Sonrió y se recostó junto a mí, y el aroma a lis de su cabello llenó mis pulmones, impregnándome de su familiaridad. Aquí era donde pertenecía mi corazón, donde sea que Leah estuviera, pues era ella quien lo llevaba consigo. Ella era mi hogar.
—¿Y qué se supone que debería hacer ahora? ¿Luchar por ti? ¿Luchar
por recuperarte?
Negué.
—No tienes que luchar por recuperar lo que jamás ha dejado de ser tuyo.
Ustedes son muy jóvenes para saberlo pero antes a octubre le decíamos abracadubre o monstubre y nos emocionábamos por los especiales en Disney Channel, que buenos tiempos.