“El desperdicio de la vida se encuentra en el amor que no sabías dar, en el poder que no sabías usar, en la prudencia egoísta que nos impedía asumir riesgos y que, evitando el arrepentimiento, nos hizo perder la felicidad”.
Oscar Wilde
Al cabo de los años he observado que la belleza, como la felicidad, es frecuente. No pasa un día en que no estemos, un instante, en el paraíso. No hay poeta, por mediocre que sea, que no haya escrito el mejor verso de la literatura, pero también los más desdichados. La belleza no es privilegio de unos cuantos nombres ilustres. Sería muy raro que este libro, que abarca unas cuarenta composiciones, no atesorara una sola línea secreta, digna de acompañarte hasta el fin.
Buenos días, bonita comunidad de X. Hoy quiero compartir algo que me duele especialmente.
Estamos construyendo una sociedad en la que mis padres, con 87 años, ya no caben.
No porque no quieran adaptarse.
Sino porque, directamente, les estamos cerrando la puerta.
Intentan pedir un taxi por teléfono.
Esta semana, mi padre casi lloraba contándomelo.
Quiero dar las “gracias” a @RadioTaxi_VLC por dejar atrás a la gente mayor: cada vez es más difícil.
“Descárguese la app o entre en la web”.
Pero ellos no viven en una app ni en una web.
Esto debería saberlo la alcaldesa de Valencia, @mjosecatala porque sé que es una persona sensible, y esto necesita solución URGENTE.
Intentan reservar en un restaurante.
Web, formulario, confirmación por email.
Pero ellos no viven pendientes del correo.
Intentan hablar con su banco.
Primero un robot. Luego otro. Después una clave por SMS.
Pero ellos solo quieren que alguien les escuche.
Intentan comprar una entrada.
QR, wallet, validación digital.
Pero han pasado toda su vida comprando en taquilla.
Intentan hacer cualquier gestión:
– Cita médica → app o web
– Atención al cliente → chatbot
– Transporte → tarjeta o móvil
– Administración → certificado digital
Y si no pueden seguir el ritmo… simplemente desaparecen.
Esto no es progreso.
No es eficiencia.
No es innovación.
Es exclusión.
Estamos diseñando un mundo cómodo para nosotros,
pero hostil para quienes más apoyo necesitan.
Nuestros mayores.
Y lo más preocupante no es la tecnología. Es que, como sociedad, hemos empezado a asumir que ya no merece la pena atenderles.
El oficio que se nos escapa:
Me detengo frente al ventanal de un restaurante de moda. La estética es impecable: luces led de diseño, plantas colgantes y un código QR que ha silenciado la calidez de la voz humana. Observo a los cocineros a través de una cocina abierta; se mueven con una precisión mecánica. casi robótica, en un escenario donde todo brilla, pero nada parece arder. Al otro lado del cristal, mi memoria me devuelve el eco de los años 80, una década donde la hostelería no era una “experiencia de usuario” diseñada en un laboratorio de marketing, sino un oficio con alma.
Esa alma es la que hoy busco y me cuesta encontrar. Estos días, caminando por las calles de República Dominicana, he mantenido conversaciones que revelan una realidad compartida a ambos lados del océano. Hablo con cocineros locales que guardan en sus cajones el recuerdo agridulce de una aventura europea. Me cuentan cómo cruzaron el Atlántico cargados de ilusión por aprender de los mejores, buscando la esencia y el rigor del maestrazgo. Sin embargo, regresaron con la mirada un poco más apagada. Me confiesan que, tras meses fuera, lo que más obtuvieron fue un certificado bajo el brazo; ese "visado de oro" que acredita que pisaron una gran cocina, pero que a menudo es un papel que no refleja un aprendizaje real del oficio. Es el símbolo de una era donde lo que importa es haber estado, el prestigio del sello, aunque el conocimiento técnico se haya quedado por el camino. El resultado es el que experimento hoy: un sector lleno de acreditaciones, pero cada vez más huérfano de profesionales que dominen el verdadero arte de servir.
En aquellos ochenta, entrar en una cocina o en una sala era aceptar un rito de iniciación. No se buscaba un operario desechable, se buscaba un aprendiz. Recuerdo a aquellos jefes de cocina que te enseñaban a entender el punto exacto de un guiso solo por el aroma. En la sala, los camareros portaban el uniforme con una dignidad casi militar. No es que aquellos tiempos fueran idílicos —las jerarquías eran de hierro—, pero había una mística. Se enseñaba a leer al cliente antes de que este abriera la boca, a anticipar el deseo, a entender que servir era, por encima de todo, un acto de orgullo profesional. Había maestros que volcaban su vida en que tú aprendieras la suya.
Hoy, la hostelería se ha transformado en una industria de ensamblaje rápido. El problema es que hemos prostituido el aprendizaje en el altar de la rentabilidad inmediata. Ya no se enseña porque formar se considera un gasto "caro". Preferimos contratar a alguien que simplemente necesita un empleo y soltarlo en el ruedo tras una charla de diez minutos sobre dónde está el botón de la máquina. Hemos sustituido el maestrazgo por un manual de procesos en PDF que nadie lee. Se buscan manos, no profesionales, y el resultado es un servicio que cada día es menos, porque no todo el mundo sirve para servir.
Pero este declive no es solo responsabilidad de quien cocina o sirve; el cliente también ha cambiado drásticamente y, con él, ha muerto la empatía. El comensal de los 80 buscaba su sitio de confianza, establecía un vínculo con el camarero y valoraba el oficio. El cliente de hoy, a menudo, busca la foto perfecta para sus redes sociales antes que el sabor del plato o la calidad de la atención. Somos comensales de paso, más impacientes y menos empáticos, protegidos por el anonimato de una reseña en Google que puede hundir un negocio porque el camarero "no sonreía", sin detenernos a pensar que ese empleado quizás nunca tuvo a nadie que le enseñara el valor de su sonrisa. Al perder el respeto por el profesional, hemos provocado que el profesional pierda el respeto por su oficio. Ya no buscamos una conexión humana, exigimos una coreografía perfecta y rápida, premiando el decorado "instagrameable" por encima de la calidez.
La crisis de la hostelería es, en esencia, una crisis de identidad. Hemos pasado del arte de recibir al negocio de despachar.
Han publicado el Manual Práctico del IRPF de la Agencia Tributaria.
700 páginas.
No es que la información no exista. Es que está escrita en un lenguaje que aleja. Que no invita a leer. Que asume que eres jurista o que tienes a alguien que lo sea.
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🌳 Hoy es el #diainternacionaldelosbosques. Y no, no todo vale.
Llamamos “bosque” a plantaciones que no lo son: monocultivos pensados para producir, sin la vida, el equilibrio ni la biodiversidad de un ecosistema real.
Desde esta mañana está accesible a través de la web de @AEMET_Esp la imagen combinada de los nuevos Radares de Canarias. Sabemos que mucha gente estaba esperando este momento y estamos seguros de que la espera ha merecido la pena.
https://t.co/rZETEzVFBg
El cerebro comprime los recuerdos cuando la vida es rutina:
“Cuando tienes 5 años, un año es el 20 % de tu vida. Y cuando tienes 50 años, un año es solo el 2 % de tu vida. Esta es una explicación de por qué el tiempo parece acelerarse a medida que envejeces. Se llama la ley de Janet. Afirma que has experimentado aproximadamente la mitad de tu vida percibida a los 20 años. O, dicho de otra forma: las vacaciones de verano para un niño de 5 años se sienten tan largas como los 10 años que van de los 40 a los 50.
Pero la ley de Janet se puede romper con alta agencia.
Tú tienes agencia sobre la velocidad del tiempo. No eres una víctima pasiva.
Una explicación mejor de por qué el tiempo se acelera al envejecer es que, como adulto, tienes menos experiencias nuevas, así que tu cerebro borra los recuerdos.
Si tomas agencia sobre tu vida, haces cosas nuevas y creas dividendos de memoria, el tiempo se ralentiza.
Si vives tu vida en piloto automático, puedes morir a los 80, pero sentir que moriste a los 20.
Si tomas agencia sobre tu vida, puedes morir a los 80, pero sentir que moriste a los 200.”
Un seguidor en el hilo añade esto:
“El corolario que nunca se dice: la densidad de novedad es la palanca real.
El cerebro comprime las secuencias familiares en tokens de memoria únicos.
Si cada semana es estructuralmente idéntica, una década se almacena como aproximadamente un mes de tiempo sentido.”
El cortisol alto bloquea la quema de grasa y te mantiene en modo "supervivencia".
Esto no es “wellness”.
Es fisiología del eje hipotálamo-hipófisis-adrenal.
Aquí tienes mi protocolo de 5 pasos para nivelarlo desde hoy:
"Lo que Orwell temía era a aquellos que prohibirían los libros. Lo que Huxley temía era que no habría razón para prohibir un libro, porque no habría nadie que quisiera leer uno. Orwell temía a quienes nos privarían de información. Huxley temía a aquellos que nos darían tanta información que seríamos reducidos a la pasividad y el egoísmo. Orwell temía que la verdad nos sería ocultada. Huxley temía que la verdad se ahogaría en un mar de irrelevancia. Orwell temía que nos convertiríamos en una cultura cautiva. Huxley temía que nos convertiríamos en una cultura trivial. En 1984 las personas son controladas infligiendo dolor. En Un Mundo Feliz, son controladas infligiendo placer. En resumen, Orwell temía que lo que odiamos nos destruiría. Huxley temía que lo que amamos nos arruinaría."
--Neil Postman
En los últimos años, los juegos de mesa cooperativos han vivido todo un renacimiento.
Hoy os traigo 7 de los mejores que he probado, ordenados según su complejidad en la BGG; para que, tanto si sois novatos como veteranos, encontréis vuestro tipo de partida ideal.
⬇️ ¡Al lío!
Combatir la contaminación por plásticos en la agricultura empieza con las 6 Rs:
🙅 Rechazar
💡 Rediseñar
⬇️ Reducir
🔁 Reutilizar
♻️ Reciclar
🌱 Recuperar
Cada acción cuenta para lograr un futuro sin #SinContaminaciónPorPlásticos.
🗂️Prepara una carpeta resistente con copias de identificaciones, seguros, información médica y contactos importantes
En una emergencia, tener estos documentos a la mano acelerará la recuperación. Guarda también copias digitales como respaldo
Más: https://t.co/97zMhnvAlK