Lukaku es hijo de migrantes y ha denunciado la doble moral que sufre en Europa: "Cuando marco, me llaman delantero belga. Cuando fallo, el delantero de ascendencia congoleña". Ha eliminado a EEUU del ultraderechista Donald Trump y se lo ha dedicado haciendo su bailecito. Grande.
Trump: "Llamé a la FIFA para pedirles que revisen la expulsión"
Art. 19 del Estatuto de FIFA: Queda expresamente prohibida la participación de gobiernos y terceros en las decisiones de las federaciones de fútbol
Trump acaba de admitir un delito y USA debe ser descalificada
Recordar cómo la URSS se plantó ante la FIFA en 1973 y se negó a jugar el partido de vuelta en el Estadio Nacional de Chile, en las eliminatorias del Mundial, después de que el genocida Pinochet convirtiera el estadio en un centro de tortura y exterminio.
La FIFA, aún con las gradas manchadas de sangre, se negó a anular el partido en Chile, todo lo contrario, le dio el partido perdido a la URSS por 2-0 y otorgó la victoria al regimen criminal de Pinochet.
La imagen fue dantesca, los jugadores de Chile marcando un gol ante un rival fantasma, por mera formalidad, con un cartel que decia "la juventud y el deporte unen hoy a Chile"... una juventud que fue masacrada por las calles por el carnicero de Pinochet.
La misma mafia de la FIFA que hoy se niega a expulsar a "Israel" de sus competiciones y que anuló una tarjeta roja a un jugador porque Trump lo ordenó, también apoyó el golpe de estado en Chile, toda la vida siempre al servicio del poder político del capital.
No se entiende la inconsecuencia de un gobierno que cuida con celo un pasto sintético, pero no tiene dudas en autorizar la construcción sobre un humedal, destruyendo no sólo "pasto", si no un ecosistema completo.
#SalvemosElHumedalPaicavi
Nobody wants data centers everywhere. Nobody wants flying cars. Nobody wants a city on Mars. Nobody wants AI in every app. Nobody wants a robot butler. All we want is clean water, we want bees to survive, and we want a habitable planet.
Proyecto de empresario que construyó “guetos verticales” fue sancionado por cortar bosque nativo en Villarrica 🔎 Incumplimientos reiterados perjudicaron superficie equivalente a 28 canchas de fútbol https://t.co/2BWceULvXr
Matamala se da un festín con el gobierno en esta columna.
Reconozco que me reí con la agudeza del autor, pero en el fondo es indignante:
“Y entonces, la solución es seguir haciendo lo que saben hacer. Seguir siendo oposición, aunque sea a un gobierno que ya hace cuatro meses que se acabó.
¿El desempleo solo ha subido desde que asumimos? Culpemos al gobierno anterior.
¿Estamos ahondando el déficit con una reforma tributaria desfinanciada? Acusemos al gobierno anterior.
¿El crecimiento económico es golpeado por el “bencinazo” del ministro Quiroz? Responsabilicemos al gobierno anterior.
¿Aparecen denuncias e irregularidades? “Auditemos” al gobierno anterior.
Es el extraño caso del oficialismo que se autopercibe oposición.
Una especie de therian de la política, que tiene el poder, pero está convencido de que no; porque percibe que todos los problemas ocurren por la fuerza fantasmal de un gobierno que ya no existe”.
https://t.co/NDd0uKXWzf
🇻🇪 La gente en La Guaira busca a sus muertos a pala y picota, sin máquinas para remover escombros, porque las que tiene el Estado están paralizadas por falta de combustible...
EN EL PAÍS CON LAS MAYORES RESERVAS DE PETRÓLEO EN EL MUNDO.
El Presidente, el niño y la regla de madera
Hay imágenes que no desaparecen nunca.
A veces basta un hecho ocurrido sesenta años después para que regresen con una claridad sorprendente.
Eso me ocurrió al ver las imágenes de Villarrica. Un Presidente intentando corregir a un niño que no respondió a su saludo. Muchos discutirán quién tenía la razón. Otros analizarán las palabras del mandatario o de la mujer que lo increpó. Con el paso de las horas aparecieron nuevos antecedentes sobre las personas involucradas y la justicia deberá hacer su trabajo.
Pero mi reflexión no va por ahí.
Ese niño me llevó de regreso a otro niño.
A mí.
Corría el año 1968. Yo cursaba sexto preparatoria, en medio de la reforma educacional que transformaría ese sistema en séptimo y octavo básico antes de la enseñanza media. Una profesora decidió castigar a quienes no habíamos llevado una tarea correspondiente a una asignatura que, paradójicamente, ni siquiera existía para nuestro nivel.
Nos puso en fila.
En sus manos llevaba una gruesa regla de madera nativa.
El castigo consistía en extender las manos para recibir el golpe.
Cuando llegó mi turno hice lo que cualquier niño asustado habría hecho. Extendí las manos y, en el último instante, las retiré. La regla golpeó con fuerza el borde del escritorio. Recuerdo el estruendo. Recuerdo el dolor en la mano de la profesora. Pero, sobre todo, recuerdo sus ojos. No eran los ojos de una educadora. Eran los ojos de una autoridad que había sido desafiada.
Corrí.
No escapé de la escuela.
Corrí hasta la oficina del director, el señor Flores, me escondí bajo su escritorio y le dije, con la angustia propia de un niño: «Me quiere pegar».
La profesora llegó segundos después, todavía con la regla en la mano.
El director la hizo salir.
No recuerdo sus palabras. Recuerdo sus actos.
Al día siguiente mi abuela fue a la escuela. Ella era profesora. Había dedicado su vida a enseñar. Admiraba a Pedro Aguirre Cerda y creía profundamente en la educación como herramienta para formar ciudadanos, no súbditos. Nunca me enseñó que los profesores fueran infalibles. Me enseñó que toda autoridad tiene responsabilidades y límites.
Después de esa conversación fui cambiado de curso. Más tarde supe que hubo una investigación administrativa y que la profesora pidió traslado.
Con los años comprendí que aquel episodio no trataba de una regla de madera.
Trataba de dos maneras completamente distintas de entender la autoridad.
La profesora creía que la autoridad se imponía mediante el castigo.
El director entendía que la autoridad comenzaba escuchando.
Esa diferencia me ha acompañado toda la vida.
Quizá por eso las imágenes de Villarrica me inquietaron más de lo que esperaba.
No porque un niño no haya dado la mano a un Presidente.
No porque un mandatario haya respondido.
Sino porque vi aparecer una vieja idea que atraviesa nuestra historia: la convicción de que la autoridad debe ser reconocida, obedecida y, si es necesario, reafirmada frente a quien no la valida.
No creo que esa forma de entender el poder sea patrimonio exclusivo de José Antonio Kast. La encontramos en hogares donde preguntar era considerado una insolencia; en escuelas donde el silencio valía más que la curiosidad; en cuarteles donde obedecer era la primera virtud; en iglesias donde disentir podía interpretarse como rebeldía; e incluso en organizaciones políticas de distintos colores que exigían disciplina antes que reflexión.
La Colonia nos dejó una estructura profundamente jerárquica. La hacienda reforzó la figura del patrón. La escuela tradicional reprodujo durante décadas una educación basada en la obediencia. Sin embargo, la democracia propone otra idea: la autoridad no deja de ser necesaria, pero deja de ser sagrada.
Un Presidente merece respeto por el cargo que ocupa, pero no reverencia. Un profesor merece consideración por su tarea, pero no licencia para humillar. Un padre educa mejor cuando convence que cuando impone.
Los espantosos videos de derrumbes en Venezuela son un excelente momento para recordar que en Chile los edificios caerían igual de espeluznantemente si no fuera por esa "permisología" que la derecha repudia y busca eliminar.