Sadio Mané, estrella del fútbol senegalés, gana aproximadamente 10,2 millones de dólares al año.
Algunos aficionados se quedaron atónitos al verlo con un iPhone 11 roto.
Su respuesta fue contundente: "¿Para qué querría diez Ferraris, veinte relojes de diamantes y dos aviones privados? Pasé hambre, trabajé en el campo, jugué al fútbol y no fui a la escuela. Ahora puedo ayudar a la gente. Prefiero construir escuelas y dar comida y ropa a los pobres. He construido escuelas y un estadio, y proporciono ropa, zapatos y comida a personas en situación de extrema pobreza. Además, doy 70 euros al mes a todas las personas de una región muy pobre de Senegal para contribuir a la economía familiar. No necesito presumir de coches de lujo, casas lujosas, viajes ni aviones. Prefiero que mi gente reciba algo de lo que la vida me ha dado."
@bonypertinezh@lortegadiaz Es posible que sea el Régimen, tratando de lavarse la cara, pero aún así, Luisa Ortega Díaz y Miguel Rodríguez Torres, son criminales de Lesa humanidad y deben pagar por sus crímenes.
Luisa Ortega Díaz, la justicia te alcanzará. Por las órdenes que ejecutaste, por las vidas que destruiste, por las violaciones a los DDHH que cometiste sirviendo al poder. Cambiar de bando no borra tus crímenes. Los crímenes de lesa humanidad no prescriben. Vas a pagar.
—No estoy de acuerdo con lo que hizo MCM y la medalla.
—Muy bien. Gánese el Nobel usted y nos muestra cómo lo haría.
—¡Qué escribiría Cabrujas!
—Escríbelo tú a ver cómo te va
—Venezuela ha sido humillada.
—No. Ud se siente humillado, vaya a terapia a ver qué tiene mal resuelto
@verdaddeeleazar ¡Excelente reflexión, estimado! Debemos mantenernos enfocados en lo que verdaderamente importa y estar alerta en las manipulaciones de los que tienen la soga en el cuello.
𝐄𝐥 𝐩𝐚í𝐬 𝐪𝐮𝐞 𝐜𝐚𝐛𝐞 𝐞𝐧 𝐮𝐧 𝐛𝐞𝐬𝐨
Historia y fibra de una nación familiar: la unión que @MariaCorinaYA convoca como destino.
Por Elizabeth Sanchez Vegas
María Corina Machado no repite la palabra “familia” por un tic sentimental. La repite porque conoce la anatomía secreta del país. Cuando dice que vamos a “reunificarnos en familia” y que traeremos “de regreso a casa” a los nuestros, está nombrando la reparación más urgente de Venezuela: no solo el cambio político, sino la costura humana. Ese énfasis tiene una razón histórica y otra íntima, y las dos se abrazan con la naturalidad con la que nosotros nos abrazamos en una puerta, en una despedida, en un reencuentro. La historia es simple y feroz: la tiranía entendió que para quebrar a un pueblo hay que aislarlo, volverlo sospechoso de su vecino, arrancarle a sus hijos, dispersar sus afectos por el mundo. Por eso la salida de millones no fue una fuga espontánea, sino una pieza calculada del engranaje. Y la íntima es todavía más clara: Venezuela no es una nación que se piense en frío. Es una nación que se siente en voz alta. Lo que nos han hecho es, sobre todo, una fractura del abrazo. María Corina toca esa herida y por eso, cuando habla de victoria, habla de mesas completas, de hogares sin pantallas de por medio, de aeropuertos que vuelven a ser bienvenida y no despedida. Habla, en el fondo, de lo único que siempre nos ha salvado: el calor del otro en la misma sala.
Para que el mundo entienda por qué eso es tan decisivo, hay que decirlo con nuestros códigos, con esas costumbres que afuera miran raro y que para nosotros son el idioma de la pertenencia. En Venezuela el afecto es un acto público. Nos saludamos con beso, con abrazo, con esa “besadera” que desconcierta a los nórdicos y a los anglosajones. Para ellos, el cuerpo marca distancia; para nosotros, la cercanía es la contraseña de entrada a lo humano. El beso en la mejilla no es coquetería automática: es una manera antigua de decir “te reconozco, no eres amenaza, eres de los míos, aunque te acabe de conocer”. En un país que nació mezclado, el saludo cálido fue siempre un modo de fundar confianza a velocidad de vida, de saltarnos el protocolo para entrar directo en la humanidad del otro. Por eso aquí un beso puede ser una casa en miniatura: dura dos segundos, pero te coloca adentro.
Y está “la bendición”. Ese rito cotidiano que uno pide a los mayores, a los abuelos, tíos, padrinos, padres, incluso a un hermano mayor y que a veces sorprende a quien viene de culturas más distantes. Pedir la bendición, es decir: “te necesito en mi mundo; tu vida me protege; tu lugar en la familia me sostiene”. Es fe, sí, pero también psicología social pura: un país que bendice a sus mayores es un país que no se ve como individuos sueltos, sino como cadena viva. Nosotros no pedimos bendición por costumbre: la pedimos porque, sin saberlo, estamos amarrando el mundo para que no se nos desbarate.
Nosotros nacimos en un territorio donde sobrevivir dependía de la red cercana: del conuco comunitario indígena, de la familia ampliada que resistió la colonia, del mestizaje que volvió la casa porosa y adoptiva, del compadrazgo que en el llano era ley de vida. Esa historia no es un pie de página: es la raíz de nuestra manera de sentirnos.
Antes de la República, los pueblos originarios vivían la vida en colectivo: sembrar, pescar, criar, curar, atravesar la montaña o el río, todo era una tarea compartida. La naturaleza venezolana, brava, inmensa, hermosa pero indómita, no se atraviesa solo. Esa fue nuestra primera escuela emocional: para existir, hay que juntarse. Allí el “yo” era una parte del “nosotros”, no al revés. Y esa herencia se nos quedó adentro como un órgano más.
La colonia, con todo su sistema de castas, intentó fijarnos en compartimentos, pero la realidad venezolana hizo lo contrario: mezcló. Indígenas, africanos esclavizados, europeos de distintas orillas terminaron creando un país donde la familia dejó de ser “un tronco puro” y se volvió tejido. Por eso en nuestra Venezuela el parentesco no es solo sangre: es cercanía, es refugio, es “pasa, estás en tu casa”. Esa elasticidad afectiva quedó en la cultura: el compadre se vuelve hermano, el vecino se vuelve tío, el amigo de infancia se vuelve primo y el desconocido que llega con hambre termina con nombre, abrigo y lugar en el corazón de todos. Nuestra identidad no se hizo a puertas cerradas: se hizo con la silla extra lista por si alguien golpeaba.
Luego estalla la Independencia y la familia entra en la épica. Bolívar no luchó como un solitario iluminado; luchó con la obsesión de rescatar una casa grande. Sus cartas muestran a un hombre atravesado por la ausencia del hogar, por la memoria de los suyos, por la necesidad de sostener una comunidad que era más que un Estado: era un destino común. Y cuando los llaneros se vuelven determinantes, llevan a la guerra su código tribal: lealtad de clan, compadrazgo, hombres que se protegen como hermanos, mujeres que sostienen la vida mientras la patria se decide a caballo. La República no se consolidó solo con batallas; se consolidó con esa cultura de familia extendida defendiendo un futuro, porque la libertad, incluso entonces, se entendió como algo que se vive en comunidad.
El siglo XIX nos dejó guerras civiles y pueblos desgarrados, sí, pero también una verdad que se repitió como latido: cada vez que el país se quebraba, lo que lo mantenía vivo era la red cercana. Abuelas criando nietos huérfanos, vecinos compartiendo comida, pueblos enteros sosteniéndose con la solidaridad cotidiana porque el Estado no alcanzaba o no existía. Venezuela sobrevivió a sus peores incendios no porque tuviera instituciones fuertes, sino porque tenía tejido humano resistente. El hogar fue el primer ministerio, la primera trinchera y la primera escuela.
Y después, en el siglo XX, cuando el petróleo trajo modernidad, la modernidad siguió apoyándose en la familia. Las grandes migraciones internas se hicieron por cadena de parientes; los barrios se levantaron con paisanos y primos; el negocio familiar se volvió ascensor social; la confianza circulaba como moneda. Luego llegaron los inmigrantes europeos y árabes de posguerra, familias completas que Venezuela adoptó y esa adopción nos reafirmó un rasgo hermoso: somos un país que se ensancha para que quepan otros. Venían con una maleta y un apellido difícil, y a la semana ya tenían arepa y una tía prestada.
Con esa historia a la espalda, se entiende por qué la fractura actual duele de un modo que no siempre cabe en estadísticas. Nos rompieron el modo de existir. Nos enseñaron a despedirnos demasiado. Hicieron de los aeropuertos un lugar de duelo. Convirtieron la distancia en rutina. Nos obligaron a cambiar el abrazo por la pantalla, a celebrar cumpleaños por video, a ver crecer a los hijos en fotos. Nos dejaron viviendo con el corazón en modo “espera”.
Y, aun así, mira la obstinación del venezolano: afuera nos hemos vuelto a reunir como pudimos. Hacemos familia en el exilio a la primera esquina. Nos buscamos, nos cuidamos, nos cocinamos cuando alguien está triste, nos damos “la bendición” por teléfono como si el cable pudiera reemplazar la mano. Nos reconocemos en la calle con un acento y ya está: esa persona puede no saber tu historia, pero te mira como si la supiera. Porque la llevamos parecida. Porque venimos de la misma casa rota.
Por eso María Corina pone la reunificación familiar en el centro. Nos está devolviendo el plano de la casa que somos. Y nos está diciendo, sin decirlo así de crudo, que la victoria no se puede medir solo en votos: se va a medir en abrazos recuperados.
Y aquí está la fibra final, la que de verdad nos moja los ojos: Venezuela solo va a renacer si vuelve a juntarse. Si volvemos a tratarnos como parientes de destino, con diferencias, sí, pero con confianza de fondo. Si la política deja de ser pelea por el poder y vuelve a ser, como en nuestras mejores horas, un pacto de cuidado mutuo, esa ternura organizada que alguna vez nos hizo sentir país. Un país desunido puede cambiar de gobierno y seguir siendo frágil; un país que se siente familia tiene una columna interna que no se quiebra tan fácil.
El día que regresemos no será solo un retorno de cuerpos. Será el regreso de un país a su temperatura original. Volveremos a abrazarnos sin explicación. Volveremos a besar en la mejilla. Volveremos a pedir la bendición sin sentir que es un gesto antiguo, sino la manera exacta de decir “te reconozco y te quiero”. Y en esa simple escena, una mesa llena, una puerta abierta, un aeropuerto alegre, Venezuela va a entender que la unión no era un recurso poético: era la base de todo, la madera del hogar, la patria en su forma más humana. Porque un país puede sobrevivir con dolor, pero solo renace cuando se reencuentra. Y nosotros, al reencontrarnos, volvemos a ser Venezuela, ¡Tierra de Gracia!
✍️ Nota: Tal vez este sea el artículo que escribo antes de que llegue el momento esperado, el del beso que nos devuelva la casa completa. Si es así, que estas líneas queden como antesala: Venezuela a punto de abrir la puerta.