Feijóo ha vuelto a hacer el ridículo y ha borrado este tuit donde apoya a la hija del dictador Fujimori, en las elecciones de hoy de Perú.
Así que os lo dejo a vuestra elección, si respetáis su decisión o le dais difusión.
🔴UN HILO 🧵
Hay un caso en #Francia que me tiene hablando sola, desde la semana pasada. Desde que el cuerpo de Lyhanna de 11 años apareció sin vida en la Occitania francesa. De drama nacional a una cuestión de Estado.
Estos días se cruzará por Asturias con un equipo audiovisual francés que graba un documental sobre "La balada del norte"⚒️ para el canal ARTE🇫🇷. Si se los encuentra, invítelos a una botella de sidra para que no vuelvan sin decir que los asturianos son "la madre que los parió".
Está todo el mundo hablando de La Casita de Bad Bunny pero tengo la sensación de que casi nadie sabe su historia y su genealogía, lo cual es un poco perverso porque la historia de La Casita es tan intrincada como una peli de terror psicológico.
La cosa —y la casa— tiene un principio, que está en Long Island en 1947. Allí un tipo llamado William Levitt miró un campo de patatas y vio, en lugar de patatas, el futuro de la clase media estadounidense, que para él tenía forma de diecisiete mil casas iguales. Literalmente Iguales.
Levitt había aprendido en la Marina a construir barracones a toda velocidad y aplicó la misma idea al baby-boom de posguerra: dividió la construcción de una casa en veintisiete pasos, puso a un hombre a hacer solo el paso nueve durante el resto de su vida natural, y empezó a escupir viviendas a razón de una cada dieciséis minutos. El que ponía los grifos no sabía clavar un clavo y el que clavaba no había visto un grifo, y entre todos, sin que ninguno entendiera la casa entera, levantaron un suburbio del tamaño de una provincia. Se llamaba Levittown.
Que tú dices pues muy bien, vivienda barata y rápida. Y sí, eso lo era. Y racista también, porque el contrato de esas casas idénticas incluía una cláusula que prohibía venderlas a cualquiera que no fuera de raza blanca. Estaba escrito. Con tipografía. O sea, la utopía de la clase media pero no me pongas negros ni hispanos cerca.
Así que tanto Levittown como todas las urbanizaciones que se construyeron en las afueras, también las que no tenían la cláusula explícita, se llenaron de blancos que huían de las ciudades —esto tiene nombre técnico, White Flight, la fuga blanca, que suena a maniobra militar y en el fondo lo era— dejando los centros urbanos a quienes no podían comprar un chalecito. El resultado fue un paraíso siniestro de céspedes idénticos donde todo el mundo era exactamente igual porque por contrato no podía ser de otro modo.
Unos quince años después, un funcionario de Puerto Rico se fue a Toa Baja, al norte de la isla, y desplegó sobre una mesa los mismos planos. Otro Levittown. La promesa de la clase media estampada en hormigón, y todo dentro de algo llamado Operación Manos a la Obra, donde las manos eran las de los boricuas y la obra de los gringos.
Aquí no había cláusula racial porque sería algo absurdo en un lugar tan mezclado como Puerto Rico y, claro, también porque en la isla la exclusión funcionaba por canales económicos, no por los del color de la piel. O no solo. El caso es que el módulo de Levitt entró y dentro de cada casita idéntica un puertorriqueño se instaló a desear exactamente lo que un señor de Long Island había decidido que un estadounidense debía desear.
Pasan sesenta años. La arquitecta Mayna Magruder Ortiz mira una vivienda real en Humacao, ahora al este de la isla, mira los planos de Levittown, y hace lo que hacen los arquitectos, que es copiar. Según algunas revistas de arquitectura, Mayna Magruder combina la herencia del XIX con la urbanización de posguerra, pero el resultado es una casa que está por todo Puerto Rico. Rosa pastel. Cornisas amarillas. Sillas de plástico monobloc, las que pesan ochocientos gramos y aguantan a un obispo, las que tu tío apila de seis en seis al final de la fiesta, el grado cero de la civilización con clima benévolo. También tiene la misma cubierta plana, salvo que aquí no es tejado sino un sitio para bailar, porque alguien decidió en una reunión que esa cubierta que durante toda la historia de la arquitectura caribeña sirvió para no morir bajo la lluvia, fuese ahora un escenario con aforo.
Pero lo que más conocemos todos es el balcón con marquesina. El balcón de la casa obrera puertorriqueña era el órgano social de la vivienda, el sitio donde se enfriaba la cerveza, se vigilaba al vecino y se conspiraba contra el casero, el único lugar donde la clase trabajadora hacía la cosa verdaderamente subversiva, que es estar junta sin pagar entrada.
En La Casita de Bad Bunny el balcón también tiene aforo. Quince personas. Y las quince son Ester Expósito, Los Javis, Lamine Yamal, una cantante llamada Judeline cuyo nombre se evapora a mitad de pronunciación, influencers cuya influencia también está en proceso constante de evaporación, además de unas cuantas chicas desconocidas, blancas y europeas pero disfrazadas de caribeñas a las que un ojeador —y la palabra es exacta— ha elegido para que puedan competir entre ellas por quién sale más segundos en las pantallas gigantes, cinco, trece, veintiuno. Ah, y Marta Ortega, presidenta de Inditex, que baila dentro de la réplica de una casa de clase trabajadora mientras por los altavoces suena un tema sobre la gentrificación de la isla, sobre la mudanza forzosa, sobre la bandera celeste de los independentistas, y nadie en el estadio detecta el cortocircuito porque no hay cortocircuito, el aparato fue diseñado para que la crítica del aparato circule por sus propias cañerías sin tocar jamás una pared.
Y así, la marquesina donde el bisabuelo no tenía dónde caerse muerto es hoy el lugar más caro del universo al que no puedes comprar entrada, porque no se vende, solo se concede, que es la forma final del lujo, el lujo que ni siquiera te deja la dignidad de pagarlo.
En 1967 —poco después de la Operación Manos a la Obra— Guy Debord dijo que la sociedad contemporánea no era una sociedad basada en la imagen, sino que era una sociedad *que es* imagen. La Casita es esa frase hecha hormigón rosa. La sociedad del espectáculo ha localizado una cosa sin mercantilizar —la nostalgia del barrio, la silla de plástico— y la ha mercantilizado tan a fondo que la ha construido a escala 1:1, la pasea por cuatro continentes y te cobra cien euros por verla de lejos y ni siquiera te das cuenta de qué es eso que ves de lejos.
El espectáculo ha engullido la historia de La Casita, la ha digerido, la ha metabolizado y la ha regurgitado convertida en lo que siempre devuelve el espectáculo después de comer, que es más espectáculo.
Por más que aviso a quienes pueden hacer algo a mí no me hacen caso :
Por ejemplo llevo diciendo desde ayer que la web de la empresa de las hijas de Zp está desactualizada, que es vulnerable y que está infectada de malware
Ni caso
Poca gente lo recuerda, pero 11 días llevan sin salir cuatro mineros de una mina de Tormaléu (Ibias). Encerrados a 300 metros de profundidad para reclamar el pan de sus familias. Quién sabe si su reclamación, por justa que sea, se escucha desde tan lejos...
#minamiura
Hoy entra en vigor en Reino Unido la "Ley de los derechos de los inquilinos", la primera medida en una generación que trata de arreglar el desaguisado que tienen con el alquiler en ese país.
Algunas de las medidas que incluye:
Se hizo justicia.
Hace tres años, un grupo de ultras de extrema derecha nos acusó falsamente a varios diputados de participar en la trama del llamado “Tito Berni”. Llegaron incluso a afirmar que poseíamos cuentas bancarias en el extranjero.
Esta semana se ha celebrado el juicio. Los acusados han aceptado una condena de seis meses de prisión y han reconocido, sin ambages, que se lo habían inventado todo.
Durante este tiempo he tenido que convivir con la infamia. Con una acusación fabricada. Con el daño injusto de quienes intentaron demoler mi nombre, mi trayectoria y mi honor.
¿Dónde están ahora quienes señalaron con tanta ligereza? ¿Quién repara el daño causado? ¿Quién restituye el honor puesto en duda durante tres años de ruido y sospechas?
Esta sentencia lo hace. Pero no todo el mundo tiene la capacidad de resistir hasta el final frente a una mentira organizada para destruir al adversario.
Por eso conviene decirlo alto y claro: no todo vale en política. No vale el acoso sistemático, ni el intento de quebrar nuestra voluntad atacando a nuestros familiares y a nuestro entorno más íntimo. Intentar destruir la vida personal para obtener rédito político es la forma más baja de hacer oposición.
Frente a la maquinaria del fango, nos mantenemos en pie.
Frente a los bulos: verdad.
Frente a la difamación: justicia.
Frente al odio: democracia.
Hola Twitter!
Llevo 7 años esperando que el Juzgado nº3 de El Escorial se haga cargo y haga algo con la demanda interpuesta a mi ex marido por el impago de la pensión de mis hijos.
Me debe más de 30.000€ y nadie hace nada. Unos menores desamparados.
Hacemos un poco de ruido?