Acá lo tienen al antropólogo kirchnerista Fernando Cellerino, el miserable que amenazó de muerte a una mujer de 20 años por pensar distinto
Cuidado, no den RT a este post, no sea cosa que todo el mundo se entere que trabaja de agente de la salud en el @gcba y lo terminen echando
Hermoso Gaby acá muchos vivimos lo mismo aún estando en Argentina. Ese lugar de pertenencia lo recuperamos cada 4 años es muy difícil pero si se puede soy argentina hasta le médula y por eso sufro cuando nos quieren echar como lo hicieron con vos Viva Argentina Am Israel Jai😍
Solo le pido a Dios 90 minutos (y que la guerra no le sea indiferente).
Soy la expat más convencida de todas.
Y si bien supe ser más porteña que el Obelisco, las circunstancias me hicieron entender, con dolor, con frustración y con bronca, que mi lugar en el mundo ya no era la Argentina.
Llamemos a las cosas por su nombre: “las circunstancias” se llaman kirchnerismo.
Harta del kirchnerismo, de los kirchneristas y de las kirchneradas, elegí agarrar mi bolsito y mudarme a Medio Oriente.
Me traje lo que pude.
Pero no pude traerme mis librerías favoritas. Ni ese olor indescriptible.
No pude traerme a mis amigas de toda la vida y las sobremesas eternas.
No pude traerme las noches de teatro de la calle Corrientes. Ni la porción de pizza de Güerrín que me comía después de la función.
Pero con lo que me traje me alcanza. Y me sobra.
Me traje a mi familia. Me traje a Frida, mi Golden Retriever.
Traje en la valija varios paquetes de yerba y de dulce de leche, aunque hoy los consiga en el supermercado de la esquina.
Y con eso me alcanza. Les juro que me alcanza. Y me sobra.
Salvo unas pocas semanas cada cuatro años.
Porque, en mi vida cotidiana, si alguna vez me agarra nostalgia, me preparo un mate, unto una tostada con manteca y dulce de leche, me pongo a Piazzolla de fondo y la nostalgia se me pasa. O se me acentúa. Pero da lo mismo.
Porque lo que siento cada cuatro años es la madre de todas las nostalgias. Cada cuatro años me vuelvo a poner la bandera argentina en forma de camiseta.
Y miren que soy cero futbolera. Incluso muchas veces me cuesta entender, racionalmente, tanta pasión detrás de once millonarios corriendo detrás de una pelota.
Y nunca deja de darme bronca lo mismo que me daba bronca cuando vivía en la Argentina, que los argentinos se unan por el fútbol, pero no para condenar la corrupción.
Y nunca deja de darme bronca que los balcones se llenen de banderas solamente durante el Mundial, y que el patriotismo no exista con la misma intensidad el resto del año.
Me sigue doliendo una Argentina donde las diferencias políticas pesan más que el hecho de ser argentinos.
Imagínense que ahora hay pelotudos que quieren que la Selección pierda porque no es lo suficientemente peroncha. Jodidos de mierda.
Pero, en definitiva, me fui por las broncas. Y por los jodidos de mierda.
Y, por suerte, con los años la bronca va perdiendo potencia.
Ahora miro a la Argentina como se mira a un exmarido al que ya se le perdonó todo.
Mano a mano hemos quedado.
Sin embargo, hay un sentimiento desgarrador que vuelve cada cuatro años. Cada cuatro años extraño la picadita con amigos antes del partido.
Cada cuatro años extraño esos asados de después donde seguimos hablando de fútbol como si todos fuésemos Scaloni. Cada cuatro años siento taquicardia cuando perdemos. Y una extraña sensación de victoria personal cuando ganamos.
Y mañana, encima, jugamos contra Inglaterra. Y la puta madre que lo parió.
Porque ahí ya no jugamos solamente contra once jugadores ingleses. Ahí se nos juegan las Malvinas.
Ahí se nos juega el Diego y su gol con la mano. Ahí se nos juega esa extraña necesidad que tenemos los argentinos de convertir un partido de fútbol en una revancha simbólica de la historia. Todo tan ridículamente argentino. Todo tan obscenamente argentino. Todo tan profundamente argentino.
Y a mí, una vez cada cuatro años, todo lo argentino me eriza la piel.
Cada cuatro años vivo una paradoja brutal. Cada cuatro años extraño esa sensación de pertenencia cuya ausencia hizo que me fuera de la Argentina.
Porque a mí, de la Argentina, me expulsó la falta de pertenencia.
Y, sin embargo, cada cuatro años me pianta un lagrimón.
Estoy absolutamente convencida de que Israel es mi lugar en el mundo.
Y no cambiaría esta vida por ninguna otra.
Pero, les voy a ser sincera: hay un único momento en el que me gustaría teletransportarme.
Y son esos noventa minutos, cada cuatro años, cuando nuestros once millonarios salen a la cancha con la celeste y blanca.
Gabriela Keselman Lob