Lo peor que puedes hacer conmigo es ocultarme la verdad; lo segundo, creer que no voy a descubrirla. Puedo aceptar verdades incómodas, pero no tolero que intenten engañarme.
Nuestra generación está tan convencida de que siempre habrá algo mejor, que terminó olvidando cómo cuidar lo que ya tiene. Se nos olvida que los vínculos no se encuentran, se construyen y se cuidan.
No hay atajos. Madrugar es difícil, cuidar el cuerpo es difícil, estudiar es difícil, trabajar es difícil, crecer espiritualmente también. Pero es justo que mucho cueste lo que mucho vale.
Lloré sola, dormí sola, me desahogué sola, me calmé los ataques de ansiedad sola, me sentí sola, me aconsejé sola, comí sola, paso tiempo sola. Nadie vivió mi vida, ni lloró mis lágrimas, entonces nadie tiene derecho a juzgar mi forma de ser.
Por primera vez en la vida, ya no quiero ser yo quien entiende a los demás; quiero que me entiendan a mí, ya no quiero ser la que siempre salva el vínculo; quiero sentir que no quieren perderme, que realmente desean tenerme en sus vidas.