Al fin y al cabo, el dolor, el sufrimiento, son igual de terribles en el cuerpo de un gusano que en el de un gigante, el dolor es “uno”, igual que el espacio es uno, no se divide en fragmentos, allá donde aparece, el horror es siempre el mismo, pleno.
Pero cuando uno no encuentra a qué agarrarse se agarra a cualquier cosa. O se agarra, si es posible, al hilo de lo que cose, fuertemente o no, lo insignificante.
Mi futuro está en manos de mi pasado, que lo dicta, y del azar, que es ciego. Y tocar el clavecín, como dijo Bach, es muy fácil: hay que pulsar la nota justa en el momento justo con la intensidad justa.
Constantemente intentamos descubrir motivos ocultos y no avanzamos, sólo complicamos y trastornamos aún más lo que ya está suficientemente complicado y trastornado.
Teníamos la sensación de que nos encontrábamos sin llave ante la entrada de nuestra casa y golpeábamos la puerta una y otra vez, pero no oíamos nada dentro, ni siquiera un eco, como si la casa se hubiese llenado de arena, de arcilla, de cenizas hasta el techo.