Cada lunes escribo un consejo para mejorar tu salud y tu bienestar de forma sencilla y práctica para ti. Apúntate en https://t.co/xkZ4gAR1hW y te los mando ❤️
Un buen día con la comida no es la que has comido “100% limpio”.
Es el que has comido de forma consciente, disfrutando, conectada a tus sensaciones física y dejando de lado compensar nada.
En mi adolescencia tuve un trastorno alimentario.
Tardé años en entenderlo.
Y lo que más me sorprendió cuando lo entendí es que no era un problema de comida.
Era un problema de no saber qué hacer con lo que sentía.
Ojalá haberlo entendido antes.
Durante años busqué el método perfecto.
La dieta que por fin funcionara. El plan que me diera control.
Probé muchos.
Hasta que entendí que lo que buscaba no era un método para comer mejor.
Era una forma de no sentir lo que sentía.
Y para eso, ninguna dieta sirve.
Hubo una época en que escondía lo que comía.
El día que pedí lo que me apetecía, delante de quien fuera, sin mirar si alguien lo veía, no fue un gran momento.
Fue un martes cualquiera.
Pero fue la primera vez en mucho tiempo que comí sin testigos internos.
Le dio una lista.
Alimentos que sí. Alimentos que no. Cantidades exactas. Horarios.
Le dijo que si lo seguía al pie de la letra, funcionaría.
Y funcionó. Tres semanas.
Luego vino el descontrol y la culpa.
Nadie le preguntó por qué comía así.
Solo le dijo que siguiera la lista.
La foto de antes: gesto serio, ropa apretada, luz mala.
La foto de después: sonrisa, ropa nueva, luz perfecta.
Lo que no muestran: Si dejó de pensar en la comida o su obsesión aumentó.
Las fotos de antes y después venden un resultado.
No cuentan la historia entera.
"Come de todo pero con moderación."
Llevan décadas diciéndoselo.
Y ella sigue sin saber qué significa moderación cuando tienes ansiedad.
La moderación es fácil cuando no hay nada que gestionar emocionalmente.
Para el resto, es el consejo más inútil que existe.
Lleva meses sin saber lo que pesa.
No porque se haya olvidado. Sino porque ha dejado de necesitarlo.
Antes ese número decidía cómo empezaba el día. Si el día era bueno o era un fracaso antes del desayuno.
Ahora el día empieza cuando se levanta.
Sin veredicto.
Su amiga le habla de la dieta nueva que está haciendo.
Le dice que está funcionando. Que se siente genial. Que por qué no la prueba.
Ella escucha. Asiente. Y dice que no, gracias.
Sin justificarse. Sin explicar por qué. Sin sentir que tiene que convencer a nadie.
Se sienta.
Calienta la comida. La pone en un plato de verdad, no en el táper.
Come despacio. Sin el móvil al lado. Sin la tele de fondo. Sin pensar en lo que tiene que hacer después.
Termina. Se queda un momento sentada.
Y el resto del día, la comida no vuelve a aparecer.
El lunes es la fecha de inicio más usada del mundo.
Y la más saboteada.
Porque cualquier sistema que necesita un lunes para empezar ya lleva dentro la semilla del abandono.
El problema no es que no aguantes.
Es que el sistema está diseñado para que no aguantes.
Le dijeron que contara calorías para "aprender a comer".
Lleva tres años contando.
Ahora no sabe comer sin el móvil delante. No confía en su hambre. No sabe si tiene suficiente o demasiado sin que una app se lo confirme.
Eso no es aprender a comer.
Abre la carta.
No busca lo más ligero. No calcula. No piensa en lo que comió ayer.
Pide lo que le apetece.
Come. Disfruta. Pide postre si le apetece.
Sale a la calle sin ese peso.
También existe esa forma de comer.
Llega a casa destruida.
Se sienta. Respira. Se prepara un té.
No va directa a la cocina. No abre la nevera sin saber por qué. No come de pie mientras piensa en lo que tiene pendiente.
Sabe que tiene hambre de otra cosa.
Y sabe cómo dársela.
Hay tarta. La coge. La come.
Habla con la gente.
No calcula qué hará mañana para compensar.
No piensa en lo que ha comido antes.
No negocia consigo misma.
Solo está en el cumpleaños.
Eso es lo que se siente cuando la comida deja de ser el centro.