El Grifo, una de las criaturas híbridas más recurrentes en la antigüedad, no nació en el panteón griego, sino que fue un fascinante préstamo de las culturas de Oriente Próximo, con representaciones documentadas en el arte de Mesopotamia, Asiria y Persia desde la Edad del Bronce. Su concepción física es un magistral resumen de poder en el mundo animal: la parte delantera de un águila colosal, con pico ganchudo, vista penetrante y poderosas garras, unida a la parte posterior de un león, el rey terrestre, con cuerpo musculoso y patas firmes. Esta fusión de el rey de los cielos y el rey de la selva cimentó su estatus como "rey de todas las criaturas", simbolizando un dominio dual sobre la tierra y el aire, una fuerza indomable y una vigilancia inquebrantable que trascendió fronteras culturales.
El primer testimonio escrito que popularizó al Grifo en Occidente proviene del historiador griego Heródoto, alrededor del 450 a.C. En su obra "Historias", el autor menciona a estas fieras cuadrúpedas como guardianes feroces del oro en las remotas tierras de los Hiperbóreos, en el extremo norte, más allá de Escitia. Heródoto atribuye esta información a la desaparecida Arimaspea, un poema épico anterior del viajero Aristeas de Proconeso. En esta tradición, los Grifos eran rivales constantes y temibles de los Arimaspos, un pueblo de un solo ojo, quienes intentaban robar el precioso metal. Así, en la literatura clásica griega, el Grifo se consolida no como una deidad o un participante activo en las grandes leyendas mitológicas, sino como el centinela por excelencia, el custodio natural de incalculables riquezas geológicas.
Aunque su papel mitológico griego no era central, el Grifo se asoció íntimamente con el dios Apolo. Los textos y el arte le confirieron el honor de ser la montura o el animal consagrado al dios solar, se dice que tiraban del carro de Apolo en su viaje diario de Oriente a Occidente, haciendo del Grifo un símbolo de la luz divina, la justicia y el conocimiento. Además de Apolo, los Grifos fueron adoptados por otras deidades como Némesis, la diosa de la venganza y la retribución, a menudo representados con una pata sobre una rueda, simbolizando el ciclo ineludible del destino. Esta conexión divina elevó al Grifo de simple guardián de tesoros a emblema de la vigilancia cósmica, el castigo justo y la soberanía del orden divino.
Las descripciones antiguas del Grifo a menudo se centran en su pico y sus garras, poderosos y ganchudos. Esta característica, tan detallada y recurrente, ha llevado a estudiosos modernos a proponer una fascinante teoría paleontológica que podría explicar el origen de la criatura. Se argumenta que las leyendas de los Grifos podrían haberse originado en Asia Central, donde las tribus que explotaban arenas auríferas se encontraban con frecuencia con grandes fósiles de dinosaurios con pico, como el Protoceratops. Aunque este vínculo es especulativo, refleja la seriedad con la que los antiguos trataban a la criatura. El Grifo, para autores como Plinio el Viejo, era una realidad zoológica, un ser salvaje de la India con plumas de colores que realmente existía para resguardar su nido de oro.
Con la transición a la Edad Media, el Grifo mantuvo su prestigio y adquirió un profundo significado alegórico en los Bestiarios. Su naturaleza dual, de águila y león, se reinterpretó en el contexto cristiano, convirtiéndose en un poderoso emblema de Jesucristo: el águila simbolizaba la divinidad de Cristo, capaz de ascender a los cielos, mientras que el león representaba su humanidad y su resurrección (pues se creía que el león dormía con los ojos abiertos). Así, el Grifo pasó de custodio pagano de oro a vigilante de la santidad, encarnando la doble naturaleza de Cristo. Su figura se convirtió en un elemento decorativo habitual en la arquitectura gótica y la heráldica, simbolizando fuerza, coraje y vigilancia incesante contra el mal y la avaricia.