A los que dudan sobre si hay que buscar a #Boro, les recuerdo que tras un accidente, los equipos de rescate buscan SUPERVIVIENTES, es decir cualquier ser vivo que necesite ayuda tras el siniestro y eso, aunque os joda, incluye también a los ANIMALES.
El tiempo no avisa.
Un día te despiertas y descubres que aquella canción ya es de hace diez años, que la ropa que tanto usabas duerme en un cajón y que las personas que creías eternas solo aparecen en fotos antiguas. Todo se mueve deprisa, como si alguien estuviera girando las páginas demasiado rápido.
Y ahí está la lección: no puedes detenerlo, pero sí elegir cómo vivirlo.
Quedarte un rato más en la mesa aunque el café se haya enfriado. Reírte tan fuerte que duela la barriga. Decir “te quiero” sin miedo al silencio de después. Guardar los mensajes bonitos y no las excusas.
La vida real —la emocionante— no está en los grandes logros que colgamos en redes, sino en los detalles que casi nadie presume: en la mano que te aprieta fuerte cuando tienes miedo, en la llamada inesperada que cambia un día entero, en esa mirada que vale más que cualquier discurso.
El tiempo pasará igual.
Lo único que puedes hacer es llenarlo de momentos que, cuando mires atrás, te hagan sonreír aunque ya no estés allí.
Los abuelos deberían ser eternos.
Deberían quedarse para siempre en la mesa de la cocina, con ese olor a café recién hecho y pan tostado, con la radio sonando bajito y esa paciencia que no se aprende en ningún libro.
Deberían estar siempre en el banco del parque, esperando a que llegues con tus problemas de adulto disfrazados de urgencia, y ellos, con dos frases y una sonrisa cansada, te los conviertan en cosas pequeñas.
Deberían ser eternos para que nunca falte esa llamada que empieza con un “¿ya comiste?”, aunque tengas treinta años y vivas solo desde hace diez.
Deberían quedarse para siempre con sus historias repetidas, porque al final entiendes que lo repetían para no olvidarse, para agarrarse un poquito más fuerte a la vida.
Y cuando se van, te das cuenta de que eran hogar.
Que las paredes de tu infancia estaban hechas de su risa, sus manos y sus silencios.
Que el mundo duele más sin ellos, pero al mismo tiempo, cada recuerdo es un abrazo invisible que no se gasta.
Ojalá los abuelos fueran eternos.
Aunque quizá lo sean, de alguna forma, cada vez que cierras los ojos y los vuelves a ver sonriendo en tu memoria.