Autorizamos en el #CMin destinar 52,7 M€ a mantenimiento de la red de Alta Velocidad entre Lleida y Figueres.
Inversión clave que permite mejorar los niveles de disponibilidad, eficacia y funcionalidad.
Mi marido voló una vez de Houston a Chicago porque su hermana iba a dar a luz a su primer hijo.
Ella estaba sola. El padre del bebé estaba destinado en el extranjero, y todo lo relacionado con ese momento parecía aún más importante por eso.
No se lo pensó dos veces. Simplemente reservó el vuelo y se fue.
Se pasó 14 horas sentado en la sala de espera. Tranquilo, sereno, sin darle mayor importancia. Leyó un libro, bebió demasiado café de la máquina expendedora y simplemente… se quedó allí.
Cuando su hermana por fin salió de la sala de recuperación, llevaba al bebé en brazos. Cansada, emocionada, abrumada de esa forma que solo las madres primerizas entienden.
Lo miró y le dijo: «No tenías por qué venir».
Y él se limitó a encogerse un poco de hombros y dijo: «Lo sé».
Ella sonrió, con los ojos un poco llorosos, y dijo: «Gracias».
Él negó con la cabeza y dijo: «No me des las gracias a mí. Dale las gracias a...
@D_S_Iglesias Lo peor es que cada vez nos sale más cara porque cuando privatizan no lo hacen por eficiencia sino para enriquecer amigos a costa del dinero de todos. En vez de invertir y gestionar una sanidad publica de calidad desvían servicios a la privada para hacer negocio.
Basta de mentir.
⚔️A Filo y Arcabuz🔥
🪶Picotazo|👁️
La prioridad nacional del truco
Borja Sémper ha dicho que Feijóo va a convertir la sanidad en prioridad nacional.
¡Pardiez! ¿Hay un médico en la sala? Este muchacho se ha dado un buen golpe en la sesera.
Y uno, que todavía conserva la mala costumbre de tener memoria, se pregunta mirándole:
¿Prioridad nacional ahora?
¿Después de años de privatizarla a sorbitos, como quien echa veneno en el café?
¿Después de convertir las listas de espera en una sala de penitencia y las ambulancias sin médico?
¿Después de mirar a los médicos como gasto, a las enfermeras como coste y a los pacientes como estadística molesta cual dependiente en pandemia ayusista?
La derecha española tiene una habilidad casi alquímica: incendia la casa, vende extintores, convoca una rueda de prensa y se presenta como bombero, y si sale Mañueco, además torero. Con corbata azul, gesto de funeral administrativo y un cartel detrás que dice “El cambio está más cerca”, como si el cambio no fuera, en realidad, volver al mismo mostrador donde te dieron número para dentro de nueve meses y dijiste: pues voy a tener un hijo para pasar el tiempo esperando.
Feijóo va a hacer de la sanidad una prioridad nacional, dicen.
Claro. Como su prioridad en la lancha.
También el zorro hizo de la seguridad del gallinero una prioridad ganadera. ¡Venga, ya!
Aquí la plomada de la realidad cae recta: quien deteriora lo público no viene a salvarlo; viene a gestionarte la ruina con cara de sentido común y una factura de seguro privado. Primero te quitan médicos. Luego te hablan de eficiencia. Después te derivan. Más tarde te enseñan una sonrisa de aseguradora. Y al final, cuando el pueblo empieza a hartarse, aparece el moderado de turno prometiendo restaurar el templo que sus propios aprendices dejaron lleno de goteras.
No es política sanitaria.
Es prestidigitación con bata blanca. Y este Sémper pretende engañar. FALSO.
Porque la sanidad pública no se defiende con frases de atril. Se defiende con presupuesto, plantilla, atención primaria, hospitales dignos, tiempos razonables y respeto a quienes se dejan la piel mientras otros se dejan fotografiar. Un proyecto político y no un político proyectado contra la tontería. FALSO.
Lo demás es humo. Que eres un FALSO.
Humo fino, eso sí. Humo semperiano. Humo con PowerPoint. Humo azul PP, embotellado en Génova y servido en copa de propaganda.
No se puede convertir en prioridad nacional aquello que llevas años tratando como botín autonómico en manos de unos golfos que encima siguen cobrando el bono social.
Ahí está el compás. Ahí está la escuadra. Ahí está el Delta mirando desde arriba mientras algunos creen que el ciudadano no sabe sumar.
Pero el ciudadano suma.
Suma citas aplazadas.
Suma urgencias colapsadas.
Suma pediatras que no llegan.
Suma centros de salud agotados.
Suma abuelos esperando.
Suma madres llamando y suspirando.
Suma trabajadores pidiendo una baja como quien pide clemencia en una ventanilla del Imperio austrohúngaro y los conductores de ambulancia privatizados y agotados.
Y cuando todo eso suma demasiado, viene Sémper, con esa elegancia de portavoz que parece pedir perdón por existir dentro del argumentario mientras sonríe a Thais Villas, y nos anuncia la gran revelación: Feijóo ha descubierto la sanidad. ¡Ohhhhh!
Tarde.
Muy tarde.
A estas alturas, la prioridad nacional no es que Feijóo prometa salvar la sanidad.
La prioridad nacional es impedir que quienes la adelgazaron hasta dejarla en los huesos vengan ahora a vendernos el esqueleto como reforma estructural.
Porque una cosa es cambiar.
Y otra muy distinta es que el verdugo se compre una bata y pretenda pasar por médico y en lugar de bisturí te muestre un hacha y diga: apoye la cabeza de manera supina si es tan amable.
Salud, fuerza y rectitud.
Sello del Escriba. ⚖️△
[✒︎△ | @D_S_Iglesias | ☕️🖋️♟️]
Llevo 6 meses subiendo las escaleras de dos en dos.
Nada más.
No cambié la dieta.
No me apunté al gimnasio.
No seguí ningún plan especial.
Dejé de usar...
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{R} ✍️ EDITORIAL - Vida y obra de Manuel García-Castellón
Un recorrido por la trayectoria del juez jubilado al que un juzgado de Madrid sentencia que no se le puede calificar como "corrupto"
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@RondaAlegria@AntonioMaestre No lo sé. Estamos partiendo de una premisa (regalo/pago) que está por demostrar.
Yo prefiero ver qué pruebas hay y escuchar a Zapatero antes de hacer deducciones.
Carmen y el mar.
Cap. siguiente.: El domingo en que Carmen abrió la puerta
El domingo amaneció sin épica.
Y eso, precisamente, lo hizo hermoso y con hondura.
No hubo tormenta. No hubo revelación. Ni hubo llamada inquietante ni llanto detenido en la garganta. Solo una claridad lenta entrando por las ventanas, una cafetera esperando su turno, una manta arrugada sobre el sofá y el mar cumpliendo su oficio de animal antiguo al otro lado del balcón.
Carmen se despertó antes que los demás.
Durante unos minutos permaneció en la cama, mirando el techo.
Escuchó.
El piso tenía sonidos nuevos.
La respiración pesada de Ana desde el sofá. Un pequeño crujido de madera en la habitación donde dormía Eduardo. El rumor lejano de una moto en el paseo. Una gaviota tempranera que decidió, con la delicadeza habitual de su especie, anunciar al mundo que seguía existiendo y que tenía opiniones.
Carmen sonrió.
No con alegría desbordada.
Ni con esa alegría de anuncio de yogures donde todos parecen haber descubierto el sentido de la vida en una cuchara.
Sonrió con calma serena.
Con una especie de gratitud cansada.
Se incorporó despacio.
Al levantarse, vio el móvil sobre la mesilla.
Boca arriba.
A la vista.
Eso habría sido impensable unas semanas antes. Antes lo dejaba siempre boca abajo, como si la pantalla pudiera mirarla. Como si cada llamada fuera una acusación. Como si el aparato no fuese un objeto, sino una frontera.
Pero aquella noche lo había dejado así.
Visible.
Mudo.
Domesticado.
Había una notificación pendiente del buzón de voz.
No la abrió.
Tampoco la borró.
La dejó estar.
Aquello le pareció importante. No obedecer al miedo, pero tampoco fingir que no existía. Dejarlo ahí, sentado en una silla, sin darle las llaves de la casa.
Se puso una bata y salió al pasillo.
Ana dormía en el sofá con una mano fuera de la manta y el pelo convertido en una declaración de independencia. A sus pies, el libro de la noche anterior había caído al suelo, abierto por una página cualquiera, como si también él se hubiera rendido.
Carmen se acercó despacio.
Le subió la manta hasta los hombros.
Ana murmuró algo incomprensible.
—El limón después… —dijo entre sueños.
Carmen tuvo que taparse la boca para no reír.
Fue a la cocina.
Allí estaban el delfín azul de la nevera y la nota rosa.
Recordar:
vivir.
cantar.
quedarse.
La leyó varias veces.
Había palabras que, al escribirlas, parecían más pequeñas que lo que significaban. Quedarse, por ejemplo. O perdonarse. O madre. O adiós. Palabras breves, casi pobres, incapaces de cargar con todo lo que se les cuelga encima.
Carmen apoyó los dedos sobre la nota.
Luego abrió el armario y preparó café.
Mientras la cafetera empezaba a calentarse, buscó pan, aceite, tomate, las cerezas que quedaban y unas galletas que había comprado sin pensar. Puso tres tazas sobre la mesa. Tres platos. Tres servilletas.
La casa, otra vez, componía su bodegón matinal.
Y Carmen tuvo una sensación extraña: no estaba atendiendo a invitados. Estaba sosteniendo una mañana.
Eso era distinto y divertido a la vez.
Salió al balcón con la primera taza.
El mar estaba sereno. No limpio del todo, porque después de una tormenta el mar tarda en recolocarse. Había algas junto a la orilla, restos de espuma, una botella de plástico atrapada cerca de unas rocas, varias huellas interrumpidas por el agua.
El mundo nunca queda intacto después de lo que pasa.
Pero queda.
Eso también empezaba a entenderlo.
Bebió café.
Entonces sonó el timbre.
Carmen se quedó inmóvil.
No esperaba a nadie.
El sonido del timbre, seco y doméstico, atravesó el piso con una precisión incómoda. Ana se despertó de golpe en el sofá.
—¿Incendio, visita o Hacienda? —murmuró, abriendo un ojo.
Eduardo apareció en el pasillo, despeinado, con una camiseta arrugada.
—¿Pasa algo?
El timbre volvió a sonar.
Carmen dejó la taza sobre la mesa.
Notó que el cuerpo le respondía antes que la razón: el pecho tenso, la boca seca, las manos más frías. No era pánico. No exactamente. Era la vieja guardia levantándose en las murallas.
Ana se incorporó.
—¿Esperas a alguien?
—No.
Eduardo miró hacia la puerta.
—¿Quieres que abra yo?
Carmen estuvo a punto de decir que sí.
Fue un impulso pequeño, razonable, casi invisible.
Pero no.
Si aquella casa iba a ser suya, también tendría que ser suya la puerta.
—Abro yo.
Ana no se levantó.
Eduardo tampoco.
Y Carmen agradeció que no lo hicieran.
Caminó hasta la entrada.
Miró por la mirilla.
Al otro lado había una mujer mayor.
Baja, fuerte, con el pelo blanco recogido en un moño y una bolsa de tela colgada del brazo. Llevaba una chaqueta de punto azul marino y unas zapatillas negras. No tenía aspecto de amenaza. Más bien de vecina con derecho adquirido a enterarse de todo.
Carmen abrió.
—Buenos días.
La mujer la examinó de arriba abajo con una naturalidad brutal.
—Buenos días, hija. Soy Matilde. La del tercero.
Carmen parpadeó.
—Ah. Encantada.
—Te he traído esto.
Le tendió un plato cubierto con papel de aluminio.
Carmen lo cogió sin saber muy bien qué hacer.
—Gracias. ¿Qué es?
—Tarta de manzana. Me salió grande. Y como ayer os vi llegar mojados como gatos abandonados, pensé: estos necesitan azúcar o confesión.
Desde el salón, Ana tosió para disimular una risa.
Carmen apretó el plato contra sí.
—Es muy amable.
Matilde miró hacia dentro.
—¿Tienes gente?
—Sí. Unos amigos.
—Bien.
Lo dijo con tal seriedad que parecía haber aprobado un examen.
—Aquí no conviene estar demasiado sola al principio —añadió.
Carmen se quedó quieta.
Matilde no pareció notar el golpe que acababa de dar en el centro exacto de la habitación invisible.
—Yo llevo treinta y ocho años en este edificio —continuó—. He visto llegar a viudas, divorciados, jubilados, estudiantes, fugitivos de Madrid, poetas insoportables y un señor de Valladolid que decía que venía a curarse los bronquios y acabó abriendo una tienda de cometas. La gente cree que viene al mar a descansar. Mentira. Viene a que algo la mire sin hacer preguntas.
Carmen la escuchaba con el plato en las manos.
Ana ya se había levantado y asomaba discretamente desde el salón. Eduardo también.
Matilde los vio.
—Buenos días.
—Buenos días —dijo Ana.
—Buenos días —dijo Eduardo.
Matilde señaló el plato.
—No la comáis fría. Es una falta de respeto y luego las casas se llenan de tristeza.
Ana asintió con solemnidad.
—Estoy completamente de acuerdo.
Matilde la miró.
—Tú eres de las que manda.
—Me esfuerzo.
—Se nota. Pero no abuses. La gente rota necesita compañía, no aduanas.
Ana se quedó muda.
Carmen abrió los ojos.
Eduardo bajó la mirada para ocultar una sonrisa.
Matilde volvió hacia Carmen.
—Bueno, hija, no molesto más. Si necesitáis sal, azúcar, herramientas o saber quién es quién en la finca, me llamáis. Lo sé todo. No porque sea cotilla, sino porque tengo memoria.
—Gracias, Matilde.
La mujer se dispuso a irse, pero se detuvo.
—Ah. Y otra cosa.
—¿Sí?
—Anoche te oí cantar.
Carmen sintió que se le subía el calor a la cara.
Ana miró al suelo.
Eduardo se quedó quieto.
Matilde levantó una mano.
—No te preocupes. Cantabas bajito. Y mal.
Ana soltó una carcajada imposible de contener.
Carmen también, por vergüenza y alivio.
Matilde sonrió apenas.
—Pero eso es lo de menos. Lo importante es que cantabas. Aquí, en este edificio, hemos oído cosas peores. Discusiones por herencias, batidoras a las siete, turistas alemanes cantando rancheras y al del segundo ensayando saxofón durante la pandemia. Tú puedes cantar tranquila.
Carmen no supo qué decir.
—Gracias.
—De nada. Y sube un poco la voz la próxima vez. Si una va a desafinar, al menos que el mundo se entere.
Y se fue.
Carmen cerró la puerta despacio.
Durante unos segundos, los tres se quedaron callados.
Luego Ana dijo:
—Matilde es claramente una institución.
Eduardo añadió:
—Una institución con tarta.
Carmen miró el plato.
No sabía por qué, pero tenía ganas de llorar y de reír al mismo tiempo.
—Dice que canto mal.
—Bueno —dijo Ana—. Era importante que alguien lo dijera con legitimidad vecinal y experiencia en la vida.
Carmen se echó a reír.
Esta vez no le dolió el pecho.
Llevaron la tarta a la cocina.
La calentaron un poco en el horno, obedeciendo las instrucciones de Matilde como si fueran mandamientos. Mientras tanto, Ana preparó más café, Eduardo puso la mesa y Carmen sacó unos platos pequeños que aún conservaban la pegatina del precio del Ikea.
El desayuno se volvió domingo de verdad.
Tarta de manzana, café fuerte, pan con aceite, cerezas, el mar en la ventana y una nueva presencia en la casa: la certeza de que el mundo exterior no siempre llamaba para herir.
A veces llamaba con una vecina y una tarta.
Ana probó el primer bocado.
Cerró los ojos.
—Matilde debería gobernar.
Eduardo asintió.
—Mínimo una consejería.
—No. Gobernar entero. Con tarta y frases terminales.
Carmen comía despacio.
La tarta estaba tibia, dulce sin exceso, con la manzana casi deshecha y un punto de canela. Le recordó a algo. No sabía a qué exactamente. Quizá a una infancia ajena. Quizá a una casa que no había tenido. Quizá a esa clase de calor que no exige biografía para consolar o incluso a una vida pasada de niña campestre.
Después del desayuno, Ana insistió en que debían bajar al mercado antes de que cerrara.
—Necesitamos comida decente para despedir el fin de semana.
—¿Despedir? —preguntó Carmen.
Ana se quedó inmóvil un segundo.
Eduardo también.
La palabra había entrado antes que la intención.
Carmen bajó la vista hacia la taza.
Claro. El fin de semana terminaba. Ana y Eduardo tendrían que volver. La casa regresaría al silencio. El sofá dejaría de tener forma humana. La mesa volvería a tener una sola taza por la mañana.
No era una tragedia.
Pero la tocó.
Ana se sentó de nuevo.
—Carmen.
—Estoy bien.
—Ya empezamos.
Carmen sonrió con cansancio.
—No. De verdad. Solo me ha dado pena.
Eduardo apoyó los codos en la mesa.
—Podemos quedarnos hasta la tarde.
—Lo sé.
—Y volver otro fin de semana.
—También lo sé.
Ana la miró con suavidad.
—La pena no siempre es alarma.
Carmen sostuvo esa frase.
La pena no siempre es alarma.
A veces era solo pena.
Un cuarto que se queda más vacío. Una visita que termina. Una mano que se suelta en la estación. Un domingo inclinándose hacia la tarde.
—Me da miedo que cuando os vayáis vuelva todo —dijo Carmen.
Eduardo fue a hablar, pero Ana levantó un dedo.
—No prometamos tonterías.
Carmen la miró.
Ana continuó:
—Algo volverá. Claro que volverá. Alguna noche se pondrá imbécil. Alguna mañana te costará hacer café. Alguna llamada te sentará mal. Algún pájaro cantará cuando no debe y querrás denunciarlo por falta de sensibilidad.
Carmen sonrió.
—Pero no volverá igual —dijo Ana—. Porque ahora está dicho. Porque ya sabemos dónde vive el animal. Porque tienes una vecina que hornea como si dirigiera una resistencia civil. Porque ese delfín horroroso vigila la nevera. Y porque tú ya has cantado delante de otros.
Eduardo añadió:
—Y porque puedes llamarnos.
Carmen lo miró.
—¿Aunque no sepa qué decir?
—Sobre todo entonces.
Ana levantó su taza.
—Las llamadas sin contenido son patrimonio de la amistad.
Carmen respiró despacio.
Miró el móvil, que seguía sobre la mesa.
Boca arriba.
Entonces hizo algo que no había planeado.
Lo cogió.
Abrió el buzón de voz.
Ana y Eduardo guardaron silencio.
La notificación era del número desconocido de la noche anterior. Carmen apretó reproducir.
Una voz masculina, joven, algo acelerada, llenó la cocina.
—Hola, buenos días. Llamo de la librería Puerto Norte. Nos ha llegado el libro que encargaste hace unas semanas, El canto de los pájaros al anochecer. Puedes pasar a recogerlo cuando quieras. Gracias.
El mensaje terminó.
Carmen se quedó mirando el teléfono.
Ana abrió la boca, pero no dijo nada.
Eduardo tampoco.
El título quedó en el aire con una ironía tan fina, tan cruel y tan perfecta que parecía escrita por alguien con demasiado sentido dramático.
El canto de los pájaros al anochecer.
Carmen empezó a reír.
Primero poco.
Luego más.
Ana también.
Eduardo se tapó la cara con una mano, riéndose con incredulidad.
—No puede ser —dijo Ana—. Esto lo firma un guionista con problemas.
Carmen dejó el móvil sobre la mesa.
La risa se mezcló con unas lágrimas pequeñas, pero no eran las de antes.
—Lo encargué antes de mudarme —dijo—. Ya ni me acordaba.
Eduardo sonrió.
—Parece que el libro sí se acordaba de ti.
Ana se levantó.
—Pues vamos a por él.
Carmen la miró.
—¿Ahora?
—Claro. Una librería ha invocado a los pájaros. Esto ya es misión.
—Pero íbamos al mercado y es domingo.
—El mercado puede esperar. La literatura no. Y menos cuando se pone tan descaradamente simbólica.
Carmen miró el móvil.
Luego la ventana.
Luego la nota rosa de la nevera.
Recordar:
vivir.
cantar.
quedarse.
Y sonrió.
—Vamos.
Se vistieron sin prisa.
Ana se puso el pañuelo rojo. Eduardo cogió su chaqueta. Carmen guardó las llaves, el móvil y, sin saber por qué, también la concha rota en el bolsillo.
Antes de salir, dejó el cuaderno azul sobre la mesa.
Abierto.
No escondido.
Ni cerrado.
Abierto.
La librería Puerto Norte estaba a quince minutos andando, en una calle estrecha que subía desde el paseo hacia el casco antiguo. Era una librería pequeña, con escaparate de madera verde y varios libros apilados con ese desorden meditado que solo saben fingir bien los buenos libreros y además abría los domingos porque organizaba encuentros literarios.
Dentro olía a papel, café viejo y polvo amable.
Un chico de barba corta levantó la vista desde el mostrador.
—Buenos días.
—Venimos por un libro encargado —dijo Carmen.
—¿Nombre?
—Carmen.
El librero buscó en una estantería detrás de él.
Ana, mientras tanto, ya había desaparecido entre las mesas de novedades con la velocidad de una depredadora culta. Eduardo hojeaba un libro de viajes. Carmen se quedó junto al mostrador, mirando unas postales antiguas de la ciudad.
El librero volvió con un volumen de cubierta gris azulada.
—Aquí está.
Carmen lo cogió.
El canto de los pájaros al anochecer.
El título estaba impreso en letras blancas.
En la cubierta había una rama oscura contra un cielo casi negro. Sobre ella, tres pájaros pequeños.
Tres.
Carmen pasó los dedos por la cubierta.
—¿Todo bien? —preguntó el librero.
—Sí.
Pero no era exactamente sí.
Era otra cosa.
Ana apareció a su lado.
Vio el libro.
Vio los tres pájaros.
No hizo broma.
Ese fue su modo de entenderlo.
Eduardo también se acercó.
Carmen pagó.
El librero metió el libro en una bolsa de papel.
—Que lo disfrutes.
Carmen sostuvo la bolsa contra el pecho.
Al salir de la librería, la calle estaba llena de sol. Un sol limpio, de después de lluvia. Bajaron despacio hacia el paseo.
Ana caminaba a un lado.
Eduardo al otro.
Carmen en medio.
Como el día anterior.
Pero ya no era igual.
Nada importante se repite exactamente.
Al llegar junto al mar, Carmen se detuvo.
Sacó el libro de la bolsa.
Lo abrió por la primera página.
Había una cita breve, impresa antes del inicio.
La leyó en silencio.
Luego en voz alta:
—“Todo lo que canta sabe algo de la noche”.
Ana se cruzó de brazos.
—Bueno. Este libro viene con ganas de hacer daño elegante.
Eduardo miró al cielo.
—O de hacer compañía.
Carmen cerró el libro.
El mar brillaba.
Las gaviotas gritaban en alguna parte, feas, vivas, necesarias.
Y entonces Carmen entendió algo.
No como se entienden las ideas.
Sino como se entienden ciertas verdades del cuerpo.
No tenía que elegir entre el dolor y la vida.
No tenía que traicionar a nadie para seguir.
No tenía que pagar cada risa con una cuota de culpa.
Podía recordar y desayunar.
Podía llorar y comprar tarta.
Podía perder y caminar hacia una librería.
Podía no contestar una llamada una noche y abrir otra al día siguiente.
Podía cantar mal.
Podía quedarse.
Ana señaló una terraza cercana.
—Propongo segundo café.
—Apoyo la moción —dijo Eduardo.
Carmen miró el libro.
Luego a ellos.
—Yo invito.
—Eso ha sonado peligroso —dijo Ana—. Como a mujer que empieza a tomar decisiones.
—Puede ser.
Se sentaron en una mesa al sol.
Pidieron tres cafés.
Ana añadió una tostada “por si el alma necesitaba estructura”. Eduardo pidió agua. Carmen dejó el libro sobre la mesa, junto a su taza.
Durante un rato hablaron de cosas pequeñas.
Del mercado.
De Matilde.
Del delfín.
De si la tarta de manzana podía considerarse intervención terapéutica.
Del libro.
Del lunes que vendría.
Carmen escuchaba.
Y, por primera vez en mucho tiempo, la idea del lunes no le pareció una amenaza.
Solo un día.
Uno más.
Con sus peligros, sí.
Con sus grietas.
Con sus llamadas.
Con sus pájaros.
Pero también con café, con mar, con una vecina en el tercero, con una librería esperando, con una nota en la nevera y con una palabra escrita en secreto dentro del pecho:
quedarse.
Cuando volvieron al piso, el sol ya estaba alto.
Carmen abrió la puerta.
Entró primero.
Y antes de dejar las llaves, antes de quitarse la chaqueta, antes de hacer cualquier otra cosa, fue a la nevera.
Cogió el bolígrafo.
Debajo de la nota rosa, añadió otra palabra.
abrir.
La nota quedó así:
Recordar:
vivir.
cantar.
quedarse.
abrir.
Ana leyó por encima de su hombro.
—Bien.
Eduardo dejó la bolsa del libro sobre la mesa.
—Muy bien.
Carmen pegó el imán del delfín un poco más arriba, como si coronara la lista.
Luego miró la puerta del piso.
La puerta que había abierto esa mañana.
La puerta por la que había entrado la tarta.
La puerta por la que salieron hacia la librería.
La puerta por la que, más tarde, Ana y Eduardo se marcharían.
Y ya no le pareció una amenaza.
Le pareció exactamente lo que era.
Una puerta.
Algo que puede cerrarse.
Sí.
Pero también abrirse.
[✒︎△ | @D_S_Iglesias | ☕️🖋️♟️]
@Anhgi_ Así lo veo yo también, mientras no demuestren lo contrario. Todo es muy raro. Además de que esto ya parece el último ( o penúltimo) cartucho, fabricado por la derecha, que les quedaba para ir contra Pedro Sánchez.
Es que parece tal cual un tejemaneje.
Para que yo me entere…
Entonces, los de ICE hace seis años clonaron el teléfono a un empresario en Estados Unidos, se quedaron con todo el contenido del aparato y dejaron que el hombre se fuera tan tranquilo.
☑️ Y resulta que en ese teléfono había conversaciones de WhatsApp entre empresarios, medio en broma, diciendo cosas como “a ver si nos ayuda nuestro pana Zapatero” en unas gestiones.
Pero claro, ni se sabe si hubo orden judicial, ni administrativa para clonar ese teléfono, ni si se ha seguido la cadena de custodia… o sea, que esos chats los podría haber escrito hasta Perry.
☑️ Y justo ahora, cuando España se planta y no le consiente a Trump el abuso que quiere perpetrar en otros países, la administración americana decide mandar esos mensajes (guardados desde hace seis años) a la UDEF.
☑️ Y en base a eso -a que un tercero dijo a un cuarto : “nuestro pana Zapatero”- Calama ordena entrar en el despacho de Zapatero, le bloquean las cuentas a él y a sus hijas y le abren lo que parece una causa general.
☑️ Y por si fuera poco, en el registro encuentran una caja fuerte con joyas de familia que ahora tasan en más de un millón de euros… y resulta que los que las tasaron son familiares o gente muy cercana al Partido Popular.
Un esperpento todo.
¿Me olvido de algo?
@RondaAlegria@AntonioMaestre No conozco los códigos a esos niveles.
Lo que sé es que antes de acusar o insinuar algo tan grave hay que basarse en algo más que suposiciones.
La Xunta mantiene el nivel 2 de emergencia en el incendio de Padrón (A Coruña), que ha quemado más de 300 hectáreas
Informa @RadioCoruna
https://t.co/VpI0kBGnYU