𝐇𝐚𝐬𝐭𝐚 𝐞𝐥 𝐟𝐢𝐧𝐚𝐥
Apuntes de una ciudadana del mundo sobre María Corina Machado, escritos sin encargo, sin redacción que los reclame y sin más permiso que el de la propia conciencia.
Por Elizabeth Sánchez Vegas
Quiero aclararlo antes que cualquier otra cosa, no por humildad fingida sino porque me parece que importa: no escribo para un periódico, no me paga una revista, no hay un canal detrás de estas líneas ni un editor esperándolas con la impaciencia del cierre. Toda mi tribuna son dos o tres cuentas en redes sociales con apenas unos cuantos seguidores, gente que me lee por cariño o por costumbre y que nunca me pidió que escribiera sobre esto. Tampoco me ampara esa coartada tan cómoda de las credenciales, esa que permite decir lo que uno piensa poniéndole encima el escudo de una institución para que el golpe no llegue directo al cuerpo. Escribo desde el único lugar desde el que cualquiera puede escribir cuando ya no soporta el silencio, que es el lugar sin techo, sin gremio y sin salario, ese punto de la intemperie donde una persona se queda a solas con una historia que la desvela y decide que va a contarla aunque nadie se la haya pedido. Si estas palabras vuelan y alguien las lee del otro lado del mundo, magnífico, que vuelen. Y si se quedan aquí, apagándose despacio como se apagan casi todas las cosas que escribimos de madrugada, también está bien, porque entonces habrán servido al menos para dejar constancia de que una mujer cualquiera, en un momento cualquiera de este siglo apresurado, se detuvo a mirar de frente lo que otra mujer estaba haciendo con su vida y no pudo quedarse callada.
Hay una idea instalada, casi un axioma de nuestra época, según la cual la política es un oficio de dentaduras impecables y promesas negociables, un teatro donde los papeles se reparten por conveniencia y se abandonan por lo mismo. Y después está esta señora venezolana, ingeniera industrial de formación, mujer de números y de proyectos financieros, que en 1992, cuando podía haber dedicado su cabeza privilegiada a multiplicar patrimonios ajenos y propios, abrió una casa para los niños que dormían en las aceras de Caracas. Pienso mucho en ese detalle, más de lo que quisiera. Pienso en la clase de persona que va caminando por su ciudad, ve un bulto pequeño durmiendo sobre un cartón en la entrada de un edificio y, en lugar de apurar el paso como hacemos todos, se detiene y decide que eso es inaceptable y que le corresponde a ella hacer algo. No lo escribo como dato de currículum: lo escribo porque ahí está la llave de todo lo demás, el primer indicio de una vocación que no consiste en tomar el poder sino en recoger con las manos lo que el poder deja tirado en la calle. Diez años después, cuando fundó Súmate para que la gente aprendiera a contar sus propios votos y a defenderlos mesa por mesa, estaba haciendo exactamente lo mismo a otra escala: recoger del suelo algo que también habían arrojado ahí, en este caso la idea escandalosamente simple de que un pueblo tiene derecho a saber cuántos son los suyos y hacia dónde quieren ir.
Por enseñar a contar votos la acusaron de traición a la patria. Hay que detenerse en esa frase, masticarla despacio hasta que duela, porque en ella está condensada toda la lógica de los regímenes que confunden el país con su propia biografía: se acusa de traicionar a la nación a quien pide que la nación hable. Después vinieron las otras humillaciones, administradas con esa paciencia burocrática que es la forma más cobarde de la crueldad, porque no deja moretones visibles y desgasta durante décadas sin que nadie tenga que ensuciarse las manos. La prohibición de salir del país sin condena que la sustentara. La inhabilitación por quince años firmada en una oficina, con sello y membrete, sobre un papel que ningún tribunal decente del mundo defendería en público sin sonrojarse. El escaño de diputada arrancado de un plumazo en 2014, después de que ella hubiera llegado a ese hemiciclo con la votación más alta que había recibido nadie en la historia del Parlamento venezolano, un detalle que sus enemigos prefieren no recordar y que explica por qué le tuvieron siempre tanto miedo. Y antes de todo eso, aquella escena que los venezolanos guardan en la memoria como se guarda un fósforo encendido en el hueco de la mano para que el viento no lo apague: una mujer de pie interrumpiendo el discurso interminable del hombre más poderoso del continente para decirle a la cara que expropiar es robar, y el hombre poderoso respondiéndole con aquella arrogancia que ya olía a mausoleo, que el águila no caza moscas, sin sospechar que acababa de regalarle a su adversaria la imagen fundacional de todo lo que vendría después.
Lo que más me conmueve de ella, sin embargo, no es ninguno de esos episodios de coraje espectacular, porque el coraje espectacular dura un minuto y sale bien en las fotografías. Lo que me desarma es la otra cosa, la que no fotografía nadie: la década entera recorriendo pueblos que no aparecen en los mapas, carreteras rotas, aldeas donde ya no quedaban ni luz, ni médicos, ni muchachos, porque todos se habían ido; plazas con veinte personas escuchándola bajo un sol que parte las piedras, y ella hablándoles con la misma intensidad con que hablaría ante un estadio, porque para ella esos veinte eran el país entero. Esa constancia sin público es la parte más dura de todas, ese trabajo de hormiga de sumar voluntades de una en una, de dos en dos, de diez en diez, sabiendo que la cosecha, si algún día llega, llegará tarde y quizá no llegue para quien la sembró. Por eso, cuando en octubre de 2023 más de dos millones de venezolanos desafiaron el miedo y le dieron más del noventa por ciento de los votos en una primaria que el régimen había declarado imposible, ese resultado no fue un milagro ni un fenómeno mediático: fue la factura de diez años de kilómetros, de gasolina negada, de hoteles que le cerraban la puerta, de dirigentes locales presos, de caravanas detenidas en alcabalas por hombres armados que tenían órdenes precisas de humillarla. La inhabilitaron enseguida, por supuesto, porque el sistema no supo hacer otra cosa, y ella respondió con seis palabras que deberían enseñarse en todas las escuelas de derecho constitucional del planeta: 𝐪𝐮𝐢𝐞𝐧 𝐡𝐚𝐛𝐢𝐥𝐢𝐭𝐚 𝐞𝐬 𝐞𝐥 𝐩𝐮𝐞𝐛𝐥𝐨 𝐝𝐞 𝐕𝐞𝐧𝐞𝐳𝐮𝐞𝐥𝐚.
Después llegó 2024 y ocurrió aquello que todavía no sabemos nombrar del todo. Una mujer a la que le habían prohibido ser candidata cruzó el país de punta a punta con la camisa blanca y los jeans de siempre, encaramada en camionetas, levantada en hombros por gente que lloraba al verla sin entender bien por qué lloraba, haciendo campaña por otro hombre, Edmundo González Urrutia, en el gesto de desprendimiento político más limpio que ha dado América Latina en mucho tiempo. Y entonces sucedió lo verdaderamente extraordinario, que no fue ella sino lo que ella encendió: cientos de miles de venezolanos comunes, señoras de barrio, muchachos de liceo, jubilados con las rodillas destrozadas, se formaron durante meses para vigilar mesas electorales, aguantaron horas de pie sin comer, fotografiaron actas con teléfonos viejos, las escondieron en la ropa interior y en los zapatos y las sacaron a la luz del mundo mientras afuera los esperaban las camionetas sin placas. Un país entero convertido en notaría de sí mismo. Eso no lo organiza el carisma; eso lo organiza la confianza, que es la sustancia más difícil de fabricar que existe y la única que no se puede confiscar.
Y hay una cosa que no he podido quitarme de la cabeza desde que la vi: en esas plazas la gente no le pedía comida, que era lo que faltaba, ni medicinas, que era de lo que se estaban muriendo. Le pedían, con el teléfono en la mano y la pantalla encendida en la cara de un hijo que se fue hace seis años, que se los devolviera. No conozco otra campaña en el mundo donde la promesa central no fuera un empleo ni un subsidio, sino algo tan antiguo y tan pequeño como volver a sentar a una familia completa alrededor de la misma mesa; y no conozco a nadie más que haya entendido que ese, y no la presidencia, era el único cargo por el que valía la pena jugarse la vida.
Lo que siguió fue un año y medio de sótanos, de casas prestadas, de mudanzas nocturnas, de mensajes grabados en penumbra para sostenerle el ánimo a un pueblo desde un escondite cuya ubicación no conocía ni su propia familia. Una mujer de cincuenta y tantos años, madre de tres hijos, viviendo como una fugitiva en la tierra donde nació por el delito de haber ganado. En octubre de 2025 el Comité Noruego le dio el Premio Nobel de la Paz por su trabajo incansable en favor de los derechos democráticos del pueblo venezolano, y esa frase, tan sobria, tan escandinava, tan incapaz de contener lo que nombraba, sonó en Venezuela como suena el agua cuando se lleva demasiado tiempo con sed. Y cuando llegó el 10 de diciembre y el mundo miraba hacia el ayuntamiento de Oslo, ella no estaba ahí: estaba cruzando el mar en una lancha, o esperando en alguna pista, o pasando alcabalas con el corazón en la garganta, mientras su hija Ana Corina, de pie ante reyes y ministros, leía en voz alta las palabras que su madre había escrito a escondidas. Llegó de madrugada, casi un día tarde, agotada, y se asomó al balcón de un hotel donde decenas de venezolanos la esperaban en el frío de diciembre, y se puso la mano en el pecho y cantó el himno de un país al que no podía volver, mientras desde la calle le gritaban valiente, libertad, María, ayúdanos a volver. Yo he visto ese video más veces de las que me atrevo a confesar y todavía no consigo llegar al final sin que se me nuble la vista, y ya dejé de avergonzarme de eso.
Sería tentador cerrar aquí, con el balcón y el himno y las banderas en el frío de Oslo, porque ahí la historia queda redonda y consoladora. Pero esta mujer no peleó veinticinco años para terminar convertida en una fotografía admirable. El palacio se vació, y aun así lo que ella prometió no ha llegado, porque su apuesta jamás fue sacar a un hombre de un despacho sino conseguir que un pueblo se contara a sí mismo y que esa cuenta valiera, y eso no lo firma ninguna potencia extranjera en ningún hotel con aire acondicionado y traductores simultáneos. Eso lo hacen los venezolanos, con ella adentro. Por eso va a volver.
Y la están esperando de una forma que no cabe en ninguna encuesta. Hay gente que todavía guarda las copias de aquellas actas del 28 de julio en una carpeta plástica, dentro del escaparate, entre las partidas de nacimiento y los recibos viejos, no por nostalgia ni por archivo sentimental, sino porque nadie les ha dicho aún que ya pueden botarlas y porque intuyen que ese papel arrugado es el único título de propiedad que tienen sobre su propio país. Venezuela lleva demasiado tiempo aprendiendo a esperar, hasta convertir la espera en una disciplina y casi en un oficio, y ese pueblo que se entrenó durante años en la paciencia no piensa gastar el último tramo resignándose ahora que ella está apenas a un avión de distancia.
La espero yo también, sin tribuna, sin medio, sin nada que ofrecerle salvo estas páginas escritas de noche por puro desacato al silencio. La espero porque su historia dejó de pertenecerle hace rato y ahora nos hace falta a todos los que seguimos sospechando que la decencia es un proyecto viable y no una ingenuidad de gente mal informada.
Porque «hasta el final» nunca fue un eslogan salido del laboratorio de un asesor de imagen: fue un contrato firmado a dos manos, en plazas polvorientas de caseríos sin semáforo, entre una mujer que prometió no rendirse y un pueblo que le respondió con lo único que le quedaba, su palabra. Ella ya cumplió la suya, íntegra, sin descuentos, incluidos los dieciséis meses en que le tocó vivir escondida en la tierra donde nació. Falta la mitad nuestra, la de los que miramos, y es mucho más humilde que la suya: consiste apenas en no cansarnos, en no cambiar de tema, en no dejar que la costumbre consiga lo que no consiguieron las amenazas. Ella puso el cuerpo. Nosotros solo tenemos que poner la memoria.
Yo no me voy a cansar. Y el día que ella baje de ese avión sin lancha, sin alcabalas y sin la mano de nadie tapándole la cara, lo que va a retumbar en Venezuela no va a ser un aplauso: va a ser un país entero respondiendo a una promesa que nunca dejó de estar viva.
𝐇𝐚𝐬𝐭𝐚 𝐞𝐥 𝐟𝐢𝐧𝐚𝐥, 𝐌𝐚𝐫í𝐚 𝐂𝐨𝐫𝐢𝐧𝐚. 𝐇𝐚𝐬𝐭𝐚 𝐞𝐥 𝐟𝐢𝐧𝐚𝐥.
A sus 87 años, hace falta el slow motion para verla flotar cuando camina sobre sus tacones de aguja de 7 centímetros. Camina rápido, erguida, sin encorvarse jamás… es pura elegancia en movimiento.
¿”El gerente”? ¿El que hasta la oposición lo quería de presidente porque según cuando fue director del SENIAT aplicó “mano dura” de sembrar el terror en los comerciantes, en vez de sembrar el respeto y la cultura fiscal, la gente lo enalteció y le ofreció hasta la presidencia? 😮💨 Mi alma 😅
A veces encuentro en Internet pequeños Tesoros de espiritualidad, como “La Oración del no sé”. Lo copié para ti. Pensé que verlo en este momento te haría mucho bien. No te lo pierdas. Mira el video hasta el final. Te hará el día. RT
She was 27 years old.
And in her final minutes alive, she tried to comfort everyone else.
On September 11, 2001, a young woman picked up an Airfone on a hijacked plane and spoke eight words her family has carried for the rest of their lives:
“This is going to be so much harder for you than it is for me.”
Her name was Honor Elizabeth Wainio.
Everyone called her Lizz.
Two days earlier, she had been in Paris.
She had just returned from Europe — a long-anticipated trip filled with joy. She attended a friend’s wedding in Florence. She walked the Champs-Élysées. She stepped into a church and lit a candle for her grandmother.
She once told her mother that if she ever got to see Paris, she could die happy.
She was 27. A rising district manager for Discovery Channel Stores. Driven. Organized. Warm. The kind of person who lived quickly because she believed there was so much life ahead.
On the morning of September 11, 2001, Lizz boarded United Airlines Flight 93 in Newark, bound for San Francisco.
There were 40 passengers and crew onboard.
At 9:28 a.m., four hijackers stormed the cockpit.
The plane violently dropped 700 feet. Screams filled the cabin. Passengers were forced to the rear of the aircraft.
But something happened on Flight 93 that changed history.
Through phone calls placed from seat-back Airfones and cell phones, passengers learned the unimaginable truth: planes had already struck the World Trade Center. The Pentagon had been hit.
This was not a hostage situation.
It was a coordinated suicide attack.
The people onboard understood before it was too late.
In the chaos, someone handed Lizz a phone.
“Call someone you love.”
She reached her stepmother, Esther.
Her voice, according to family accounts and later investigations, was steady. Clear. Not hysterical. Not broken.
She was trying to protect the person on the other end.
“It just hurts me most,” she said, “that this is going to be so much harder for you than it is for me.”
Pause there.
A 27-year-old woman, facing death at 30,000 feet, worried more about her family’s grief than her own fear.
They spoke for several minutes — about four, according to reports. They breathed together. There were no dramatic speeches. Just love carried through static.
Then Lizz said something else.
“I’m gonna be with Grandma.”
Her grandmother had lived near rural Pennsylvania — not far from where the plane would ultimately crash. Lizz could not have known that.
But in that moment, she found comfort in reunion.
At 9:57 a.m., passengers made a collective decision.
They were going to fight back.
Flight attendant Sandra Bradshaw told her husband she was boiling water to throw at the hijackers. Passenger Todd Beamer prayed the Lord’s Prayer with an operator and said words that would echo across a stunned nation:
“Let’s roll.”
Lizz’s final words came just before the counterattack began.
“They’re getting ready to break into the cockpit. I have to go. I love you. Good-bye.”
At 10:03 a.m., Flight 93 crashed into a field near Shanksville, Pennsylvania.
Investigators later concluded the hijackers were likely targeting either the U.S. Capitol or the White House. Because the passengers resisted, the aircraft never reached its intended target.
The 40 passengers and crew were later awarded the Congressional Gold Medal in recognition of their courage.
Today, the site is preserved as the Flight 93 National Memorial.
There stands the Tower of Voices — 40 wind chimes, each tuned to a distinct note. When the wind crosses that quiet Pennsylvania field, the chimes do not blend into one sound.
They remain separate.
Individual.
For years, Lizz’s father would call her cellphone just to hear her voicemail greeting. One day, the service was discontinued. The message was gone.
He later said losing her voice a second time felt unbearable.
At the memorial, he listens for a particular chime.
“That’s my daughter,” he says.
Honor Elizabeth Wainio’s story is not only about how she died.
It is about how she chose to live her final minutes.
She had just seen Paris. She had just lit a candle for her grandmother. She had plans. She had momentum. She had a future.
And when the worst moment imaginable arrived, she did not ask for comfort.
She gave it.
In a day remembered for smoke and terror, there were also phone calls filled with grace. There were strangers who became allies. There were ordinary people who refused to surrender quietly.
Thirty thousand feet above the earth, a young woman chose love over panic.
And because of people like her — frightened, human, brave — history shifted.
We remember her.
We remember all forty.
🚨IMPARABLE🚨
"En este pais VIOLAMOS la LAICIDAD con la IDEOLOGÍA de GENERO en la EDUCACIÓN, cuando le decimos a nuestros HIJOS que no nacieron NI HOMBRE NI MUJER"
La Dra Lorena Quintana firme en sus convicciones y basándose en sus estudios afirma:
"SOLO hay DOS SEXOS y que hay muchos GENEROS es un INVENT0"
#LaEntrevista
A sus 80 años, iba en silla de ruedas y casi no caminaba. Su nieto lo llevó a Europa a escondidas de la familia, cumpliendo el sueño que él creía imposible.
Y, según el relato del nieto, el viaje lo transformó. Dejó la silla de ruedas, pasó de no hacer un kilómetro a terminar trotando, bajó 10 kilos y hasta se dio un chapuzón en el Mediterráneo.
LA PACIENCIA
Señor Jesús, Tú conoces mis prisas, mis inquietudes y esos momentos en los que quisiera que todo sucediera según mis tiempos. Hoy te pido que me concedas el don de la paciencia.
Enséñame a esperar sin desesperarme, a guardar silencio cuando mis palabras puedan herir, a comprender antes de juzgar y a responder con mansedumbre cuando las circunstancias pongan a prueba mi corazón.
Dame paciencia con quienes me rodean, especialmente cuando no piensan, hablan o actúan como yo quisiera. Que sepa mirar sus debilidades con misericordia, recordando cuánta paciencia y misericordia tienes Tú conmigo.
Dame también paciencia conmigo mismo. Cuando tropiece, cuando no vea los frutos que espero o cuando sienta que avanzo demasiado despacio, ayúdame a no desanimarme y a comenzar de nuevo, confiando en tu gracia.
Señor, dame paciencia para aceptar aquello que no puedo cambiar, fortaleza para perseverar en lo que sí puedo mejorar y sabiduría para reconocer que tus tiempos son mejores que los míos.
Que en las pruebas no pierda la paz; que en la espera no pierda la esperanza; que en las dificultades no pierda la fe. Haz mi corazón manso y humilde como el tuyo.
María Santísima, Madre paciente y fiel, enséñame a guardar las cosas de Dios en el corazón y a esperar confiando plenamente en Él.
Señor Jesús, cuando me falte paciencia, recuérdame que Tú nunca te cansas de mí.
Amén.
Hoy cumples años lejos de casa, de tu familia y de tantos afectos que forman parte de tu vida.
Quisiera que estas palabras fueran solamente un mensaje de cumpleaños. Quisiera poder abrazarte, sentarnos juntos alrededor de una mesa y celebrar, como tantas veces, la dicha de tenerte cerca. Pero hoy la distancia pesa de una manera distinta, y siento la necesidad de escribirte desde lo más profundo de mi corazón.
Lo hago desde el lugar más sencillo y verdadero que me corresponde: el de una hija que ama, admira y extraña profundamente a su papá.
Detrás de la figura pública está el hombre que nosotros conocemos y amamos: el esposo, el padre y el abuelo; ese ser humano cercano, generoso y presente cuya ausencia sentimos cada día.
Tu lugar sigue estando entre nosotros: en la mesa, en nuestras conversaciones, en los recuerdos que compartimos y en cada celebración familiar en la que sentimos que falta alguien esencial. La distancia no ha disminuido tu presencia en nuestras vidas; al contrario, nos ha hecho comprender aún más cuánto significas para todos nosotros.
Extrañamos tus conversaciones, tu manera serena de acompañarnos, tus palabras y esos momentos sencillos que, cuando se viven a diario, parecen pequeños, pero que desde lejos se vuelven tesoros inmensos.
En este día quiero celebrar tu vida y recordarte todo lo que eres para nosotros. Quiero que sepas que tu amor, tus enseñanzas y tu huella permanecen en cada uno de nosotros. Ni el paso del tiempo ni la distancia pueden borrar los afectos, la gratitud ni el vínculo que nos une.
Deseo, con toda mi alma, que este sea el último cumpleaños que tengas que pasar lejos de casa. Que Dios te cuide, te dé fortaleza y nos conceda pronto la dicha de volver a abrazarte, de tenerte a nuestro lado y de celebrar tu vida rodeado de tu familia y de todo nuestro amor.
Y al pedir por tu regreso, mi oración abraza también a todas las familias que hoy viven el dolor de la ausencia, la espera y la incertidumbre, y que sueñan con volver a reunirse con sus seres queridos.
Feliz cumpleaños, papá. Te amamos más de lo que las palabras pueden expresar, te extrañamos cada día y seguimos esperando, con esperanza y con todo nuestro corazón, tu regreso.
"Alma de Cristo, santifícame.
Cuerpo de Cristo, sálvame.
Sangre de Cristo, embriágame.
Agua del costado de Cristo, lávame.
Pasión de Cristo, confórtame.
Oh buen Jesús, óyeme.
Dentro de tus llagas, escóndeme.
No permitas que me aparte de ti.
Del maligno enemigo, defiéndeme.
En la hora de mi muerte, llámame.
Y mándame ir a ti,
Para que con tus santos te alabe,
Por los siglos de los siglos".
Amén.
Hay tres lugares dentro de tu casa donde puedes orar cada día con fe.
1. La puerta de entrada: declara la protección de Dios sobre tu hogar y recuerda: “Bendito serás al entrar y al salir” (Deuteronomio 28).
2. El lugar donde guardas tus alimentos: agradece por la provisión y proclama: “El Señor es mi pastor; nada me faltará” (Salmo 23:1).
3. Tu habitación: antes de dormir, entrega tu descanso al Señor y declara: “En paz me acostaré y asimismo dormiré, porque solo tú, Señor, me haces vivir confiado” (Salmo 4:8).
Que el Señor aleje toda inquietud, traiga paz a tu corazón y haga de tu hogar un lugar de amor, descanso y bendición.
Amén. 🙏
y ... seguirán con ese tonito por un buen tiempo ... a los izquierdosos les agrada ensuciar a los demócratas y a quienes defienden la democracia ..!
pero ... la lengua termina siendo el castigo del cuerpo ..!
Dios bendiga a Uruguay y su gente ..!
Sin hechos de corrupción ni ilegalidades a la vista, después de cinco meses de investigadora y veinte en el gobierno y mientras espera el pronunciamiento de la JUTEP sobre el presunto negociado del pícaro de la Hyundai, el oficialismo desnuda la verdadera intención de la "Operación Cardama": una vulgar campaña de escrache contra el ex presidente y la oposición. Chavismo de baja intensidad, perpetrado por
@OrsiYamandu, @pachasanchez, @jdiazalmeida y el Frente Amplio. Una runfla impresentable que se lleva puesta la ley, la defensa de la soberanía nacional y el patrimonio público. Un horror.
Fernando Pereira en el acto del FA no habló de los logros (¿?) de este gobierno.
En cambio, para lograr el aplauso fácil, hablo de Lacalle Pou, de Almagro, de Palestina y de los judios uruguayos.
Fernando, se que si te cuesta trabajo, no le das bola, pero anotate estos datos.
#MartesILUSTrados #MalosPensamientos.
🇻🇪🗳️ @MariaCorinaYA lleva dos años diciendo lo mismo, sin mover una coma, bajo persecución, en el exilio y con el peso de la historia sobre los hombros. Primero lo dijo con todas sus letras: las elecciones son para elegir, no para lavarle la cara a la tiranía. Y ahora lo resume en una frase que ya es brújula de país: no nos van a distraer; la elección es la presidencial. Cuando ella dice eso, no está interpretando al país, le está tomando el dictado.