Desconfío de todos aquellos a los que no les gusta una sola canción de los Beatles.
Pero desconfío mucho más de aquellos cuya canción favorita es Ob-La-Di, Ob-La-Da.
Hace tanto que no lloraba que su saliva, sangre y sudor, se habían convertido en lágrimas.
Su risa eran ahora gimoteos.
Los latidos de su corazón, enormes suspiros.