Ayer, en el salón de una vivienda de la calle Francisco Umbral, un sonómetro marcó 102,7 decibelios de media, con máximos de 107,7 y picos de 109,1.
El límite legal en zona residencial es 55.
Esto no es una anécdota de vecinos molestos. Es un problema jurídico serio. Abro hilo 🧵
1.636 millones para limpiar Madrid. Un contrato que vence en 2027 y puede prorrogarse sin concurso.
Sal a tu calle y mira alrededor. Y no te molestes en avisar a Línea Madrid: tu aviso se archiva.
Ahora hazle una foto. Se geolocaliza, queda con fecha y no se borra hasta las elecciones.
https://t.co/oGNOPX80RN
#madridestasucio
En la madrugada del 17 al 18 de agosto de 1936, hace noventa años, Federico García Lorca fue asesinado por los fascistas. Desde entonces, Granada no ha dejado de llorar.
Llegaron creyendo que sería un decorado para su propaganda. Encontraron vecinos que los señalaron y humillaron.
Esta es la lección de Ceuta a la ultraderecha. Y algunos tuvieron que escucharla mientras corrían.
Bueno, el buen señor me ha pedido que argumente por qué el parto es algo peligroso en humanos, porque no sabía que las mujeres han muerto como moscas por ello a lo largo de la historia. Así que vamos a complacerle y hacer un pequeño hilo sobre ello
Does anyone else find it crazy men can sexually transmit cancer to women and we just are like .. ok with that nd don’t encourage more men to get vaccinated against HPV ?
42% of all sexually active men carry HPV and because it does not show any symptoms to the male, and does not show up on any tests, he transmits it unknowingly and can give women cancer !!
It’s literally insane we do not discuss this more.
¿Cuándo cambió España el vino por la cerveza? La historia cotidiana de un vuelco, del vino de la taberna a la cerveza del bar. (Hilo)
Entras hoy en cualquier bar de España, pides una caña sin pensarlo y a nadie le extraña, porque la cerveza es ya la bebida que se sirve por defecto en la barra. Y eso en uno de los grandes países vinícolas del mundo, en la tierra de la Rioja y el Jerez, donde durante siglos se bebió vino como quien bebe agua, es una rareza con su historia interesante y el cambio es mucho más reciente de lo que parece y no ocurrió por las razones que uno imaginaría.
Cuando el vino era alimento
Hasta bien entrado el siglo XX, el español medio bebía vino a diario y en cantidades que hoy asustarían a cualquier médico. Las series que han reconstruido los historiadores económicos del vino, con Vicente Pinilla y Eva Fernández a la cabeza, sitúan el consumo en torno a los noventa y cinco litros por habitante y año a comienzos de siglo, esto es, más de un cuarto de litro diario por cabeza contando a niños, ancianos y abstemios. El vino era allí, mucho más que un placer de sobremesa, el combustible barato del jornalero y del campesino, un alimento que aportaba calorías a quien las quemaba en el campo y que acompañaba al pan en la mesa de las clases populares. Su templo era la taberna, centro de la vida del barrio y del pueblo, donde se fiaba el trago y se mataba el rato.
Aquel vino, eso sí, poco tenía que ver con el que hoy llena las copas de las denominaciones de prestigio. Era vino ordinario, comprado casi siempre a granel, pues todavía en 1968 el sesenta por ciento se vendía sin embotellar, de mucho grado y poca finura, y cerca del cuarenta por ciento de las familias lo rebajaba para poder beberlo a diario sin caer redondo. España bebía mucho vino, pero malo, y a diferencia de Francia no hizo a tiempo la apuesta por la calidad. La historiadora Eva Fernández ha estudiado el fenómeno: a finales de los años ochenta apenas uno de cada seis litros consumidos en España era vino fino, una proporción que los franceses habían alcanzado quince años antes. Bebíamos como una potencia vinícola y, a la vez, como un país que despreciaba su propio vino.
De la taberna al bar
La cerveza, mientras tanto, era cosa de minorías. Todavía hacia 1959, en una ciudad como Madrid, el vino acaparaba el setenta por ciento de la bebida que se consumía y la cerveza apenas un veintisiete. Lo que dio la vuelta al panorama fue el desarrollismo de los años sesenta, aquella década de éxodo del campo a la ciudad, con fábricas nuevas y televisores encendidos en algunos hogares. El historiador Alonso Moreno, que ha estudiado el sector cervecero español por dentro, a partir de las actas de una vieja fábrica jienense, resume el vuelco en una fórmula afortunada: el paso de la taberna al bar, del mundo rural al urbano, y con él del vino a la cerveza. Las cifras de producción acompañan la sentencia, pues la cerveza fabricada en España se multiplicó casi por cuatro en aquella década, de tres millones y medio de hectolitros en 1960 a más de doce millones en 1970, mientras en el resto de Europa crecía apenas un tercio.
Pesó también el turismo. Los millones de visitantes del norte de Europa que llenaron las playas a partir de los sesenta, bajo el reclamo de aquel 'Spain is different', eran bebedores de cerveza, y su gusto se contagió a un país que empezaba a mirar lo extranjero como sinónimo de lo moderno. La cerveza se vistió de cosa joven, urbana y nueva, mientras el vino a granel quedaba arrinconado del lado de lo viejo y lo campesino. Ayudó también el clima, pues una caña fría y ligera apetece bajo el sol de agosto más que un tinto denso de catorce grados. El formato hizo el resto, con la litrona, popularizada desde Barcelona, metiendo la cerveza en una casa que hasta entonces solo la conocía de la barra del bar. Y por encima de todo estuvo la publicidad, que halló en la televisión recién llegada su gran altavoz.⬇️⬇️
Está todo el mundo hablando de La Casita de Bad Bunny pero tengo la sensación de que casi nadie sabe su historia y su genealogía, lo cual es un poco perverso porque la historia de La Casita es tan intrincada como una peli de terror psicológico.
La cosa —y la casa— tiene un principio, que está en Long Island en 1947. Allí un tipo llamado William Levitt miró un campo de patatas y vio, en lugar de patatas, el futuro de la clase media estadounidense, que para él tenía forma de diecisiete mil casas iguales. Literalmente Iguales.
Levitt había aprendido en la Marina a construir barracones a toda velocidad y aplicó la misma idea al baby-boom de posguerra: dividió la construcción de una casa en veintisiete pasos, puso a un hombre a hacer solo el paso nueve durante el resto de su vida natural, y empezó a escupir viviendas a razón de una cada dieciséis minutos. El que ponía los grifos no sabía clavar un clavo y el que clavaba no había visto un grifo, y entre todos, sin que ninguno entendiera la casa entera, levantaron un suburbio del tamaño de una provincia. Se llamaba Levittown.
Que tú dices pues muy bien, vivienda barata y rápida. Y sí, eso lo era. Y racista también, porque el contrato de esas casas idénticas incluía una cláusula que prohibía venderlas a cualquiera que no fuera de raza blanca. Estaba escrito. Con tipografía. O sea, la utopía de la clase media pero no me pongas negros ni hispanos cerca.
Así que tanto Levittown como todas las urbanizaciones que se construyeron en las afueras, también las que no tenían la cláusula explícita, se llenaron de blancos que huían de las ciudades —esto tiene nombre técnico, White Flight, la fuga blanca, que suena a maniobra militar y en el fondo lo era— dejando los centros urbanos a quienes no podían comprar un chalecito. El resultado fue un paraíso siniestro de céspedes idénticos donde todo el mundo era exactamente igual porque por contrato no podía ser de otro modo.
Unos quince años después, un funcionario de Puerto Rico se fue a Toa Baja, al norte de la isla, y desplegó sobre una mesa los mismos planos. Otro Levittown. La promesa de la clase media estampada en hormigón, y todo dentro de algo llamado Operación Manos a la Obra, donde las manos eran las de los boricuas y la obra de los gringos.
Aquí no había cláusula racial porque sería algo absurdo en un lugar tan mezclado como Puerto Rico y, claro, también porque en la isla la exclusión funcionaba por canales económicos, no por los del color de la piel. O no solo. El caso es que el módulo de Levitt entró y dentro de cada casita idéntica un puertorriqueño se instaló a desear exactamente lo que un señor de Long Island había decidido que un estadounidense debía desear.
Pasan sesenta años. La arquitecta Mayna Magruder Ortiz mira una vivienda real en Humacao, ahora al este de la isla, mira los planos de Levittown, y hace lo que hacen los arquitectos, que es copiar. Según algunas revistas de arquitectura, Mayna Magruder combina la herencia del XIX con la urbanización de posguerra, pero el resultado es una casa que está por todo Puerto Rico. Rosa pastel. Cornisas amarillas. Sillas de plástico monobloc, las que pesan ochocientos gramos y aguantan a un obispo, las que tu tío apila de seis en seis al final de la fiesta, el grado cero de la civilización con clima benévolo. También tiene la misma cubierta plana, salvo que aquí no es tejado sino un sitio para bailar, porque alguien decidió en una reunión que esa cubierta que durante toda la historia de la arquitectura caribeña sirvió para no morir bajo la lluvia, fuese ahora un escenario con aforo.
Pero lo que más conocemos todos es el balcón con marquesina. El balcón de la casa obrera puertorriqueña era el órgano social de la vivienda, el sitio donde se enfriaba la cerveza, se vigilaba al vecino y se conspiraba contra el casero, el único lugar donde la clase trabajadora hacía la cosa verdaderamente subversiva, que es estar junta sin pagar entrada.
En La Casita de Bad Bunny el balcón también tiene aforo. Quince personas. Y las quince son Ester Expósito, Los Javis, Lamine Yamal, una cantante llamada Judeline cuyo nombre se evapora a mitad de pronunciación, influencers cuya influencia también está en proceso constante de evaporación, además de unas cuantas chicas desconocidas, blancas y europeas pero disfrazadas de caribeñas a las que un ojeador —y la palabra es exacta— ha elegido para que puedan competir entre ellas por quién sale más segundos en las pantallas gigantes, cinco, trece, veintiuno. Ah, y Marta Ortega, presidenta de Inditex, que baila dentro de la réplica de una casa de clase trabajadora mientras por los altavoces suena un tema sobre la gentrificación de la isla, sobre la mudanza forzosa, sobre la bandera celeste de los independentistas, y nadie en el estadio detecta el cortocircuito porque no hay cortocircuito, el aparato fue diseñado para que la crítica del aparato circule por sus propias cañerías sin tocar jamás una pared.
Y así, la marquesina donde el bisabuelo no tenía dónde caerse muerto es hoy el lugar más caro del universo al que no puedes comprar entrada, porque no se vende, solo se concede, que es la forma final del lujo, el lujo que ni siquiera te deja la dignidad de pagarlo.
En 1967 —poco después de la Operación Manos a la Obra— Guy Debord dijo que la sociedad contemporánea no era una sociedad basada en la imagen, sino que era una sociedad *que es* imagen. La Casita es esa frase hecha hormigón rosa. La sociedad del espectáculo ha localizado una cosa sin mercantilizar —la nostalgia del barrio, la silla de plástico— y la ha mercantilizado tan a fondo que la ha construido a escala 1:1, la pasea por cuatro continentes y te cobra cien euros por verla de lejos y ni siquiera te das cuenta de qué es eso que ves de lejos.
El espectáculo ha engullido la historia de La Casita, la ha digerido, la ha metabolizado y la ha regurgitado convertida en lo que siempre devuelve el espectáculo después de comer, que es más espectáculo.
Las fiestas de San Isidro son las más divertidas, las más importantes y las más madrileñas de todas. Y por eso merecen reflexión y evaluación con ánimo constructivo una vez pasadas. Son un reto enorme porque participan millones de personas, y hay que hacerlas cada vez mejor. 🧵⤵️
Dejo por aquí los nombre de los 7 empresarios que se han librado de la cárcel después de pagar por violar a menores en Murcia:
Juan Castejón Ardid (64 años, Murcia)
José Antonio Arce López (70 años, Beniaján)
Juan Peque Álvarez (72 años, León)
José Jara Albero (68 años, Alicante)
Antonio Giménez Pelegrín (81 años, Lorca)
Antonio Morales Nicolás (92 años, Murcia)
Juan Martínez Fernández (73, Murcia).
Ojalá todas las mujeres se dieran cuenta de la misoginia que hay implícita en el hecho de que los varones gays se refieran a sí mismos en femenino solo cuando es algo negativo: sidosa, guarra, puta, mala, petarda, mamarracha, loca, etc. Y se lucran, de paso.
"Madrid se está volviendo un lugar inhóspito. Así lo piensan muchos madrileños que presencian cómo mes a mes su situación en la que fue la ciudad donde nacieron, o que les acogió en algún momento, se hace más y más complicada."
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Un activista transgénero representará a las mujeres con endometriosis en el Parlamento británico. Steph Richards defiende que esa enfermedad, exclusiva de las mujeres, afecta a "personas de todos los géneros". Hay nombramientos que son una burla misógina
https://t.co/basCigpkD2
Yo os voy a recomendar una de las pocas marcas que mantiene su cadena de producción íntegra en España, (Madrigueras, Albacete), con una calidad inmejorable, materiales orgánicos, con patrones que sientan como un guante y precios razonables: Capitán Denim.
La Fundación Robert Capa ha prohibido al Ayuntamiento de Madrid la utilización de su nombre después de que este diera la espalda al proyecto de una plataforma de vecinos y artistas que han luchado por salvar de la demolición la vivienda de ladrillo donde el fotógrafo húngaro tomó la icónica fotografía de la Guerra Civil aparecida en 'The New York Times'
https://t.co/MY1A4mx4GJ
El 28 de febrero de 1953, dos hombres entraron en The Eagle, un pub de Cambridge, gritando: "¡Hemos descubierto el secreto de la vida!"
Brindaron por el ADN y por ellos mismos... y se "olvidaron" de mencionar un pequeño detalle: el descubrimiento no era suyo. Lo acababan de ver en la foto robada de una mujer que trabajaba a 80 km de allí. 🧵👇