Recuerdo en segundo básico perdí matemáticas y tarde me enteré que al profe se le podía sobornar con guaro porque era bolo y medio, y pasar la clase. Un mes entero de mis vacaciones sacando retranca pkvrgs.
Mi novia que tuvo educacion financiera toda su vida: cuando vivamos juntos deberiamos tener ahorros invertidos en fondos diversificados
Yo que soy pobre mcpobre: deberiamos ahorrar comprando varios aceites cuando esta en oferta
Lo más dañino que un ser humano puede hacer es poner la excusa de “yo así soy”
Seguir perpetuando el ser mediocre en todo sentido y creer que tenes algún tipo de superioridad solo porque no te has sentado a pensar nunca en que podes mejorar.
Siempre se puede mejorar.
El gerente del supermercado me llamó un domingo en la tarde.
—“Señor, necesitamos que venga”.
Pensé que era un error.
Pero no.
Me mostraron las cámaras.
Mi hijo de 14 años.
Metía chocolates en su mochila.
Miraba a los lados.
Salía sin pagar.
No era la primera vez.
—“Lleva semanas haciéndolo”, dijo el gerente.
En el carro le pregunté:
—“¿Por qué?”
—“No sé… todos lo hacen”.
No grité.
Llegamos a casa.
Le pedí que sacara todo de su mochila.
Había más cosas.
Audífonos.
Bebidas.
Dulces.
—“Mañana volvemos”, le dije.
—“¿Para qué?”
—“A arreglar esto”.
Al día siguiente lo llevé al mismo supermercado.
El gerente estaba ahí.
Mi hijo no podía ni mirarlo.
—“Di la verdad”, le dije.
—“Yo… yo robé esto”.
Su voz temblaba.
El gerente no se enojó.
Solo preguntó:
—“¿Sabes cuánto vale todo?”
Le mostró la cuenta.
Era más de lo que mi hijo esperaba.
—“No tengo ese dinero”, dijo.
—“Lo sé”, respondí.
Saqué un sobre.
Dentro había dinero.
Pero no era mío.
—“Es de tu alcancía”, le dije.
Se quedó en silencio.
—“La vacié anoche”.
Pagó.
Con sus propias manos.
Pensé que ahí terminaba.
Pero no.
Miré al gerente.
—“Quiero pedirle algo más”.
Mi hijo me miró asustado.
—“Que lo deje venir a ayudar una semana.
Después de clases”.
—“¿Como castigo?” preguntó el gerente.
—“Como aprendizaje”, respondí.
Durante cinco días…
Ordenó estantes.
Recogió basura.
Acomodó productos.
Veía a la gente pagar por lo que llevaba.
Nadie sabía por qué estaba ahí.
Pero él sí.
El viernes, el gerente lo llamó.
—“Puedes irte”.
Mi hijo dudó.
—“¿Puedo… seguir viniendo los sábados?”
El gerente sonrió.
—“Si quieres trabajar, claro”.
Esa noche mi exesposa me llamó furiosa.
—“Eso era cosa de niños”.
—“Lo hiciste sentir como un criminal”.
Yo no respondí.
Mi hijo estaba en la mesa.
Contando monedas.
—“¿Qué haces?” le pregunté.
—“Quiero volver a llenar mi alcancía”.
Hizo una pausa.
—“Pero esta vez… sin robar”.
Seguidor anónimo.
¿Lección justa o castigo excesivo?