Cada día estoy más convencida de que uno de los mayores problemas de nuestra generación no va a ser el dinero.
Va a ser la soledad.
Cada vez veo a más gente de mi generación incapaz de mantener una relación, incapaz de comprometerse con nada y convencida de que siempre habrá algo mejor esperándoles.
Ya nada parece suficiente. Ni la pareja. Ni formar una familia. Ni tener hijos. Ni construir algo a largo plazo.
Todo tiene que ser perfecto.
Y en cuanto aparece el primer problema, la primera discusión o la primera incomodidad, se cambia de pareja.
Vivimos en la generación con más formas de conectar que nunca y, al mismo tiempo, en la generación que más sola se siente.
Porque nos han vendido que la libertad consiste en no depender de nadie. Que comprometerse es una carga. Que tener hijos es un problema. Que construir una familia te quita vida.
Y mientras tanto cada vez hay más gente que llega a los 45 años con cientos de contactos y absolutamente nadie a quien llamar cuando tiene un problema serio.
Lo peor es que muchos no se dan cuenta ahora.
Se darán cuenta dentro de 20 o 30 años.
Cuando los padres ya no estén. Cuando los amigos empiecen a hacer su vida. Cuando las fiestas ya no llenen. Cuando los viajes ya no tapen el vacío. Y cuando descubran que las relaciones humanas necesitan años para construirse.
A veces tengo la sensación de que estamos sacrificando compañía futura por comodidad presente.
Y quizá el gran problema no sea que vayamos a tener menos dinero que nuestros padres.
Quizá el problema sea que vamos a llegar mucho más solos.
Una leyenda japonesa dice que a veces lo que parece mala suerte es protección. Si pierdes el autobús, quizá evitaste un accidente. Si alguien se va, quizá está dejando espacio para quien sí debe llegar. No todo lo que se pierde es una pérdida
Increíble que ahora todo hace daño, que el aceite, que la leche, que bañarse todos los días, que dormir del lado derecho, todo es malo excepto trabajar 8 horas al día, 5 días a la semana. Eso sigue siendo buenísimo.