Te confieso algo: hay días en que rezo mal. Distraído, con prisa, pensando en otra cosa. Y he descubierto que Dios prefiere una oración fea hecha que una hermosa imaginada. Reza mal, pero reza.
Cuanto más tiempo paso sin algo, menos lo anhelo. Me adapto. Me desapego. Hago las paces con el hecho de ya no tenerlo. Y una vez que realmente suelto a una persona o una situación, no hay vuelta atrás.
La gente no se da cuenta de cuánto lucho conmigo misma antes de finalmente soltar algo. Pero cuando lo hago, es definitivo. No regreso a aquello que me obligó a romperme el corazón para poder alejarme. Cuando se acaba, se acaba
Somos bendecidos mas veces de lo que creemos.
Volver a casa, preparar comida, descansar, leer, hacer ejercicio, hablar con tu familia, salud para dormir en paz.
Eso que llamamos rutina es, en realidad, una forma silenciosa de abundancia.