Me inquieta esa dificultad de los seres humanos para aceptar la realidad y seguir adelante cuando pasan cosas que no pueden cambiar; como si seguir redundando ahí y aferrándose a lo que no fue y pudo ser, les resolviera algo.
Así, como con el gol de Yepes.
La democracia no es el gobierno del pueblo sino el gobierno de las tribus o tribucracia:
Pinsof llega aquí a su conclusión más dura. La democracia, dice, no es gobierno del pueblo (por el pueblo y para el pueblo), sino gobierno de tribus. A esto lo llama “tribucracia” (tribeocracy).
Explica que en la práctica quien manda no son los ciudadanos individuales ni una multitud sabia, sino los grupos mejor organizados: partidos, lobbies, activistas, sindicatos, empresas y élites culturales. Muchos ciudadanos ni siquiera votan (aproximadamente la mitad en EE.UU.), y los que votan suelen ser una minoría muy polarizada.
Además, incluso dentro de esa minoría, los más privilegiados (con dinero, tiempo, contactos y capacidad de organización) dominan el juego. Los individuos normales, dispersos, poco organizados o difíciles de categorizar quedan prácticamente sin voz.
Pinsof concluye diciendo que la democracia es buena en una cosa: evita dictaduras brutales porque es multitribal (las tribus se controlan entre sí). Pero sigue siendo un sistema que sistemáticamente produce malos resultados porque está diseñado para empoderar a grupos tribales en vez de a individuos o multitudes sabias.
La alternativa que plantea Pinsof es reemplazar (o complementar fuertemente) las elecciones masivas por el gobierno por sorteo. Es decir, elegir a los legisladores de forma aleatoria entre la población, como se hace actualmente con los jurados en los tribunales. Estos ciudadanos normales, después de recibir información y debatir, tomarían las decisiones políticas. De esta forma se reduciría el poder de los partidos y las tribus profesionales, y se daría más peso a individuos corrientes en lugar de a políticos de carrera.
La democracia no es el gobierno del pueblo sino el gobierno de las tribus o tribucracia:
Pinsof llega aquí a su conclusión más dura. La democracia, dice, no es gobierno del pueblo (por el pueblo y para el pueblo), sino gobierno de tribus. A esto lo llama “tribucracia” (tribeocracy).
Explica que en la práctica quien manda no son los ciudadanos individuales ni una multitud sabia, sino los grupos mejor organizados: partidos, lobbies, activistas, sindicatos, empresas y élites culturales. Muchos ciudadanos ni siquiera votan (aproximadamente la mitad en EE.UU.), y los que votan suelen ser una minoría muy polarizada.
Además, incluso dentro de esa minoría, los más privilegiados (con dinero, tiempo, contactos y capacidad de organización) dominan el juego. Los individuos normales, dispersos, poco organizados o difíciles de categorizar quedan prácticamente sin voz.
Pinsof concluye diciendo que la democracia es buena en una cosa: evita dictaduras brutales porque es multitribal (las tribus se controlan entre sí). Pero sigue siendo un sistema que sistemáticamente produce malos resultados porque está diseñado para empoderar a grupos tribales en vez de a individuos o multitudes sabias.
La alternativa que plantea Pinsof es reemplazar (o complementar fuertemente) las elecciones masivas por el gobierno por sorteo. Es decir, elegir a los legisladores de forma aleatoria entre la población, como se hace actualmente con los jurados en los tribunales. Estos ciudadanos normales, después de recibir información y debatir, tomarían las decisiones políticas. De esta forma se reduciría el poder de los partidos y las tribus profesionales, y se daría más peso a individuos corrientes en lugar de a políticos de carrera.
«Las personas son maravillosas. Me encantan los individuos. Odio a los grupos de personas. Odio a un grupo de personas con un “propósito común”. Porque muy pronto tienen gorritos, brazaletes, canciones de guerra… y una lista de gente a la que van a visitar a las 3 de la mañana.»
-George Carlin
El día en que dejemos de elegir gobernantes como si votáramos en un reality show por el Jaider Villa de turno, porque habla más duro y es bonito, quizás entendamos que una elección no es un concurso frívolo de popularidad sino la definición de cuál es el país que queremos tener.
La gente (en el mundo) es tan diversa, tan heterogénea, tan particular y, a la vez, tan humana, que no entiende uno ese afán histórico y persistente de querer meter a todos en un único molde aburrido y simplón.
En atención a que temas como el agujero de la capa de ozono y la sobrepoblación del mundo eran problemas serios y sin solución hace 20 años y ahora se han solucionado solos, elijo no preocuparme por nada.