"Hijos de perra, se robaron el show"….
La actuación de Queen en Live Aid el 13 de julio de 1985 no fue solo un concierto; es considerada unánimemente por críticos e historiadores de la música como la mejor presentación de rock en vivo de todos los tiempos.
En apenas 21 minutos, la banda dio una cátedra magistral de dominio escénico y conexión humana que cambió las reglas de los megaconciertos para siempre.
El "arte" de esos 21 minutos radicó en una combinación perfecta de urgencia, preparación y el magnetismo animal de un frontman en la cúspide de sus poderes.
Mientras la mayoría de los artistas de Live Aid subieron a tocar sus éxitos improvisando o quejándose de los problemas de sonido, Queen se encerró una semana entera en los Shaw Theatre de Londres.
Cronometraron cada segundo y cada transición para asegurarse de meter la máxima energía posible en el tiempo asignado.
Antes de Live Aid, Queen estaba pasando por una crisis interna, desgastada por las giras y el relativo fracaso de sus lanzamientos en Estados Unidos. Se rumoreaba que la banda estaba cerca de la separación.
Esos 21 minutos reescribieron su destino. Al bajar del escenario, Elton John entró al camerino de la banda y les dijo: "Hijos de perra, se robaron el show".
La actuación no solo revitalizó la carrera de Queen sino que demostró que el rock de estadios era el arte definitivo de la era moderna.
En 2015 Rajoy concedió la nacionalidad española a más de 70.000 judíos sefardíes expulsados hace 5 siglos.
El medio probatorio era que lo certificase un rabino.
Nadie cuestionó la limpieza de los procesos electorales.
Es evidente a qué juega el Supremo.
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En los años 70, hubo 200.000 incendios en el South Bronx de Nueva York, y la mitad de los habitantes tuvieron que marcharse de su barrio.
Los fuegos no fueron fortuitos, la mayoría los provocaron los caseros para echar a los inquilinos y cobrar el seguro.
Esta es la historia:
Los Ortiz dormían vestidos por si la casa ardía esa noche. Los Ortiz, o los Brennan, o los Washington, da igual, podría ser un apellido como el vuestro, exactamente igual que el vuestro. Vivían en el South Bronx, en edificios de ladrillo de cuatro o cinco plantas y ningún ascensor, y se acostaban con los zapatos puestos, los niños sobre todo, porque bajar tres pisos en calcetines por una escalera en llamas podía suponer la diferencia entre vivir o morir. Las madres dejaban una bolsa junto a la puerta con documentos, una foto, el dinero que tuviesen, siempre la misma bolsa, lista, como la gente que vive cerca de un frente de guerra. Porque la década del fuego de Nueva York fue un frente de guerra entre la ciudad y sus habitantes.
Desde 1970 hasta 1980 el barrio ardió con la regularidad del amanecer y el anochecer, había días de tres incendios, de cinco, noches con más de quince o veinte. Los niños aprendían a leer el humo igual que aprendían las tablas de multiplicar. 200.000 incendios en diez años, 30.000 al año en los años más duros, mil en una sola noche, la del gran apagón de 1977. Mil incendios.
La versión oficial fue que se quemaban ellos solos, que los propios vecinos, los puertorriqueños y los negros y los irlandeses que aún vivían allí, prendían fuego a sus casas por vandalismo, por drogas, por una especie de pulsión autodestructiva que tienen —que tenemos— los pobres. Los periódicos lo contaban como en un documental de naturaleza. Mira cómo arden. Mira cómo les gusta.
No les gustaba, claro, y esa no fue la causa del fuego. La ciudad estaba en bancarrota y recortó los servicios públicos, también los bomberos. Doce dotaciones del South Bronx fueron eliminadas y si antes podían atacar un fuego en quince minutos, ahora llegaban cuando ya no quedaba nada que apagar.
Así que los caseros hicieron la cuenta, una aritmética muy sencilla: un edificio lleno de inquilinos pobres con el alquiler congelado no valía nada; un edificio quemado valía lo que pagaba el seguro.
Casi un cuarto de millón de personas perdieron su casa. Hay quien dice que más, que llegó a marcharse la mitad de los habitantes del distrito. Nadie lo sabe exacto porque medir con precisión habría significado reconocerlo. Lo que sí se midió es la ceniza. En siete sectores del barrio ardió más del 97% por ciento de los edificios. En Charlotte Street sobrevivió uno de cada treinta. En Soundview, un barrio entero, quedaron nueve casas en pie. Nueve.
Vivian Vázquez Irizarry creció en una de esas casas, en Leggett Avenue. Durante años creyó lo mismo que todos, que la culpa era suya, que algo en su gente, en su sangre, había traído el fuego. Luego fue a los archivos del cuerpo de bomberos, pidió los registros y descubrió que más de la mitad de aquellos incendios no estaban anotados en ningún sitio. Ardió medio barrio y el papel decía que no había pasado nada.
Cuarenta años después, Vivian rodó un documental, se llama Decade of Fire. Nosotros no quemamos el South Bronx, dice en un momento, fuimos nosotros los que lo salvamos. Lo cuenta mirando a su hijo, explicándole por qué ella dormía con los zapatos puestos.
El documental acaba en el presente, y en el presente, quienes no se fueron están descubriendo que el barrio que salvaron ahora es deseable. Que los alquileres se están triplicando. Que en la orilla del río, la misma que miraba a Manhattan, se levantan torres de vidrio con piscina y vistas donde antes había naves y vertederos. Así que viene gente nueva que puede pagar esos alquileres y ya casi nadie se acuerda de los Ortiz, o los Brennan, o los Washington, o de los que tenían un apellido exactamente igual que el vuestro.
En el siglo V a.C., el mayor imperio del planeta levantó un pórtico monumental que no servía para la defensa militar, sino para clasificar seres humanos. Así era como la Puerta de Todas las Naciones de Persépolis operaba como un filtro político implacable. Tira del hilo 🧵👇🏽👇🏽👇🏽
En el siglo XVI, el astrólogo de la reina Isabel de Inglaterra usaba un espejo negro pulido para hablar con los ángeles. Cinco siglos después, la ciencia demostró que era una reliquia azteca vinculada al dios de la noche Tezcatlipoca. El espejo de John Dee. Tira del hilo 🧵👇🏽👇🏽👇🏽
The amazing Typewriter Concerto...
For anyone who needs a smile today...
This is Leroy Anderson's 'The Typewriter' for orchestra, complete with all the familiar 'dings' and clitter-clattering of a typewriter. The soloist here is Alfredo Anaya, with conductor Miguel Roa