El Último Vagón:
Cada año los papás de Martín lo llevaban con su abuela para pasar las vacaciones de verano,y ellos regresaban a su casa en el mismo tren al día siguiente.
Un día el niño les dijo a sus papás:
-"Ya estoy grande
¿puedo irme solo a la casa de mi abuela?".
Después de una breve discusión los papás aceptaron.
Están parados esperando la salida del tren,se despiden de su hijo dándole algunos consejos por la ventana, mientras Martín les repetía:
- "¡Lo sé!
Me lo han dicho más de mil veces".
El tren está a punto de salir y su papá le murmuró a los oídos:
-"Hijo, si te sientes mal o inseguro, ¡eso es para ti!".
Y le puso algo en su bolsillo.
Ahora Martín está solo,sentado en el tren tal como quería, sin sus papás por primera vez.
Admira el paisaje por la ventana, a su alrededor unos desconocidos se empujan, hacen mucho ruido,entran y salen del vagón.
El supervisor le hace algunos comentarios sobre el hecho de estar solo.
Una persona lo miró con ojos de tristeza.
Martín ahora se siente mal cada minuto que pasa.
Y ahora tiene miedo.
Agacha su cabeza... se siente arrinconado y solo,con lágrimas en los ojos.
Entonces recuerda que su papá le puso algo en su bolsillo,temblando, busca lo que le puso su padre.
Al encontrar el pedazo de papel lo leyó, en él está escrito:
"¡Hijo, estoy en el último vagón!".
Así es la vida, debes dejar ir a tus hijos, debes confiar en ellos.
Pero siempre tienes que estar en el último vagón, vigilando,por si tienen miedo o por si encuentran obstáculos y no saben qué hacer.
Tienes que estar cerca de ellos mientras sigas vivo.
El hijo siempre necesitará a sus papás.
Por siempre papás en el último vagón.
Don José estaba bien de salud, hasta que un día su mujer le dijo:
- José, vas a cumplir 65 años y ya es hora de que te hagas un chequeo médico.
- ¿Y para qué? si me encuentro muy bien.
- Por prevención.
Así que José fue al médico, y éste le mandó hacer pruebas y análisis de todo. A los quince días el doctor le dijo que estaba bien, pero que había que mejorar algunos valores. Entonces le recetó Atorvastatina para el colesterol, Losartán para la hipertensión, Metformina para la diabetes y Loratadina para la alergia. Eran muchos medicamentos y había que proteger el estómago, y le recetó Omeprazol. José, fue a la farmacia y se gastó parte de su pensión en medicinas. Como no recordaba si las pastillas verdes para la alergia las debía tomar antes o después de las del estómago y si las amarillas para el corazón, iban durante o al terminar las comidas, volvió al médico. ��ste, lo notó tenso y con contracturas, y le recetó Alprazolam y Sucedal para dormir. Don José, en lugar de estar mejor, cada día estaba peor. Apenas salía de casa, porque no pasaba momento en que no tuviera que tomar alguna pastilla.
A los pocos días José se resfrió y su mujer lo hizo acostar, y llamó al médico. Éste le dijo que no era nada, pero por prevención le recetó Tabsín y Sanigrip con Efedrina. Como empezó con taquicardia, el doctor le agregó Atenolol y Amoxicilina. Después le salieron hongos y le agregó Fluconazol con Zovirax. Para colmo, José leyó los prospectos de los medicamentos que tomaba y se enteró de las contraindicaciones, las advertencias, las precauciones, las reacciones adversas, los efectos colaterales. Todo lo que leía eran cosas terribles. No sólo podía morir, sino que además podía tener arritmias, úlceras, sangrado, náuseas, hipertensión, cólicos, insuficiencia renal, parálisis, mareos... Asustadísimo, José llamó al médico, quien trató de tranquilizarlo.
- Tranquilo, Don José, no se alarme... y le recetó Rivotril, un antidepresivo. Como le empezaron a doler las articulaciones le añadió Diclofenaco. Cada vez que José cobraba su pensión se dejaba la mitad en la farmacia. Tan jodido estaba que se murió. Al entierro fueron todos, pero el que más lloraba era el farmacéutico. Su esposa afirma que menos mal que lo mandó al médico a tiempo, porque si no, seguro que se hubiese muerto antes. Si Don José hubiese seguido comiendo conejo, pollo sin piel, aceite de oliva, frutas, verduras, nada de azúcar, una copita de vino y caminando cuarenta y cinco minutos diarios, aún estaría vivito y coleando.
Dentro del taoísmo existe una paradoja que desconcierta a quien la escucha por primera vez: aquello que parece más débil suele sobrevivir a lo que aparenta ser invencible. Los árboles demasiado rígidos se parten durante la tormenta. Los juncos, en cambio, se inclinan con el viento y vuelven a levantarse cuando la tempestad termina. La naturaleza enseña una forma de fortaleza completamente distinta a la que suele admirar la sociedad.
La cultura moderna suele asociar el poder con la capacidad de imponerse. Se admira a quien domina, conquista, responde con rapidez y nunca parece dudar. Sin embargo, los antiguos taoístas observaban que esa necesidad constante de demostrar fuerza escondía una enorme fragilidad. Lo rígido necesita permanecer siempre igual. Y precisamente por eso termina quebrándose cuando la realidad cambia de dirección.
La flexibilidad no era entendida como debilidad, sino como inteligencia. Adaptarse no significa rendirse. Significa reconocer que la existencia está en movimiento permanente. El agua modifica lentamente la roca no porque sea más dura, sino porque nunca deja de fluir. Su persistencia nace de no luchar contra su propia naturaleza. Mientras otros elementos intentan imponerse, ella simplemente continúa su camino.
Esta enseñanza también alcanza el mundo interior. Muchas personas viven agotadas porque intentan controlar cada emoción, cada incertidumbre y cada cambio inesperado. Confunden resistencia con fortaleza. Sin darse cuenta, convierten la vida en una batalla continua contra procesos inevitables. Cuanto más luchan contra aquello que no pueden detener, más energía pierden sosteniendo una guerra imposible de ganar.
Los textos taoístas describen al sabio como alguien que participa del movimiento natural de las cosas. No porque renuncie a actuar, sino porque sabe distinguir entre aquello que depende de su acción y aquello que pertenece al curso mismo de la realidad. Esa diferencia, aparentemente sencilla, modifica por completo la forma de enfrentar los desafíos. La acción deja de nacer del miedo y comienza a surgir de una comprensión más profunda del momento presente.
La verdadera fortaleza, desde esta perspectiva, no necesita exhibirse constantemente. Se reconoce por su capacidad de permanecer íntegra incluso cuando el entorno cambia. Mientras la rigidez exige que el mundo se adapte a ella, la sabiduría encuentra la manera de avanzar con el mundo sin perder su esencia. Y pocas habilidades resultan tan valiosas como esa en una existencia donde todo, absolutamente todo, está destinado a transformarse.
Quand tu sens que tu perds ton authenticité, souviens-toi de ces mots de Franz Kafka :
“ J'ai eu honte de moi-même quand j'ai compris que la vie était une fête de déguisements, et que j'y participais avec mon vrai visage. ”
Être authentique dans un monde d'imposteurs est un acte de pur courage.
La plupart jouent un rôle, s'habillent de masques pour plaire, éviter le jugement ou récolter des applaudissements. Mais vivre ainsi, ce n'est pas vivre : c'est mendier de l'approbation.
4. La Guayaba.
Olvida las naranjas comerciales inyectadas con azúcar.
La guayaba concentra hasta cuatro veces más vitamina C que los cítricos comunes.
Es un pilar crítico para la producción de glóbulos blancos y la activación de la respuesta inmune adaptativa.
@NayvethVizcaya@1mraught Conectemos con nuestra esencia, con el poder de la perfección que hay dentro de cada ser, valorando todo lo que somos con inmensa gratitud 💫🙏🙏🙏💫. Los temas depresivos se disolverán y desaparecerán 🌿🙏💫.