El miedo.
Ese cabrón silencioso que aparece justo cuando empiezas a sentirte bien.
Cuando por fin te sale una sonrisa sin esfuerzo
y parece que todo encaja un poco.
Te susurra que no te lo creas,
que seguro algo se rompe,
que la felicidad tiene fecha de caducidad
y tú siempre llegas tarde a recogerla.
Y así vamos,
con el corazón medio lleno y medio en guardia, con las manos temblando por si nos lo quitan, mirando al futuro como quien espera un golpe en lugar de un abrazo.
Pero al final, lo único que jode más que tener miedo es darte cuenta de todo lo que te perdiste por culpa de él. Así que sí, quizás todavía tiemblo, pero camino. Porque peor que caer es no subirse nunca a la vida por si vuelve a doler.
Y si vuelve a doler, pues volveré a curarme.
Pero esta vez, por lo menos,
habré vivido.