@Nanisimo Habría que hablar más bien de las aficiones de los equipos de este país, porque la cantidad de tontos foráneos seguidores de Madrid y Barsa seguramente superan al producto nacional
En los años 70, hubo 200.000 incendios en el South Bronx de Nueva York, y la mitad de los habitantes tuvieron que marcharse de su barrio.
Los fuegos no fueron fortuitos, la mayoría los provocaron los caseros para echar a los inquilinos y cobrar el seguro.
Esta es la historia:
Los Ortiz dormían vestidos por si la casa ardía esa noche. Los Ortiz, o los Brennan, o los Washington, da igual, podría ser un apellido como el vuestro, exactamente igual que el vuestro. Vivían en el South Bronx, en edificios de ladrillo de cuatro o cinco plantas y ningún ascensor, y se acostaban con los zapatos puestos, los niños sobre todo, porque bajar tres pisos en calcetines por una escalera en llamas podía suponer la diferencia entre vivir o morir. Las madres dejaban una bolsa junto a la puerta con documentos, una foto, el dinero que tuviesen, siempre la misma bolsa, lista, como la gente que vive cerca de un frente de guerra. Porque la década del fuego de Nueva York fue un frente de guerra entre la ciudad y sus habitantes.
Desde 1970 hasta 1980 el barrio ardió con la regularidad del amanecer y el anochecer, había días de tres incendios, de cinco, noches con más de quince o veinte. Los niños aprendían a leer el humo igual que aprendían las tablas de multiplicar. 200.000 incendios en diez años, 30.000 al año en los años más duros, mil en una sola noche, la del gran apagón de 1977. Mil incendios.
La versión oficial fue que se quemaban ellos solos, que los propios vecinos, los puertorriqueños y los negros y los irlandeses que aún vivían allí, prendían fuego a sus casas por vandalismo, por drogas, por una especie de pulsión autodestructiva que tienen —que tenemos— los pobres. Los periódicos lo contaban como en un documental de naturaleza. Mira cómo arden. Mira cómo les gusta.
No les gustaba, claro, y esa no fue la causa del fuego. La ciudad estaba en bancarrota y recortó los servicios públicos, también los bomberos. Doce dotaciones del South Bronx fueron eliminadas y si antes podían atacar un fuego en quince minutos, ahora llegaban cuando ya no quedaba nada que apagar.
Así que los caseros hicieron la cuenta, una aritmética muy sencilla: un edificio lleno de inquilinos pobres con el alquiler congelado no valía nada; un edificio quemado valía lo que pagaba el seguro.
Casi un cuarto de millón de personas perdieron su casa. Hay quien dice que más, que llegó a marcharse la mitad de los habitantes del distrito. Nadie lo sabe exacto porque medir con precisión habría significado reconocerlo. Lo que sí se midió es la ceniza. En siete sectores del barrio ardió más del 97% por ciento de los edificios. En Charlotte Street sobrevivió uno de cada treinta. En Soundview, un barrio entero, quedaron nueve casas en pie. Nueve.
Vivian Vázquez Irizarry creció en una de esas casas, en Leggett Avenue. Durante años creyó lo mismo que todos, que la culpa era suya, que algo en su gente, en su sangre, había traído el fuego. Luego fue a los archivos del cuerpo de bomberos, pidió los registros y descubrió que más de la mitad de aquellos incendios no estaban anotados en ningún sitio. Ardió medio barrio y el papel decía que no había pasado nada.
Cuarenta años después, Vivian rodó un documental, se llama Decade of Fire. Nosotros no quemamos el South Bronx, dice en un momento, fuimos nosotros los que lo salvamos. Lo cuenta mirando a su hijo, explicándole por qué ella dormía con los zapatos puestos.
El documental acaba en el presente, y en el presente, quienes no se fueron están descubriendo que el barrio que salvaron ahora es deseable. Que los alquileres se están triplicando. Que en la orilla del río, la misma que miraba a Manhattan, se levantan torres de vidrio con piscina y vistas donde antes había naves y vertederos. Así que viene gente nueva que puede pagar esos alquileres y ya casi nadie se acuerda de los Ortiz, o los Brennan, o los Washington, o de los que tenían un apellido exactamente igual que el vuestro.
Algunos apuntes sobre las crecientes advertencias, y preparativos, de varios gobiernos europeos sobre la posibilidad de que Rusia ataque la OTAN:
1- La guerra no es un fenómeno binario (o paz total o guerra total), sino un espectro que incluye operaciones de zona gris, como propaganda, sabotajes y provocaciones, pasando a atentados, drones aparentemente extraviados, o envenenamientos. La caja de herramientas es amplia, y Rusia la usa desde hace años.
No, los rusos no conquistarán Varsovia (no podrían), pero tienen otras opciones: entre ellas, un ataque limitado con drones o una pequeña incursión en territorio báltico.
2- ¿Y para qué?
Quizás sea útil, por un momento, ponerse en la piel de Vladímir Putin.
Su invasión no marcha como él había imaginado: de los supuestos tres días hemos pasado a los cuatro años y medio sin final a la vista. El frente apenas se mueve y conquistar un puñado de kilómetros cuadrados cuesta miles de vidas rusas.
Además, si bien los rusos han incrementado los bombardeos y los ucranianos tienen menos opciones para interceptarlos, Ucrania ha llevado el dolor a las refinerías y hogares rusos. Es una situación arriesgada para Putin, que se ha esforzado todo este tiempo en mantener su guerra en territorio ucraniano. La economía también paga un precio.
En otras palabras: Putin tiene que desatascar la situación, lo cual eleva su tolerancia del riesgo.
Por otra parte, está el factor EEUU: la Administración Trump dejó de ayudar a Ucrania, con armas y dinero, nada más llegar al poder. Aún encima Washington ha señalado, con palabras y con hechos (retirada de activos militares, salida parcial de las cadenas de mando de la OTAN, etc), que Europa, considerada por el trumpismo un continente de gorrones y cobardicas, ya no le interesa. Ya no es una prioridad (explícitamente, es su "cuarta prioridad": después de las Américas, el Pacífico y Oriente Medio).
Y EEUU está empantanado en Oriente Medio. Su guerra con Irán ha hecho que gastara buena parte de sus arsenales (2/3 de los Patriots, la mitad de los ATACMs, etc) en unas pocas semanas, lo cual, claro, limitaría su capacidad de armar a los europeos.
En resumen, ¿acaso no son unas circunstancias potencialmente tentadoras para que Putin ponga a prueba el artículo 5 de defensa mutua de la OTAN?
Puede lanzar un atacar limitado: no tan grande como para provocar una escalada, pero sí lo suficiente como para demostrar al mundo que la OTAN es un tigre de papel.
Por último: habida cuenta del ascenso de la ultraderecha en Alemania y Francia, y del hecho de que la ultraderecha no quiere seguir ayudando a Kyiv, Putin puede interpretar que los electorados europeos están cansados de asistir a los ucranianos y que solo necesitan un empujoncito en la forma de miedo.
3. Parece que los gobiernos europeos están aplicando la misma estrategia de la Administración Biden en 2022: están comunicando y filtrando sus informaciones de inteligencia para poner a todo el mundo en guardia y restar a Rusia la capacidad, en caso de que llegue el momento, de dominar la narrativa.
Quienes argumentan que la OTAN prepara una “operación de falsa bandera” para lanzar una guerra contra Rusia (porque aparentemente eso es lo que necesita cualquier gobierno europeo: entrar en guerra directa con una potencia nuclear) son los mismos que se reían a mandíbula batiente, en 2021/22, de la idea absurda de que Moscú invadiría Ucrania.
4. En realidad, no hay que imaginar nada. En los últimos 4 años, particularmente en los últimos meses, ha habido docenas de incidentes en territorio europeo atribuidos a Rusia: voladuras de depósitos de armas, sabotajes de trenes, drones y cazas violando el espacio aéreo de la UE, etc.
La pregunta es si Moscú, metido en un callejón bélico de su propia factura, subirá la temperatura para salir de ese callejón.
Creo que está justificado recuperar este hilo que escribí en febrero de 2024.
Hablaba del probable retorno de Trump al poder, la intensificación de los sabotajes rusos en suelo europeo y el Corredor de Suwalki, junto al que Rusia y Bielorrusia, ahora mismo, están de maniobras.
This is a rare photo of Donald Trump from 1934, helping Albert Einstein finish the theory of relativity. According to Trump, Einstein had been stuck for weeks.
“Very smart guy. Terrible with numbers. I looked at the board and said, Albert, put a little 2 up there. He loved it."
Ideas que podían servir para entender Trump 1.0, pero que se han quedado obsoletas para Trump 2.0.
1- "Trump tiene instintos autoritarios".
Entre 2017 y 2021, Trump daba abundantes señales del tipo de país que tenía en mente, al atacar a los periodistas, deshumanizar continuamente a sus adversarios y contaminar la realidad con decenas de miles de falsedades. Aun así, estos gestos, en su mayoría, fueron limitados por un sistema (su gabinete, el Partido Republicano) que por entonces estaba más entero y ejercía de contrapeso.
Ahora ya no es el caso. Ahora, el intento de golpe constitucional de 2021, los despliegues paramilitares en las ciudades, la desobediencia continua de órdenes judiciales, las restricciones y demandas multimillonarias a la prensa y las guerras de elección, declaradas sin ningún miramiento por el Congreso o la opinión pública, lo deja claro: Trump no tiene instintos autoritarios. Trump es autoritario.
2- "Todo está en su libro, The Art of the Deal".
Hay personas que todavía creen que los continuos insultos a los aliados, por ejemplo, son una jugada de ajedrez para forzarlos a gastar más en defensa y, así, fortalecer la OTAN. Aquello de “exige 100 cuando, en realidad, solo quiere 70”.
Esto ya no funciona. Los aliados de EEUU (véase el caso de Canadá) están gastando más en defensa, pero también están reduciendo el comercio con EEUU, buscando otros proveedores, abriendo la puerta a China y desarrollando un agresivo sentimiento antiamericano: nada de lo cual beneficia a Washington.
No es una estrategia de negociación, es una neurosis: la neurosis de que el mundo se aprovecha de EEUU y por tanto los aliados se merecen la humillación.
3- “Trump es alérgico a la violencia. Es un hombre de paz”.
Trump 1.0 no inició, como todo el mundo recuerda, una gran guerra. Trump 2.0 tuvo la catastrófica idea de, contra la opinión de prácticamente todo su gabinete, entrar en guerra con un régimen muy curtido, el de Irán. Y está pagando las consecuencias.
Además, Trump ha ordenado ataques contra 10 países (el doble que los atacados por Biden en 4 años) desde que regresó a Washington.
4- “Hay que tomarse a Trump seriamente, pero no literalmente”.
Algunas personas se reservan el derecho de disentir. El dictador Nicolás Maduro, por ejemplo; los iraníes, o los más de 60.000 inmigrantes que están en campos de concentración [es la expresión correcta: lugares en el que se concentra a personas sin acceso a ayuda legal y por tanto sin garantías para sus derechos].
Por eso, cuando Trump insistía en hacerse con Groenlandia, los daneses se prepararon para defender la isla: llevaron explosivos para dinamitar las pistas de aterrizaje y bolsas de plasma para socorrer a los heridos. No podían darse el lujo de no tomarse las palabras de Trump de forma literal, como tampoco los canadienses pueden ignorar las continuas amenazas a su soberanía.
5- "Trump es el síntoma de un fenómeno más profundo"
Por supuesto. Esto sigue siendo cierto. Debajo de la figura de Trump hay complejos fenómenos estructurales, sociales, económicos, demográficos, etc, que han posibilitado su ascenso.
Dicho esto, Trump está de vuelta en el poder y está actuando como si la opinión pública no contase para nada. Como si estuviera solo en la cúspide: desconectado de las prioridades (reducir precios, por ejemplo) por las que fue reelegido.
3/ Como opinión personal, cuando un informe de Policía Judicial habla de planificación previa, dirección estratégica y guiado activo hacia puntos de paso, el país debería estar hablando de Ceuta y de las decenas de miles de entradas en horas, de una frontera inexistente, de servicios desbordados, muertos y agresiones sexuales y de una gestión del Gobierno pésima o inexistente.
Los tertulianos de guardia, violinistas habituales, intentan desviar la atención porque su finalidad no es la verdad institucional sino la supervivencia narrativa de un Gobierno. Hacen el trabajo sucio, que es intentar que se discuta otra cosa. No les importan las víctimas; les importa que las víctimas no desordenen el cuento.
Son voceros. Si hay que sembrar la duda sobre la Policía Judicial, se siembra. Si hay que presentar a un Ministro como "víctima" de una ocultación cuando la juez ordena expresamente no compartir el informe, se presenta. Si hay que convertir a Ceuta, una ciudad desbordada y una situación terrible, en una "etiqueta administrativa", pues se convierte.
Cada vez que desplazan el foco del hecho al formulismo, colaboran en que el hecho quede sin coste.
No lo olvidéis.
'Operación Marruecos 2030': el plan contra Ceuta, Melilla y Canarias. El ex espía Fernando San Agustín me ratifica que tuvo en sus manos el plan hace 50 años. Mi historia de hoy. https://t.co/py5hJewVmu
¿Para qué sirve el arte?
Muchas personas se han hecho esta pregunta en la historia.
Pero, quizás, mi respuesta favorita la tienen estos edificios en Tirana, la capital de Albania.
En los años 90, Tirana era una ciudad gris. Literal y metafóricamente.
Después de 40 años de dictadura comunista, el ambiente de la ciudad era triste. La confianza en la política no existía y eso se reflejaba en el urbanismo.
La ciudad era un caos, con todos los servicios públicos destruidos.
A la ciudad llegó un nuevo alcalde con ganas de cambiar todo, de devolver la ciudad a sus ciudadanos.
Pero se encontró con un problema.
No había dinero.
No había presupuesto para obras públicas.
No había presupuesto para transporte.
No había presupuesto ni para farolas...
Entonces, ¿qué podemos hacer?, preguntó este alcalde.
Nada —respondieron sus asesores—, solo tenemos dinero para pintura.
Y aquello encendió una idea en su cabeza.
Porque aquel alcalde no era normal.
Aquel alcalde era Edi Rama, artista plástico antes que político.
Pintor y escultor, le habían traído a la política como ministro de Cultura y, después, había conseguido la alcaldía de la capital.
Así que... ¿tenemos dinero para pintura?—pensó el alcalde—pues pintaremos.
Lo primero que hizo fue seleccionar un edificio y planear su repintando... pero no de una forma cualquiera.
Eligió un color muy llamativo, eligió algo muy alejado del gris con el que el Partido Comunista había llenado las calles de Tirana.
Eligió pintarlo de naranja chillón.
Mientras los empleados del ayuntamiento pintaban la fachada, los vecinos salían a mirar y comentaban ¿Estos es una broma.
Es más, un funcionario de la Unión Europea intentó detener esta acción por ir contra la política urbanística europea.
Ante la resistencia inicial, el ayuntamiento decidió hacer una encuesta entre los vecinos...
Y los resultados fueron sorprendentes:
El 55% de los encuestados consideraban que el color elegido era feo o poco agradable.
Pero aquí viene lo interesante...
Para el 85% de la gente, el ayuntamiento debía seguir con el proyecto. Había que pintar las fachadas.
Porque lo importante no era el color, ni el gusto.
Lo importante era que, por fin, algo era diferente. El gris había desaparecido de la calle y había que seguir.
Así que el ayuntamiento se lo tomó en serio y decidió pintar todo el gris.
La capital se llenó de color.
Así, Tirana se convirtió en la ciudad de las fachadas de colores.
Pero lo que nadie esperaba fueron las consecuencias.
Los vecinos de esas casas, las que se pintaban, no las que aún continuaban grises, comenzaron a hacer algo que hasta entonces no hacían... Pagar impuestos.
El habitual 5% de población que pagaba en aquellos impuestos pasaba a rangos del 90% en esos edificios.
Y esto se debía solo a una razón: confiaban en que su dinero servía para algo.
Para convertir la ciudad en una obra de arte.
Pero lo más inesperado de todo fue lo siguiente: En las manzanas con edificios llenos de colores, bajó el número de delitos.
La razón era simple y la dijo el propio alcalde: nadie está dispuesto a robar delante de una obra de arte.
Así que, contestando a la pregunta del principio: ¿Para qué sirve el arte?
Pues para vivir mejor.
Nadie sabe cómo, ni por qué... pero estar rodeado de arte nos hace mejor sociedad, más civilizados, nos hace... ser más humanos.
Y en estos tiempos que todo parece más gris y más oscuro, creo que vivimos la peor crisis de todas: la de la falta de optimismo.
Ahora que nadie piensa que el futuro vaya a ser mejor, de vez en cuando me encuentro con un edificio pintado de colores o con una publicación en redes sociales que me hace la vida mejor.
Y entonces, por un momento pienso en que quizás sí, que esa mínima parte de mí ha resonado y puede que algún día, nuestras calles se vuelvan a pintar de color y cada fachada sea una fiesta.
Si una vez Tirana lo consiguió, ¿por qué no nosotros?
Gracias por leer hasta el final esta historia y, si te ha gustado, me haces un favor si retuiteas, comentas o le das un like.
El otro día, alguien me preguntó cómo elegía el enfoque a la hora de informar desde EEUU sobre la presidencia de Donald Trump.
El enfoque (se pueden adoptar multitud de enfoques diferentes, o incluso opuestos, sin faltar a la veracidad ni descuidar el contexto) depende de las circunstancias. Creo que es mejor explicarlo directamente con ejemplos.
Cuando Donald Trump fue elegido presidente, por primera vez, en 2016, lo hizo a contracorriente de la mayor parte de la opinión publicada. No me refiero a que las encuestas lo situaran por detrás en la noche electoral y, al final, cosas que pasan, ganara. Me refiero a que, cuando anunció campaña en junio de 2015, su candidatura fue tachada como una curiosidad de la sección de Gente.
Según la gran mayoría de los análisis (lo sé: no todos), sus posibilidades de llegar a la Casa Blanca eran equiparables a las de un gato atropellado.
A medida que Trump se consolidaba en los sondeos y destruía a sus rivales (Bush, Cruz, Rubio; los arruinó y les cortó la cabellera), los profesores, analistas, periodistas, columnistas, expolíticos, etc, encontraban una nueva excusa para explicar por qué Trump se mantenía al frente y por qué sería algo temporal.
Pero ganó, y la lección de aquella campaña era que había una grave desconexión entre los medios de comunicación tradicionales, afincados en lugares como Nueva York o Washington, y grandes porciones de la población estadounidense.
Dado que los corresponsales extranjeros vivimos en estas mismas ciudades y entrevistamos, muchas veces, a estos mismos profesores, analistas, etc, esta desconexión se extendía a nuestros respectivos países. La imagen que se tenía de EEUU en el resto del mundo estaba condicionada por esa visión progresista, liberal, beneficiaria de la globalización, que imperaba en las grandes ciudades costeras.
¿Qué enfoque tenía que adoptar un corresponsal en estas circunstancias?
Para mí, estaba claro: había que dedicar más tiempo y esfuerzo a esos otros EEUU que, habiendo perdido peso económico, demográfico y por tanto político, casi habían desaparecido del radar (y habían acumulado mucho rencor).
Con esta perspectiva en mente, traté de explorar la visión del trumpismo, o adyacente al trumpismo, y las razones por las que su agenda polémica y muchas veces antidemocrática (como la promesa de prohibir la entrada al país a quienes profesaran una fe concreta) había tenido tanto tirón.
Esto no significaba reproducir acríticamente las palabras del presidente, ni tampoco ignorar las evidentes señales de megalomanía, pero sí estudiar lo que había debajo de los tuits y de las soflamas, y observar a EEUU desde el lado conservador-populista.
En la medida de mis posibilidades, visité condados rurales y regiones particularmente afectadas por la desindustrialización, fui a las carreras del Náscar (el deporte más trumpista) en Arizona y busqué testimonios que iluminaran esta parte del país; también creé el blog Sala 2, en El Confidencial, donde analizaba la actualidad norteamericana solo desde el prisma conservador.
Había que llenar ese hueco y solucionar la cuestión de la desconexión.
Durante el primer mandato de Trump esto era posible porque, a diferencia de ahora, el presidente no tenía experiencia política y carecía de una cantera de trumpistas leales, lo cual le obligó a recurrir al establishment republicano para gobernar. De este modo, sus impulsos más destructivos fueron frenados o canalizados por un gabinete de personas experimentadas y relativamente independientes.
Así que en Washington había una especie de gestión desdoblada: por un lado, las ocurrencias, muchas de ellas falsas y/o ilegales, del presidente, y, por otro, el manejo diario de los asuntos por una administración tradicionalmente conservadora.
Este desdoblamiento permitía analizar los desmanes y también la coherencia interna de una gestión que, al final, no rompió muchos platos.
Hoy en día la situación es muy, muy distinta.
Donald Trump está gobernando con un grado de pureza muy alto: con la experiencia del primer mandato, con 4 años de interregno que le han servido para planificar y, sobre todo, rodeado de gente que le dice que sí a (casi) todo.
Ya no tenemos una gestión razonablemente de derechas, cubierta por una capa de escándalos, fanatismo y oropeles, sino que los escándalos, el fanatismo y los oropeles han tomado, también, las riendas de la gestión.
La coherencia de esta administración, el hilo de plata que recorre sus acciones, es la subversión de la democracia estadounidense por parte de una serie de facciones (nativistas, fundamentalistas, oligárquicas) que se sirven de Donald Trump para llevar a cabo sus agendas, mientras este se sirve de estas facciones para consolidar su poder, doblegar países, levantar monumentos dorados a su mayor gloria, pulverizar las leyes nacionales e internacionales y llenarse los bolsillos.
Dado que, al tratarse de EEUU, que tradicionalmente ha sido la gran democracia de referencia, esta realidad puede resultar contraintuitiva, creo que la prioridad del corresponsal debe ser explicarla: romper el marco de referencia clásico por el que mirábamos a este país, ya que ha quedado obsoleto, y aportar uno nuevo.
Más allá de que también tratemos otros temas y otras perspectivas, creo que este debe de ser el enfoque prioritario, sobre todo porque lo que está sucediendo en este mandato puede tener graves consecuencias para EEUU y para el resto del mundo.
La única manera de pretender que las acciones de este gobierno tienen como objetivo mejorar el día a día de la gente, es practicando peligrosas contorsiones mentales y usando una brocha tan finita que uno se disolvería en el éter.
Hay quienes proceden así, y reciben el aplauso y el reconocimiento de quienes confunden simetría con ecuanimidad y eufemismo con profesionalidad.
Pese a todo, muchas personas siguen bajo el embrujo de Trump 1.0: aún piensan que se trata de un “presidente de la paz”, que “ve EEUU como un empresario, con espíritu práctico” y que sus soflamas escandalosas están destinadas a “hacer llorar a los progres” y por tanto no hay que tomárselas “de forma literal”.
Que cada cual negocie como pueda con su conciencia.
Hace solo algunos meses los camisas pardas que trabajan para sostener al Gobierno organizaron en 'X' una cacería contra un individuo llamado Jon González.
El objetivo era que dejara de difundir a través de su cuenta en redes sociales datos objetivos y conocimientos que estaban contribuyendo a destrozar sus escuálidas "teorías económicas" oficiales.
Esas teorías que están ampliamente desacreditadas por la historia, pero que algunos defienden a muerte, no se sabe muy bien por qué, como quien defiende suministrar heroína a los niños para que duerman bien.
Jon acostumbraba a hablar de temas tan actuales como:
- El sistema de pensiones y su insostenibilidad artimetica
- El problema de la vivienda
- Las rentas bajas y medias bajas superiores al SMI son las que más han sufrido la no deflactación del IRPF
- El IRPF real pagado en 2026 es hasta cuatro veces superior al de 2019 para los salarios más bajos.
- El salario medio y mediano es en términos reales en la actualidad inferior al de 2018.
- La baja productividad es un grave problema para España.
- En resumen, que los españoles somos ahora más pobres y que es necesario implementar otras políticas o iremos aún a peor.
Lo malo (para el gobierno) es que sus explicaciones venían siempre acompañadas de datos objetivos, —sacados de las propias webs oficiales de los distintos organismos gubernamentales— para que el público en general tuviera una base sólida de información y pudiese contrastar por sí mismo lo que dicen los datos y lo que dice el gobierno.
Al hacer esto siempre desde una corrección y respeto exquisitos, empezó a ser incómodo para un Gobierno, el de Pedro Sánchez, al que solo le queda aferrarse a su teoría del cohete imaginario.
Jon González no solo era (es) un buen exponente de la sociedad civil preparada, sino que resultaba ser un divulgador notable. Y eso es lo que más teme un poder que ha hecho de las medias verdades o la mentira su forma de subsistir: que alguien contribuya a que los ciudadanos puedan pensar por sí mismos, abriendo la ventana a la duda y escepticismo de todo lo que nos echa encima el Gobierno.
El siguiente paso fue contratar extras para que divulguen el pensamiento enlatado de Moncloa, que suele ser un auténtico repertorio de consignas que se repiten una y otra vez. (Goebbles 101)
Pero como los extras contratados por el Gobierno eran incapaces de rebatir los argumentos de Jon, acabaron por montar una campaña para cancelarlo.
Ganó el Gobierno.
Y perdimos todos.
https://t.co/iC5AhYKgZm
Shejovtsov, uno de los grandes expertos en desinformación rusa, dice que nada de lo que haga el Kremlin en materia de propaganda se puede comparar, en impacto, con los bulos que disemina Elon Musk.
La tecnoligarquía, que controla las redes y sus algoritmos, está en otro nivel:
@sandro_pozzi Lo que da mucho que pensar es la postura tan servil del gobierno con Marruecos, primero con el Sáhara y ahora con Ceuta, sin culparlo directamente de lo que ha pasado.