Exacto, qué bueno que en México no ha habido un Bolsonaro que purgue la Suprema Corte, militarice al país, prefiera el petroleo a energías renovables, capture instituciones electorales, criminalice inmigración, que sea amigo de Trump...
...o que distribuya una Cartilla Moral.
Una de las cosas más extrañas de la política mexicana es que seguimos discutiendo la historia como si fuera un argumento suficiente para absolver o condenar el presente.
Paren de decir que México será “la salvación de la izquierda latinoamericana”, a la luz de los resultados electorales en Brasil. La 4T no encarna buena parte de los valores de una izquierda moderna y progresista: contrapesos, instituciones autónomas, pluralismo, transparencia, libertades, rendición de cuentas. Sí, ha habido avances sociales y reducción de la pobreza. Pero también concentración del poder, militarización, debilitamiento institucional y reglas modificadas para inclinar la cancha. Levitsky y Way llaman “autoritarismo competitivo” a un sistema donde la oposición puede competir, pero en condiciones crecientemente desiguales. Ese debate describe mejor lo que ocurre en México que la romantización de una supuesta izquierda ejemplar.
Asusta lo actual de la definición de hombre-masa de Ortega: un ser hecho deprisa, montado sobre unas cuantas abstracciones, vaciado de su propia historia, sin entrañas de pasado, dócil. Y sobre todo: un caparazón de hombre constituido por meros idola fori que carece de intimidad.