Lo he contado antes.
Estuve dos veces en Irán por cuestiones de trabajo como intérprete del inglés/español al farsi. Son unos tipos desagradables. Odian a los homosexuales, pero se pasan el tiempo toqueteándose entre ellos, jugando de manos y casi besándose cuando están en grupos, aparentemente solos.
Son enfermos a vacilar con lascivia a cualquier mujer occidental que se cubre únicamente la cabeza, pero lleva, por ejemplo, pantalones apretados o un vestido ceñido. No hay culo que pase por delante de ellos que no se volteen a ver de manera desvergonzada.
Durante mi estancia, siempre imponían reglas absurdas, cambiaban de planes, te retiraban la comida de un lugar y luego se hacían los desentendidos, diciendo que no entendían ni español ni inglés. En la calle, la policía política, que vestía ropa gris, acechaba a las mujeres para ver si estaban muy maquilladas o se les veía el cerquillo por debajo del pañuelo obligatorio.
Eso fue en el año 1996.
¿Qué se puede defender de esos salvajes subnormales?
¡Que vayan todos a arder en el infierno!
El mecanismo aplana al entusiasmo... porque el cerebro simplemente se adapta. Lo perceptivo ajusta cada vez la realidad se recalibra en constancia, el deseo no se desgasta no porque sea débil sino porque deja de ser novedoso... ¿