Tenemos país gracias a los coyas y matacos que aguantaron el avance realista en el norte.
Estos porteñitos son todo lo que Don José De San Martin detestaba.
A mí lo que sinceramente me parece fascinante es que sea un fenómeno tan imposible de ser globalizado, traducido a otras latitudes. Es nuestro. A nadie más le importa. Todo nuestro. Un tesoro enterrado en el fin del mundo.