tiene 79 años y se levanta a las 5:30 por puro amor al trabajo.
¿El secreto de su empresa familiar? Venden patatas a 6 pesetas el kilo (30 centavos) bajo un solo lema.
¿Es el esfuerzo el verdadero motor de la felicidad o nos han programado para producir?
Dejar de culpar a los profesores sería un buen inicio.
Muchos niños no tienen problemas de escuela.
Tienen problemas de casa.
Pantallas todo el día.
Cero conversación.
Nadie sabe cómo están.
Pero eso sí:
exigimos que el colegio lo arregle todo.
Y aquí viene lo incómodo:
ningún profesor puede competir
con horas de pantalla
y cero atención en casa.
Y esto no es problema del colegio.
Tarde de sábado con una amiga en la cafetería.
Su hijo de 7 años a mi lado:
un pequeño dictador en versión infantil.
TikTok retumba en todo el local,
y no tiene intención de que nadie le lleve la contraria.
Le digo a mi amiga, en plan suave:
“Oye, ¿no le vas a decir nada por el ruido?”
Ella sonríe, medio incómoda:
“Déjale, así está tranquilo.”
A los 5 minutos, se acerca y le dice:
“Cariño, basta ya de móvil, ¿no?”
Él ni la mira.
Ella insiste:
“Venga, 5 minutos más y lo dejamos, ¿sí?”
Respuesta del niño:
“No.”
Niño 1 – Madre 0.
Ella intenta quitarle el móvil.
Él se levanta, grita, le da un manotazo y el móvil sale volando.
La gente mira.
Silencio incómodo.
Yo me quedo esperando el clásico:
“Ni se te ocurra volver a hacer eso.”
Pero no.
Ella recoge el móvil del suelo, lo abraza y me dice, casi susurrando:
“Es que últimamente está muy sensible.”
El niño, mientras tanto, se aleja enfadado,
pateando la silla y murmurando insultos.
Nadie le dice nada.
Cuando se va al baño, todavía lloriqueando,
ella se gira hacia mí como si necesitara aprobación:
“Es que no quiero que viva lo que vivimos nosotras.”
“Antes todo era gritos y castigos.”
“Yo prefiero que se sienta libre, que se exprese.”
Yo la miro.
Veo en su cara agotamiento.
Y un discurso precioso para justificar que no manda ni en su casa ni en su vida.
Porque una cosa es educar sin violencia.
Otra es convertirte en rehén emocional de un niño de 7 años.
Luego estos niños crecen.
Y llegan al colegio pensando que la profe es su asistente personal.
Llegan al trabajo pensando que el jefe es su terapeuta.
Llegan a las relaciones creyendo que cualquier límite es “abuso”.
Y cuando el mundo no les trata como su madre…
se rompen.
Lo j*dido es que todo se hace “por amor”,
“por no traumatizar”.
Pero igual el verdadero trauma
no será haber tenido unos padres que dijeron “no”…
sino unos que nunca se atrevieron a hacerlo.
Y ahí está la pregunta incómoda:
¿Esto es crianza respetuosa…
o pura cobardía maquillada de discurso moderno?
¿Protegemos al niño…
o estamos fabricando adultos frágiles que nadie va a soportar fuera de casa?
El tema más recurrente entre la gente de 45/50 (tengo 49) es la sorpresa por la velocidad del paso del tiempo. Cómo llegamos a los 50 años? qué pasó? nos preguntamos todos. Ayer teníamos 30 y de repente ahora 50.
Antes el tiempo no era un tema.
Pero ahora impresiona la rapidez con la que pasa un año, dos, tres. No lo podemos creer. Estamos todos hablando de lo mismo: el paso del tiempo.
Tenés recuerdos muy cercanos y nítidos pero cuando haces cuentas fueron hace 15, 20 o 30 años.
Los hijos de tus amigos que nacieron "hace poco" ya están en la facultad. Increíble. Insólito.
Ya 50 años, que desproporción.
Les pasa?
Cuándo se termina esta sensación?
Se termina?
Aquello que llamamos "comunidad educativa", aquel ideal de que todos (alumnos, profesores, familia, sociedad) somos parte de la educación de las nuevas generaciones, está erosionándose al mismo ritmo que aquello que en su momento dimos en llamar "familia". La ciega confianza de hace unos años, basada en un concepto quizá excesivo, pero evidentemente sólido, de autoridad, se ha transformado en un estado de recelo permanente. Las suspicacias viajan en todas las direcciones y en todos los sentidos. El "nosotros" y el "vosotros" son cada vez más habituales cuando hablan las familias con los profesores, los profesores con los alumnos o los alumnos con los profesores.
En mi día a día, tanto en las aulas como en los claustros y los consejos escolares, siempre he tratado de romper esos muros e intentado hacer ver, y fomentar que se haga visible, la responsabilidad que toda la sociedad tiene a la hora de educar a su juventud, incluidos los propios jóvenes, y educar en la evidencia de que la educación no solo no es gratuita, sino que es lo menos gratuito que existe.
Educar exige tiempo, esfuerzo, renuncias y una enorme dosis de responsabilidad compartida. Sin embargo, cada vez con más frecuencia parece imponerse la idea de que la educación es un servicio que alguien presta y que otro simplemente recibe, como si fuera posible formar personas del mismo modo en que se entrega un paquete. Pero educar nunca ha funcionado así.
Educar ha sido siempre una tarea lenta, imperfecta y profundamente humana, basada en la confianza. Confianza en que quien enseña intenta hacerlo lo mejor posible, confianza en que quien aprende tiene margen para equivocarse, pero no todo, y confianza en que la familia y la escuela no están en bandos distintos, sino en el mismo lado.
Recuperar esa convicción (que educar es una responsabilidad colectiva) sería probablemente el primer paso para reconstruir los lazos que un día nos reforzaron como sociedad y que hoy parecen estar condenados a la desaparición.
La misma tarde después de castigar en el patio a un alumno, su padre me pidió una cita. Al día siguiente hablé con él y me dijo que habíamos "crucificado" a su hijo y que lo habíamos "metido en un cuarto" durante media hora. De poco sirvió explicarle que aquel cuarto era un aula normal y que la supuesta crucifixión consistió en hablar con él y tratar de solucionar los problemas que tenía con otro compañero. Donde él veía represión, yo contemplaba inversión de recursos educativos, a lo que él añadió que nosotros no teníamos que educar a su hijo y que de eso ya se encargaba él en su casa.
En el lado opuesto a estos casos de infantilismo paternal, están los clásicos de autoritarismo violento. Actualmente, son más escasos que los otros, pero todavía se dan. En más de un caso, y ante la tesitura de tener que llamar a casa de algún alumno, primero investigo sobre su situación en casa y, ante la sospecha de que el remedio resulte peor que la enfermedad, suelo abortar la operación.
Entre esos dos extremos (el padre que considera una agresión cualquier intento de intervención educativa y el que responde con violencia a cualquier contratiempo escolar) se mueve buena parte del trabajo cotidiano de quienes nos dedicamos a la delicada tarea de enseñar. Quizá el problema de fondo, lo que revela casos como estos, cada vez más abundantes, sea que todavía no hemos logrado entender que educar es una tarea compartida y que, si es cierto que la escuela no puede sustituir a la familia, tampoco puede sustraerse de su obligación ética de formar personas capaces de convivir, dialogar y respetar a los demás.
Nos encontramos ante un momento de progresiva fragmentación de las antiguas redes de solidaridad y de autoridad que durante siglos estructuraron la vida colectiva. Allí donde antes existían comunidades relativamente cohesionadas (familias extensas, vecindarios estables, vínculos intergeneracionales claros) hoy encontramos con frecuencia unidades cada vez más aisladas, frágiles y desconfiadas unas de otras. Incluso la propia familia nuclear, que durante buena parte de la historia ha funcionado como último núcleo de socialización primaria relativamente sólido, muestra signos evidentes de debilitamiento.
En ese contexto, la escuela queda situada en una posición crucial. Por un lado, se le exige cada vez más: que enseñe conocimientos, que forme en valores, que compense desigualdades sociales y emocionales, que prevenga conflictos y sustituya carencias que antes se resolvían en otros espacios de socialización. Pero, al mismo tiempo, se cuestiona con creciente facilidad cualquier ejercicio de autoridad pedagógica, interpretándolo como intrusión o como abuso.
Tal vez estemos entrando en un momento decisivo en el que la escuela se convierte, para muchos niños y adolescentes, en uno de los últimos lugares donde aún puede ejercerse una autoridad legítima: no la autoridad arbitraria ni violenta, sino esa forma de autoridad que nace de la responsabilidad, del conocimiento y del compromiso con la formación de los otros. Si esas formas de autoridad desaparecen también de la escuela, no sólo perderemos una institución educativa, sino también uno de los últimos espacios capaces de transmitir los hábitos que mantienen vivos los vínculos civilizatorios.
Están desapareciendo de nuestros institutos. Es un goteo silencioso pero imparable. Se nos está jubilando una generación de docentes a los que vamos a echar mucho de menos. Este hilo es mi homenaje a los que ya se han ido, a los que se están yendo y a los que en breve nos dejarán
Espero que os emocione, como a mí, este video homenaje a nuestro pasado, el siglo que hoy cumplimos, y que nos traslada al futuro con la certeza de que dentro de 100 años, nuestras siguientes generaciones Telefónicas podrán sentir un orgullo similar al que sentimos hoy.
De corazón, ¡muchas gracias y feliz 100 cumpleaños!
Introducing Sora, our text-to-video model.
Sora can create videos of up to 60 seconds featuring highly detailed scenes, complex camera motion, and multiple characters with vibrant emotions.
https://t.co/YYpOAcrXQ3
Prompt: “Beautiful, snowy Tokyo city is bustling. The camera moves through the bustling city street, following several people enjoying the beautiful snowy weather and shopping at nearby stalls. Gorgeous sakura petals are flying through the wind along with snowflakes.”
Una vez leí que conducir un F1 por las calles de Mónaco era como meter un caballo en tu piso de 60metros cuadrados. Que razón.
Pueden considerar la F1 un deporte o no, pero esta vuelta es sencillamente ESPECTACULAR. Hay que estar muy entrenado para poder hacerlo.
🔴 La que nos viene encima en IA en 2023:
1. Bard de Google
2. GPT-4 de OpenAI
3. Claude de Anthropic AI
4. Sparrow de DeepMind
5. MusicLM de Google
6. Phenaki de Google
7. Open Assistant de LAION
8. VALL-E de Microsoft
9. Gen-1 de Runway
¡Vienen curvas!
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