En Colombia también se puede
Uno no escoge dónde nacer. Pero sí puede decidir dónde vivir. Y esa decisión depende, en muchos casos, de la educación y las oportunidades que se reciben a lo largo de la vida.
Yo soy hijo de una mujer paisa y un hombre inglés que se conocieron en Palmira y se fueron a Cali. De mi madre aprendí a trabajar berracamente y de mi padre a querer mi país, pues crecí viéndolo, añorando su patria. Varias veces lo vi con los ojos aguados escuchando el himno de Inglaterra. De manera que no solo nací en Cali, sino que decidí quedarme en Cali y vivir en Colombia.
Pero otras personas prefieren emigrar buscando mejores oportunidades laborales, al punto que hay más de cuatro millones de colombianos en el exterior. Es muy diciente que hayan tomado la decisión de dejar todo atrás para buscar un futuro mejor lejos de sus hogares. Lo que pasa es que en ciertos países sí que valoran la mano de obra. Por eso siguen emigrando: porque saben que afuera pueden ganar tres o cuatro veces más de lo que reciben aquí.
En el fondo entiendo esa decisión porque en Colombia no sabemos distribuir el ingreso. No solo en las empresas, sino en las transacciones diarias: cuando regateamos el precio de un aguacate en la calle, cuando le pedimos rebaja a la señora que arregla las uñas, cuando no le damos lo suficiente al que cuida el carro, cuando le decimos al jardinero que nos cobre más barato por su labor.
Hace más de 50 años yo andaba en las mismas, tratando de surgir con mi primer emprendimiento serio, vendiendo en la calle lo que yo mismo producía en una fábrica pequeña. Tiempo después, fui empleado de clase media. Ahora, a mis 81 años, tengo el privilegio de poder decir que he sacado adelante tres empresas con la ayuda de la gente. Y fue Colombia la que me brindó todas las oportunidades para salir adelante. Obviamente el trabajo duro está ligado a esas oportunidades que se me presentaron, porque este país es muy rico y tiene gente muy buena.
Lo que quiero decir con esto es que si yo pude surgir, estoy seguro que muchos colombianos también lo pueden hacer. Y para que eso sea posible, debemos aprender a redistribuir el ingreso. En Colombia hay once millones de personas con trabajo formal. Si recibieran un porcentaje de utilidades, tendrían más posibilidades de progresar e incluso podrían aspirar a montar sus emprendimientos. No solo para su propio beneficio, sino para que sus negocios crezcan y, en el futuro, ayuden a que más colombianos tengan estabilidad a través de la creación de empleos dignos donde les paguen a tiempo y bien. Tal como me pasó a mí.
Por eso escribo esto con orgullo: no me cabe la menor duda que aquí en Colombia se puede progresar. Pero los empresarios debemos cambiar nuestra mentalidad y preocuparnos más por lo social. Porque solo a través de las empresas es que se genera desarrollo y progreso.
La paz no se puede decretar
Siempre me he sentido mal por mencionar los dos secuestros que padecí pues no son nada, en términos de tiempo y sufrimiento, comparados con quienes han estado tantos años en cautiverio. El primero fue en el 2001 cuando el Frente 57 de las Farc nos secuestraron a seis personas en el Pacífico colombiano. Duré dos meses y medio en la selva chocoana y solo pude regresar a mi hogar pagando mi liberación. El segundo fue en el 2008 cuando el mayordomo de mi finca se dejó convencer para raptarme y entregarme al ELN. Fue un secuestro rápido y violento que duró solo cinco días gracias a la presión militar. Les faltó enviar un submarino por una acequia para rescatarme.
Cuando regresé al lado de mi familia, tomé la decisión de perdonar al mayordomo porque siempre he creído que todos los seres humanos nos merecemos una segunda oportunidad. Le prometí que si confesaba y colaboraba con las autoridades, le pagaría un abogado para que lo defendiera. Al cabo de un año recuperó su libertad.
El hecho de haber tomado esa actitud me dio una notoriedad que nunca busqué tener y que más adelante me llevaría a ser alcalde, porque a todo el mundo le pareció muy raro que un secuestrado perdonara a su secuestrador. Entonces me invitaron a participar en los diálogos de La Habana, lo que me dio la oportunidad de escuchar historias muy dolorosas de las víctimas del conflicto, pero también de decirles unas cuantas verdades a guerrilleros y militares acusados de violar los derechos humanos. Aún recuerdo al padre Francisco de Roux calmándome para que no llorara mientras los recriminaba. Pero la verdad nunca le ha hecho daño a nadie.
La violencia nos ha llevado a los colombianos a vivir contra la pared a pesar de que cada gobierno ha tratado de apaciguarla de muchas formas. Algunos han librado guerras frontales y otros han liderado procesos de paz. Sin embargo, seguimos viviendo en un país adolorido en el que se ha intentado todo, pero nada es suficiente. Todos queremos un Estado fuerte que nos proteja, pero todos también queremos vivir en paz. ¿Cuál es el camino que debemos seguir entonces?
No tengo la respuesta. Cada persona es dueña de su propia verdad y respeto todas las formas de pensamiento. A mí el perdón me reconcilió con la vida: me ayudó a vencer el miedo, a dejar atrás el rencor y a promover la esperanza a través del entendimiento. Por eso creo que la paz no se puede decretar. La paz es una actitud que debe nacer de cada quién.
"A mí el perdón me reconcilió con la vida: me ayudó a vencer el miedo, a dejar atrás el rencor y a promover la esperanza a través del entendimiento. Por eso creo que la paz no se puede decretar. La paz es una actitud que debe nacer de cada quién": @MauriceArmitage
https://t.co/Kc6OwJaiCZ
La paz no se puede decretar
Siempre me he sentido mal por mencionar los dos secuestros que padecí pues no son nada, en términos de tiempo y sufrimiento, comparados con quienes han estado tantos años en cautiverio. El primero fue en el 2001 cuando el Frente 57 de las Farc nos secuestraron a seis personas en el Pacífico colombiano. Duré dos meses y medio en la selva chocoana y solo pude regresar a mi hogar pagando mi liberación. El segundo fue en el 2008 cuando el mayordomo de mi finca se dejó convencer para raptarme y entregarme al ELN. Fue un secuestro rápido y violento que duró solo cinco días gracias a la presión militar. Les faltó enviar un submarino por una acequia para rescatarme.
Cuando regresé al lado de mi familia, tomé la decisión de perdonar al mayordomo porque siempre he creído que todos los seres humanos nos merecemos una segunda oportunidad. Le prometí que si confesaba y colaboraba con las autoridades, le pagaría un abogado para que lo defendiera. Al cabo de un año recuperó su libertad.
El hecho de haber tomado esa actitud me dio una notoriedad que nunca busqué tener y que más adelante me llevaría a ser alcalde, porque a todo el mundo le pareció muy raro que un secuestrado perdonara a su secuestrador. Entonces me invitaron a participar en los diálogos de La Habana, lo que me dio la oportunidad de escuchar historias muy dolorosas de las víctimas del conflicto, pero también de decirles unas cuantas verdades a guerrilleros y militares acusados de violar los derechos humanos. Aún recuerdo al padre Francisco de Roux calmándome para que no llorara mientras los recriminaba. Pero la verdad nunca le ha hecho daño a nadie.
La violencia nos ha llevado a los colombianos a vivir contra la pared a pesar de que cada gobierno ha tratado de apaciguarla de muchas formas. Algunos han librado guerras frontales y otros han liderado procesos de paz. Sin embargo, seguimos viviendo en un país adolorido en el que se ha intentado todo, pero nada es suficiente. Todos queremos un Estado fuerte que nos proteja, pero todos también queremos vivir en paz. ¿Cuál es el camino que debemos seguir entonces?
No tengo la respuesta. Cada persona es dueña de su propia verdad y respeto todas las formas de pensamiento. A mí el perdón me reconcilió con la vida: me ayudó a vencer el miedo, a dejar atrás el rencor y a promover la esperanza a través del entendimiento. Por eso creo que la paz no se puede decretar. La paz es una actitud que debe nacer de cada quién.
Pensar distinto es buen negocio
Hace poco, una periodista que admiro me dijo que deberían clonarme. Con mucha vergüenza le contesté que no sabía con qué finalidad alguien querría hacer semejante cosa, pues soy una persona con muchos defectos. Es más: si le preguntan a mi esposa, estoy seguro de que ella diría que no hay ninguna razón para hacerlo. Lo que pasa es que, por valorar la mano de obra, la gente cree que yo soy una especie de madre Teresa de Calcuta. Y eso no es así. Lo que yo hago es lo mismo que se hace en los países desarrollados más exitosos, que es que la dignidad y el trato justo sirvan de combustible para que las empresas sean más prósperas y productivas.
Este principio, aplicado al sistema capitalista, hace que cualquier negocio sea rentable. No hace falta romantizar la valoración de la mano de obra. Y no porque esté mal hacerlo, sino porque los empresarios debemos entender que pensar distinto es buen negocio. Por supuesto que esto implica cambiar algunas actitudes que desafortunadamente siguen arraigadas.
El fin de semana pasado, por ejemplo, a una mujer le tocó regresar descalza a su casa porque en el lugar que trabajaba le pidieron que devolviera sus zapatos de dotación. Eso, más allá de cualquier argumento jurídico, es atentar contra la dignidad humana. La primera obligación de quienes tenemos la oportunidad de dirigir un negocio, sea grande o sea pequeño, es velar por la felicidad y el bienestar de quienes trabajan con nosotros. Porque el mejor trabajo es el que realiza un trabajador contento, no un trabajador que es maltratado u oprimido.
Y velar por la felicidad de los trabajadores significa valorarlos por lo que son: seres humanos que trabajan para salir adelante. Ellos no trabajan por hacer un favor, ellos trabajan por un sueldo justo. Y si a ese sueldo le agregamos una retribución económica por las utilidades que ayudan a producir con su esfuerzo, no solo estarán más motivados, sino que ese ingreso adicional representará más eficiencia e ingresos para la compañía. Pagar bien no empobrece; pagar bien enriquece y hace que todos prosperemos.
Cuando un trabajador es tratado con dignidad y es bien retribuido, eso le permite ahorrar y que su familia pueda vivir tranquila. Entonces eso redunda en su desempeño laboral y en el éxito de la empresa que eligió para progresar.
Por eso, al final, lo que hay que hacer es ponerse en los zapatos de los trabajadores, no quitárselos: asegurar sus empleos, lograr que cada día estén mejor y entender que la única forma de desarrollar cualquier empresa es darles un trato digno y justo para que su prosperidad aumente cada día más.
Pensar distinto es buen negocio
Hace poco, una periodista que admiro me dijo que deberían clonarme. Con mucha vergüenza le contesté que no sabía con qué finalidad alguien querría hacer semejante cosa, pues soy una persona con muchos defectos. Es más: si le preguntan a mi esposa, estoy seguro de que ella diría que no hay ninguna razón para hacerlo. Lo que pasa es que, por valorar la mano de obra, la gente cree que yo soy una especie de madre Teresa de Calcuta. Y eso no es así. Lo que yo hago es lo mismo que se hace en los países desarrollados más exitosos, que es que la dignidad y el trato justo sirvan de combustible para que las empresas sean más prósperas y productivas.
Este principio, aplicado al sistema capitalista, hace que cualquier negocio sea rentable. No hace falta romantizar la valoración de la mano de obra. Y no porque esté mal hacerlo, sino porque los empresarios debemos entender que pensar distinto es buen negocio. Por supuesto que esto implica cambiar algunas actitudes que desafortunadamente siguen arraigadas.
El fin de semana pasado, por ejemplo, a una mujer le tocó regresar descalza a su casa porque en el lugar que trabajaba le pidieron que devolviera sus zapatos de dotación. Eso, más allá de cualquier argumento jurídico, es atentar contra la dignidad humana. La primera obligación de quienes tenemos la oportunidad de dirigir un negocio, sea grande o sea pequeño, es velar por la felicidad y el bienestar de quienes trabajan con nosotros. Porque el mejor trabajo es el que realiza un trabajador contento, no un trabajador que es maltratado u oprimido.
Y velar por la felicidad de los trabajadores significa valorarlos por lo que son: seres humanos que trabajan para salir adelante. Ellos no trabajan por hacer un favor, ellos trabajan por un sueldo justo. Y si a ese sueldo le agregamos una retribución económica por las utilidades que ayudan a producir con su esfuerzo, no solo estarán más motivados, sino que ese ingreso adicional representará más eficiencia e ingresos para la compañía. Pagar bien no empobrece; pagar bien enriquece y hace que todos prosperemos.
Cuando un trabajador es tratado con dignidad y es bien retribuido, eso le permite ahorrar y que su familia pueda vivir tranquila. Entonces eso redunda en su desempeño laboral y en el éxito de la empresa que eligió para progresar.
Por eso, al final, lo que hay que hacer es ponerse en los zapatos de los trabajadores, no quitárselos: asegurar sus empleos, lograr que cada día estén mejor y entender que la única forma de desarrollar cualquier empresa es darles un trato digno y justo para que su prosperidad aumente cada día más.
Los merecidos, parte II
A todas las empresas les llega el momento de relevar a quien las ha dirigido en el último tiempo. Y cuando ese momento llega, quedan abocadas a decidir quién será la persona indicada para continuar liderándolas. Entonces surgen dos clases de candidatos: los que pueden heredar el mando y los que son capaces de ganárselo con sus propios méritos. Pero una cosa es ser heredero, y otra cosa muy distinta es ser sucesor. La diferencia radica en la actitud que cada uno tiene frente a la vida.
El heredero es aquel que está acostumbrado a merecerlo todo y que sus necesidades sean suplidas rápidamente sin dar nada a cambio. Eso hace que permanezca dentro de una burbuja, alejado de la realidad, habituado a que lo sirva la gente que lo rodea. Se trata de un merecido sin empatía ni sensibilidad social, que siempre ha estado convencido de que no hay necesidad de meter sus pies en el barro para surgir, pues cree que se merece todas las comodidades por obra y gracia divina.
El sucesor es el que pese a recibir poco o mucho es humilde, construye paso a paso, con las uñas, trabajando duro y teniendo calle; comprendiendo que la única forma de salir adelante es rompiendo la burbuja para dejar atrás los privilegios y entender que nada en la vida es regalado; que para triunfar hay que caerse mil veces, levantarse y seguir luchando, y que para lograr que un grupo de personas confluyan y empujen hacia el mismo lado, primero hay que entender y valorar al ser humano.
No me cabe la menor duda que las empresas necesitan más sucesores que herederos. Personas que no crean que el mundo está en deuda con ellas. Gente que se haya hecho a pulso, que esté dispuesta a luchar y no a pasar de agache. Líderes que entiendan que una compañía es algo más profundo y más complejo que tener máquinas funcionando las 24 horas del día, y que la prosperidad no se consigue sacándole provecho al trabajador sino valorando al trabajador para sacarle el éxito. Individuos que, definitivamente, no sean unos merecidos.
"Pero lo cierto es que el mejor negocio es el que cada quien conoce. Y para conocer un negocio a fondo hay que ser perseverante tanto en las épocas malas como en las épocas buenas. Aunque todos los negocios tienen sus propias debilidades, entre menos tenga el que usted escoja, será más difícil que otros le pongan competencia": @MauriceArmitage
https://t.co/mog4qzadAL
La importancia de emprender
Siempre que mi madre me veía pasando trabajos por estar emprendiendo, porque fueron muchos los años que pasé trabajos para salir adelante, me daba el mismo consejo: que por favor me empleara, porque así tendría estabilidad. Y me ponía como ejemplo a mi hermano mayor, que en esa época trabajaba en una gran empresa, recibía un buen sueldo y vivía muy bien. Pero ya después de viejo fui yo quien terminó ayudándolo a él, porque su pensión no le alcanzaba para vivir la vida que mantuvo en su edad más productiva.
Esto no quiere decir que emplearse sea un error, porque ser empleado tiene muchas bondades. Y una de ellas es precisamente la estabilidad, que para mí fue de gran ayuda cuando fui empleado. De manera que mi madre no estaba equivocada. Pero da la casualidad que ese empleo que tuve fue en Sidelpa, la siderúrgica que me permitió conocer esa industria y sus debilidades, que fue lo que más adelante me impulsó a fundar Sidoc.
Lo anterior es muy importante porque hay todo tipo de negocios para emprender. Algunos son más fáciles que otros y todos tienen altibajos. Pero lo cierto es que el mejor negocio es el que cada quien conoce. Y para conocer un negocio a fondo hay que ser perseverante tanto en las épocas malas como en las épocas buenas. Aunque todos los negocios tienen sus propias debilidades, entre menos tenga el que usted escoja, será más difícil que otros le pongan competencia.
El hecho concreto es que aunque emprender puede ser arriesgado, también tiene sus bondades. Porque si uno logra surgir como empresario, eso sí que genera grandes aprendizajes y enormes satisfacciones que van mucho más allá de una vida estable y una pensión merecida.
Emprender es importante porque ayuda a salir de la burbuja, a tener calle, a conocer al ser humano y, lo más importante, enseña a tratar bien a la gente. Eso deriva en la oportunidad de progresar con la ayuda de esa misma gente hasta construir algo que genere una prosperidad colectiva que conduzca al éxito. Y puede ser que ese éxito se disfrute económicamente, pero se disfruta mucho más desde el punto de vista humano, porque definitivamente no hay nada más satisfactorio en la vida que ver que las personas que trabajan con uno también están progresando.
El pasado 10 de agosto dejó en evidencia varios de los retos que nos atraviesan como nación, pero también la capacidad de respuesta del territorio. CAMBIO organiza el #ForoTodosConstruimosPaís para profundizar en cómo la unión de las organizaciones y la ciudadanía se articula y levanta al país: https://t.co/RLLEoxq83u
@MauriceArmitage@AnzolaDeToro@PiedadBonnett
La importancia de las empresas
En los últimos diez días las empresas nacionales se han volcado a entregar grandes donaciones para atender a los damnificados del terremoto e iniciar la reconstrucción de lo que destruyó. Y eso está muy bien, porque esos aportes les han generado esperanza a quienes ahora ven el futuro con incertidumbre, y son importantísimos para que Colombia resurja de sus cenizas. Sin embargo, la verdadera función social de las empresas no está en la generosidad de sus donaciones sino en la manera como se desarrollan para construir un país más justo, solidario y equitativo.
Cuando alguien decide fundar una empresa, su primer objetivo es que su familia esté bien. Una vez logra suplir esa necesidad personal, el siguiente paso es velar por el bienestar de quienes hacen posible que esa empresa crezca, que son los trabajadores. Entonces cuando ellos son valorados como seres humanos y ven que pueden progresar en el lugar donde decidieron trabajar, es cuando empieza a configurarse una comunidad fuerte donde la confianza hace que todos halen para el mismo lado.
Ese sentido del trabajo mancomunado, en el que la gente se cuida mutuamente y el crecimiento es compartido, le da muy buenos réditos a la sociedad. Y uno de ellos es el de la solidaridad, justamente la cualidad que mejor ha retratado la grandeza del pueblo colombiano en las últimas semanas: ver a la gente humilde sacando comida de su mercado para compartírsela a los más desvalidos es muy diciente, y tiene un valor incalculable debido al enorme esfuerzo que hicieron para dar lo que les hacía falta y no lo que les sobraba.
Siguiendo con la importancia del aparato productivo, una vez un empresario alcanza la satisfacción de ver que su gente también está progresando, el paso que le queda por dar es tratar de incidir en el bienestar de la región donde decidió establecer su empresa. Y la mejor manera de hacerlo es irrigando precisamente los valores que la hicieron crecer: el valor de caer, levantarse y no darse por vencido; el valor de luchar contra cualquier adversidad para salir adelante; el valor de la resiliencia; el valor del trabajo colectivo; el valor de ser solidario con el otro; el valor de encontrar soluciones; el valor de la innovación; el valor de trabajar duro y el valor de ser buena persona.
Esa es la verdadera función social de las empresas: fortalecer a la sociedad con una actitud de vida para que obtenga las mismas oportunidades de progreso que han tenido sus trabajadores a lo largo de los años, una actitud que tarde o temprano termina manifestándose para superar situaciones tan complejas como la que estamos viviendo. Por esa razón debemos valorar mejor a las empresas: no por productivas, sino por el inmenso capital social que generan.
Hay momentos que nos recuerdan que un país se construye mucho más allá de sus calles y sus edificios, se construye con su gente.
Y cuando nuestra gente nos necesita, estamos ahí.
Sabemos que la solidaridad también construye. Hoy seguimos unidos, sumando, creyendo y acompañando.
Solidaridad
El desastre que ha ocasionado el terremoto en Colombia es enorme. Y las imágenes que reflejan la dimensión de esta tragedia son de una tristeza absoluta.
Muchísimas personas están devastadas por haber perdido sus familias, sus hogares y sus emprendimientos. Sin embargo, la respuesta de la gente ha sido de admirar, pues miles de colombianos, sin importar su clase social ni su orientación política, se han volcado a las calles a trabajar hombro a hombro en las zonas afectadas, donando también lo necesario para apoyar los rescates. Ninguna ayuda es poca. Cada aporte suma y nos hace crecer en humanidad como sociedad. Desde las donaciones que han anunciado los grandes grupos económicos hasta los aportes que han hecho las personas más humildes, a quienes es justo enaltecer por el enorme esfuerzo que han hecho al compartir lo poco que tienen en favor de los damnificados.
Quiero destacar esa actitud por encima de todo, pues los colombianos estamos demostrando que cuando nos ponemos en los zapatos del otro y actuamos solidariamente, somos capaces de salir adelante. En el fondo todos venimos a este mundo a ayudar a los demás. Y esa solidaridad es importantísima para servir a todas las personas que ahora mismo se sienten sobrepasadas por esta situación tan dura. Seguir actuando con concordia es clave para amainar tantas angustias, pues hay mucho por reconstruir.
La prioridad en mi alcaldía fue mejorar la educación en todos los aspectos. Y como éramos conscientes del riesgo que los terremotos representan para los colegios, desarrollamos el Plan Maestro de Infraestructura Educativa con el apoyo del Banco Mundial para que lo ejecutaran en las siguientes alcaldías. Este plan fue concebido para reforzar todas las instituciones educativas de Cali con el fin que fueran sismorresistentes y seguras. Por esta razón las donaciones destinadas para los colegios de la ciudad cobran más relevancia, ya que ayudarían a sacar adelante este plan maestro, que bien podría ser replicado en el resto del país para hacerlo menos vulnerable ante estos desastres naturales.
A todas las personas que han trabajado día y noche removiendo escombros para rescatar a las víctimas, mi respeto y admiración, pues con su ejemplo han irrigado la solidaridad para que más personas se sumen a ayudar a los afectados. Y a quienes lo han perdido todo, les dejo este mensaje: no desfallezcan, pues lo más importante en la vida es ser capaces de levantarnos ante la adversidad para volver a surgir.
Mi compromiso con el Hospital Universitario del Valle, Cali y la región es incondicional. Por eso, además de hierro y cemento, he tomado la decisión de donar $20.000 millones al fondo creado por @ProPacificoOrg y el sector empresarial para apoyar la reconstrucción de Cali, Buenaventura y el norte del Valle. Entre todos saldremos adelante.
Por un Estado confiable
Entre todos los cambios que se irán dando con la llegada del nuevo gobierno, los que han generado más expectativa son los que tienen que ver con la inseguridad y la corrupción, dos problemas gravísimos que llevan décadas perjudicando al país.
Por un lado, Colombia necesita fortalecer urgentemente a la Policía y el Ejército para recuperar la seguridad tanto en las ciudades como en el campo. Una fuerza pública más numerosa, mejor dotada y con el apoyo incondicional del Gobierno, no solo infundirá más respeto y obtendrá mejores resultados, sino que hará que los colombianos nos sintamos mejor protegidos.
Por otro lado, la gente está hastiada de la corrupción. Se volvió algo normal que cada cierto tiempo sale a relucir un nuevo escándalo que involucra a funcionarios más interesados en enriquecerse a costa del erario que trabajar honradamente por el progreso del país. Infundir un gobierno que no se deba a los políticos sino a la gente es el primer paso para combatir esa corrupción de manera eficaz.
Pero definitivamente para lograr ambos propósitos, hay que tener la plena convicción de recuperar la dignidad del servicio público. Si el Estado es manejado con nitidez y pulcritud, la gente volverá a confiar en sus instituciones. Y esa confianza es el mejor capital que puede tener un presidente para sacar adelante las iniciativas sociales que mejor beneficien al pueblo colombiano.
Posdata: el desastre que ha ocasionado el terremoto en Colombia es enorme. Sigamos siendo solidarios con las víctimas, y procuremos que esa solidaridad se irrigue para que más personas se sumen a ayudar a todos los damnificados.