Hoy, en el McDonald’s de Santa Amelia, fui testigo de una escena que refleja con claridad la forma en que algunos políticos se conducen con total descaro y soberbia. Mientras estaba en el lugar, me encontré con los diputados Samuel Pérez, Andrea Villagrán y un asesor chileno.
Lo más indignante fue escucharlos hablar —sin ninguna discreción y a plena voz— sobre cómo planean repartirse dinero de un supuesto negocio relacionado con el Hospital Militar para financiar sus campañas. La naturalidad con la que se expresaban demuestra el nivel de confianza y desfachatez con que se mueven, como si el país entero les perteneciera.
Hablaban de presupuesto 2026 y de cómo destinarlo a fines políticos, olvidando que esos fondos provienen del sacrificio de millones de guatemaltecos. Es inaceptable que los recursos públicos —que deberían servir para salud, educación y seguridad— sean utilizados como botín electoral.
Lo más doloroso es ver cómo se repite la misma historia: políticos que llegan en un carro modesto y en cuestión de meses cambian a vehículos de lujo, como es el caso de la diputada Villagrán, que pasó de manejar un Fiat 500 a una Range Rover del año. ¿De dónde sale ese dinero? La respuesta la encontramos en estas conversaciones que tienen la osadía de sostener en público.
Los guatemaltecos dignos no podemos quedarnos callados. Cada acto de corrupción es un golpe a la democracia, a la confianza ciudadana y al futuro de nuestros hijos. Denuncio públicamente esta actitud de indignidad y abuso, porque el silencio solo protege a los corruptos.
Es hora de exigir cuentas y de recordarles a estos políticos que el pueblo no es ciego, ni sordo, ni mudo. Basta de negocios oscuros, basta de enriquecerse a costa de la gente. Guatemala merece líderes íntegros, no mercaderes de la política.