No se deje engañar. Usted se encuentra ante una disyuntiva profunda, compleja y verdaderamente trágica, de esas que no se resuelven con consignas ni con impulsos, sino con una conciencia histórica y moral muy elevada. No es una decisión fácil para ningún líder, y menos aún en un país como Honduras, donde cada decisión política arrastra consecuencias que trascienden al individuo y se inscriben en el destino colectivo.
Por un lado, está el camino de persistir en la lucha por esa abstracción que llamamos "voluntad popular", una noción legítima, necesaria, pero también frágil cuando se instrumentaliza o se absolutiza. Ese sendero, aunque noble en apariencia, entraña riesgos evidentes: revive y alimenta, quiera usted o no, la inercia de partido como Libre que muchos ciudadanos perciben como agotado, moribundo, y del cual una parte significativa del país ha expresado su hartazgo. Aun negándolo, ese esfuerzo termina devolviéndole poder, estructura y oxígeno político. A ello se suma una realidad imposible de soslayar: una potencia externa, con intereses claros, respira sobre los hombros de la nación y de su liderazgo, condicionando los márgenes de maniobra de cualquier proyecto presidencial.
Por otro lado, se abre el camino de aceptar la voz institucional, una voz que muchos perciben como adversa, fraudulenta al triunfo sin duda merecido por usted. Esta ruta tampoco es cómoda ni justa en términos emocionales o éticos, pero recuerde que el tiempo, aquí, juega en contra; cada hora de incertidumbre erosiona la estabilidad, la confianza y la paz social. En este escenario, el riesgo es aún más grave: una convulsión social que podría desbordarse, que podría teñir de sangre el asfalto de las calles hondureñas, y cuya responsabilidad, justa o injustamente, recaería sobre su figura. No es descartable, además, la sombra de una intervención extranjera, siempre latente cuando el orden institucional se percibe como amenazado.
En ambos caminos hay un precio que pagar. No existen salidas limpias ni decisiones indoloras. Las grandes disyuntivas históricas no premian a nadie con absoluciones morales completas. Por ello, ante decisiones de este calibre, ore. Medite en silencio. Escuche más de lo que habla. El ruido suele ser mal consejero, y la prisa, enemiga de la prudencia.
Sé que usted desea lo mejor para el país. No dudo de ello. Pero conviene recordar, como advertía Hayek, que el camino al infierno suele estar pavimentado de buenas intenciones. Aquí no solo se juega su destino político y personal; se juegan el futuro de miles de familias, la paz social, la estabilidad mínima que aún sostiene al país. A Honduras se le ha robado la Navidad, se le ha arrebatado la serenidad, se le ha sumido en una angustia colectiva que no merece prolongarse.
Si el desenlace le es favorable, no se convierta en inquisidor. No se deje engañar por la tentación del resentimiento. Sea, ante todo, agradecido: con Dios, y con un partido de más de cien años que ha sido columna vertebral de la historia política nacional y que ha dado victorias, luces y también errores, como toda institución viva. El Partido Liberal es una raíz profunda del sistema político hondureño; de él surgieron ramificaciones decisivas: en 1903 Manuel Bonilla salió de sus filas para fundar el Partido Nacional; en 2010, de su seno emergió el Partido Libre. Esto demuestra que el liberalismo hondureño es una institución mayor que cualquier ambición personal y que, por su propia naturaleza histórica, debe mantenerse unido.
Sea magnánimo en la medida de lo posible. Los grandes hombres no se definen solo por su capacidad de vencer, sino por su habilidad para perdonar, para impartir justicia sin odio, para comprender que la venganza siempre termina dándole nueva vida al adversario. El odio no destruye al enemigo; lo fortalece, lo justifica y lo perpetúa. La verdadera grandeza, en cambio, deja cicatrices, pero también cierra heridas. Cuando algo escapa a nuestro control, la sabiduría consiste en soltarlo.
No Nasralla, no sos un demócrata, y sí actúas peor que los comunistas. Porque ademas de caprichoso, narcisista, mentiroso y bruto (para creer las mentiras que te dicen), además sos un cobarde.
No pudieron probar ese supuesto fraude que solo esta en la cabeza de los imbeciles mal nacidos de tus asesores, que saben muy que solo impugnando miles de actas sin razón podrían justificar esa mentira. ¿Acaso crees que el escrito de 600 páginas lo hizo alguno de los ineptos esos en menos de 24hs y sin tener las actas? Sabes muy bien (y si no te lo informo), que ese escrito lo tenia preparado Marlos Ochoa hace semanas, como parte de su plan de caos. ¿Te lo consiguió ella o él te lo dio a vos?.
Nasralla, cuando termine el escrutinio (que tus esbirros no quieren llevar adelante), acepta la derrota y dale paz a tu pais. El mundo sabe que perdiste. Hacelo con dignidad. Los votos ya están emitidos y reflejados en las actas que tiene el CNA, el COHEP, las misiones internacionales, etc.
Y no duden (vos y tu esposa) que este circo por ambición que hicieron y que le permitieron a Libre llevar adelante su plan, los va a llevar a tener que enfrentar la justicia, y asumir las consecuencias de esta infamia.
El caos y la mentira no te van a hacer presidente.
Reflexiona, porque te voy a decir lo que los imbeciles de tus asesores no te dicen: las consecuencias legales de estos actos las vas a pagar vos y tu familia.
Mientras ellos van a rosquear para conseguir chamba en alguna cueva de Libre, vos vas a pasear por tribunales y no vas a poder salir de Honduras por todas las causas que te vas a comer.
Termina el circo. Reflexiona y queda del lado de la historia de los buenos, de los estadistas y demócratas que realmente quieren lo mejor para du país.
Consejo gratuito de un asesor.