No hay cansancio más pesado que el de haber pasado toda la noche peleando con tu propia mente. Te levantas sintiendo que corriste un maratón, pero sin haberte movido de la cama.
Aveces me siento un mujeron haciendo mil cosas, resolviendo lo que está en mis manos, intentando ocuparme de todo y otras veces me siento como una niña de 5 años con el llanto atravesado que solo quiere un abrazo, que le digan que la quieren y que puede con eso y más.
Es curioso cómo muchas personas terminan en terapia no por algo que hicieron, sino por el daño que alguien más les causó y nunca asumió. Padres ausentes, parejas manipuladoras, amistades traicioneras, jefes explotadores… La lista es larga.