“No sabe cómo ser un perro.” Adoptamos a Simon como un “proyecto”.
Había sido un perro de carnada. Usado para entrenar peleas. Le limaron los dientes. Ya no tenía orejas.
El primer mes no caminaba. Se arrastraba. Si levantabas la mano para rascarte la nariz, se aplastaba contra el suelo y se hacía pipí del miedo.
Le compramos juguetes. Se escondía de ellos. Le dimos una cama. Dormía en el piso duro, al lado. Pensamos que el daño era demasiado profundo. Que podíamos darle seguridad, pero no alegría.
Entonces llegaron las tormentas.
Mi hija de cinco años le tiene pánico a los truenos. Cuando empezó, se puso a llorar en su habitación. Corrí hacia ella, pero Simon llegó primero.
El perro que tenía miedo de su propia sombra. El que se asustaba con una hoja cayendo. Saltó a la cama. Enroscó su cuerpo marcado y roto alrededor de mi niña.
Soltó un suspiro largo y tranquilo, y apoyó su cabeza pesada sobre su pecho. Ya no estaba temblando. Porque ella sí. Él sabía lo que era el miedo. Y decidió que no lo iba a sentir sola.
Simon no sabía jugar a buscar la pelota. No sabía caminar con correa.
Pero sabía perfectamente cómo ser un perro.
Solo necesitaba a alguien por quien valiera la pena ser valiente. 🐾💛
Porfirio Díaz hizo su viaje de luna de miel a Nueva York en 1882 y Thomas Alva Edison en persona lo llevó a conocer su taller. Díaz era un fanático de la tecnología, y cuando vio la bombilla eléctrica encenderse en el laboratorio de Edison quedó obsesionado con una idea fija: convertir a la Ciudad de México en la ciudad mejor iluminada del mundo. Esa obsesión tardó casi treinta años en materializarse y el resultado fue una de las historias de ingeniería más ambiciosas del siglo XIX en América Latina. El punto de partida fue discreto: en 1879, una fábrica textil en León, Guanajuato instaló la primera planta termoeléctrica de México para uso propio. El 15 de septiembre de 1880, el día del cumpleaños número cincuenta de Porfirio Díaz, se encendieron las tres primeras lámparas incandescentes en el Zócalo de la Ciudad de México. Un gesto político disfrazado de progreso tecnológico. Para 1885 la capital ya tenía 100 kilómetros de tuberías de gas, dos mil faroles de gas, cincuenta focos eléctricos dispersos por el centro, y quinientos faroles de aceite para los barrios periféricos que la modernidad todavía no alcanzaba. Fue el ayuntamiento el que contrató en 1896 a la empresa alemana Siemens y Halske para hacerse cargo del alumbrado público, y los alemanes organizaron la Compañía Mexicana de Electricidad. Pero el gran salto llegó en 1898 cuando los canadienses de The Mexican Light and Power Company pusieron los ojos en la Sierra Norte de Puebla, donde las caídas del río Necaxa tenían un desnivel de casi mil setecientos metros. En 1903, Díaz les otorgó la concesión de esas aguas a cambio de un compromiso: electrificar el centro del país. Cincuenta ingenieros y dos mil trescientos trabajadores empezaron a perforar montañas, tender túneles, construir presas con arcilla porque no había concreto suficiente, y transportar veinticinco mil toneladas de maquinaria a una sierra poblana sin caminos. El 10 de diciembre de 1905 llegó por primera vez electricidad de Necaxa a la Ciudad de México. La empresa canadiense redujo el precio del kilovatio a la mitad de lo que cobraban los competidores y en pocos años controló el 80% de la energía eléctrica del país. Para 1910, cuando Díaz celebró el Centenario de la Independencia, la planta de Necaxa producía 100 mil caballos de fuerza, comparable en potencia solo con las cataratas del Niágara. Esa noche de septiembre de 1910, la Catedral Metropolitana fue iluminada con diez lámparas de arco y dieciséis mil bombillas incandescentes. Las torres mostraban encendida la palabra "Paz." Las calles del centro estallaron con un millón de bombillas. La prensa internacional declaró a la Ciudad de México la ciudad mejor iluminada del mundo. Cinco meses después, Francisco I. Madero lanzó el Plan de San Luis y Porfirio Díaz huyó a París a morir.
La aparición del fantasma de la versión soviética de HAMLET (1964) es una masterclass de horror gótico que ya quisieran muchas películas de terror. La cámara lenta, los susurros, la capa ondeante y la tormenta es una combinación expresionista perfecta.
It is sometimes difficult to put into words what genius is.
But you do feel it when you experience it.
This is Jacob Collier as he improvises with an orchestra performing with the world's first Audience Symphony Orchestra in San Francisco, a gathering of fans from all over North America, conducted by Suzie Collier. In the middle of the show, this happened - no rehearsal, no sheet music, no prior discussion.
"Haz cosas. Mantente concentrado, curioso. No esperes el empujón de la inspiración ni el beso de la sociedad en la frente. Presta atención. Se trata de prestar atención. La atención es vitalidad. Te conecta con los demás. Te llena de entusiasmo". Susan Sontag
“Sweetie, where are your parents? I still remember that voice. I was six, sitting on the floor by the dryers. My biological mom left me there and never came back. I kept staring at the door, waiting. People walked past me until Kate stopped. She asked me that question, then sat beside me. She stayed with me at the station for hours. No one showed up. Every number they tried failed. I had nothing but the clothes I was wearing. Kate came back the next morning. And the next. She brought snacks, a blanket, and a small notebook for me. She told the workers she’d foster me “until the right thing happens.” The right thing ended up being adoption papers with her name on them. She raised me on her own. Two jobs. Every school event, every tough night, she was there. I became an officer because I wanted to be what she was for me—someone who doesn’t walk past a lost kid. She still calls me her best decision.”
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Ai image is for demonstration purpose only.
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Credit: Troy Williams
Estoy En Medellín, Colombia, hay una esquina en el barrio Manrique donde todos los días aparecen sándwiches.
A las 3am. Exacto.
Envueltos en papel aluminio. En una bolsa plástica. Colgando de un poste.
Nadie sabía quién los dejaba.
Los habitantes de calle del sector los esperaban. Si llegabas a las 3:15am, ya no había nada.
Esto pasó todos los días durante 6 años. De 2016 a 2022.
Sin fallar. Ni un solo día.
Ni cuando llovía. Ni en Navidad. Ni en año nuevo.
3am. Siempre.
En 2022, dejaron de aparecer.
Los habitantes de calle preguntaban: "¿Dónde está el man de los sándwiches?"
Nadie sabía.
Una trabajadora social del sector, Carolina, decidió investigar.
Preguntó a vecinos. A tenderos. A vigilantes.
Hasta que un vigilante nocturno le dijo: "Yo lo vi varias veces. Era un señor mayor. Como de 65 años. Llegaba en moto. Colgaba la bolsa. Se iba. Sin hablar con nadie."
"¿Y por qué dejó de venir?"
"No sé. Hace 4 meses que no lo veo."
Carolina publicó en grupos de Facebook de Medellín: "Busco al hombre que dejaba sándwiches en Manrique a las 3am durante 6 años. Dejó de hacerlo hace 4 meses. ¿Alguien sabe quién es?"
La publicación se compartió 8,000 veces en dos días.
Finalmente, una mujer comentó: "Creo que era mi papá. Pero él murió hace 5 meses."
Carolina la contactó. Se llamaba Lucía.
"Mi papá se llamaba Hernán. Tenía 68 años. Murió de un infarto en marzo."
"¿Por qué hacía los sándwiches?"
Lucía le contó la historia.
En 2015, el hijo menor de Hernán, Sebastián, murió. Tenía 19 años.
Era adicto. Vivía en la calle en el centro de Medellín.
Hernán lo buscó durante 3 años. Todos los días después del trabajo iba al centro. A buscarlo.
Nunca lo encontró.
Un día, la policía llamó. Habían encontrado a Sebastián muerto en una esquina de Manrique.
Desnutrición. Hipotermia. Hacía tres días que había muerto.
Hernán quedó destruido.
"Si hubiera comido algo. Si alguien le hubiera dado comida. Tal vez no habría muerto."
Dos semanas después del funeral, Hernán empezó.
Cada noche preparaba 8 sándwiches. Salía de su casa a las 2:45am. Llegaba a la esquina donde encontraron a Sebastián a las 3am.
Colgaba la bolsa.
Se iba.
"Le pregunté por qué lo hacía," dijo Lucía. "Me dijo: 'Porque tal vez uno de ellos es el hijo de alguien que todavía lo está buscando.'"
Hernán trabajaba en construcción. No tenía mucho dinero.
Pero cada noche, sin falta, hacía esos 8 sándwiches.
Pan. Jamón. Queso. A veces solo pan con mantequilla cuando no le alcanzaba para más.
"Calculé una vez," dijo Lucía. "En 6 años son 2,190 días. 8 sándwiches por día. Son 17,520 sándwiches."
"¿Alguna vez conoció a la gente que los comía?"
"Nunca. No quería. Decía que si los conocía, empezaría a elegir a quién darle y a quién no. Así, eran para quien los necesitara."
Carolina compartió la historia.
Se volvió viral en Medellín. Luego en Colombia.
Habitantes de calle del sector empezaron a comentar:
"Yo comí esos sándwiches durante 4 años. No sabía quién los dejaba. Me salvaron muchas noches."
"Esos sándwiches fueron lo único que comí algunos días. Quien fuera, gracias."
Un hombre comentó: "Yo era habitante de calle en Manrique. Comí esos sándwiches en 2018. Hoy tengo casa y trabajo. Tal vez no estaría aquí sin ellos."
Lucía leyó todos los comentarios.
"Mi papá nunca supo que ayudó a alguien. Murió pensando que tal vez era inútil. Que tal vez nadie los comía."
Carolina organizó algo.
Un mes después de que la historia se hiciera viral, en la esquina de Manrique, a las 3am, se reunieron 43 personas.
Todos habían comido los sándwiches de Hernán en algún momento.
Trajeron flores. Velas. Una foto de Hernán que Lucía les dio.
Hicieron un minuto de silencio a las 3am. La hora exacta.
Lucía estaba ahí. Llorando.
"Mi papá hacía esto por mi hermano. Porque no pudo salvarlo. Pero sin saberlo, ayudó a 43 personas que hoy están aquí."
Uno de los 43, un hombre de 35 años llamado Rodrigo, dijo:
"Yo estuve en la calle 7 años. Esos sándwiches me mantuvieron vivo literalmente. No sé cuántas veces pensé en rendirme. Pero sabía que a las 3am había comida. Eso me daba una razón para llegar a las 3am. Hoy llevo 2 años limpio. Trabajo. Tengo un cuarto. Existo porque ese señor no dejó de hacer sándwiches."
La comunidad decidió continuar el legado.
Crearon un grupo de WhatsApp. "Los Sándwiches de Hernán."
47 personas se turnaron. Cada una hace sándwiches una noche al mes.
Los dejan en la misma esquina. A las 3am.
Han pasado 2 años desde que Hernán murió.
Los sándwiches nunca han dejado de aparecer.
Pero hay algo más.
En la esquina donde Hernán los dejaba, los vecinos pusieron una pequeña placa en el poste:
"Aquí, durante 6 años, un padre dejó 17,520 sándwiches para hijos que no eran suyos. Porque no pudo salvar al suyo. Hernán, tu hijo está orgulloso."
Lucía visita la esquina cada mes.
Siempre a las 3am.
"Para ver si los sándwiches siguen apareciendo. Porque si aparecen, significa que lo que mi papá empezó no murió con él."
Y siempre aparecen.
¿Qué harías todas las noches durante 6 años para honrar a alguien que no pudiste salvar?
Te dicen que tienes que “sanar” antes de tener una relación. Que nadie tiene por qué cargar con tus heridas. Como si los vínculos fuesen un premio para gente perfecta y no el lugar donde, precisamente, reparamos nuestras partes rotas. Sanamos en conexión, no en cuarentena.