Criarte desde chico con una pelota. Queriendo estar cerca de ella, metiendo goles, teniendo chances cerca del arco rival.
Te toca jugar una final del mundo y tu tarea sólo es correr detrás de los defensores.
Debe ser de las peores sensaciones del mundo.
El futbolero está en su casa, masticando bronca, llorando, tratando de retomar fuerzas para encarar uno de los lunes más duros de su vida. Acá están los que ven futbol cada cuatro años y mucho no entienden, a veces me gustaría ser uno de ellos.