Esta semana abordé el Uber para ir de Cuernavaca hacia Santa Fe. Me concentré en pasar el tiempo del trayecto jugando con ChatGPT-4 para entender la euforia que está causando.
Llegado un punto, me desconecté de la Matrix porque noté demasiadas vueltas sobre una zona en particular. "¿Qué pasa?", pregunté al conductor. Me explicó que la aplicación lo mandaba por una parte donde no podía entrar y yo —dándole su espacio como experto al volante— lo dejé ser con sus decisiones y regresé al metaverso ahora a jugar ajedrez.
Pasó demasiado tiempo y ahora sí decidí involucrarme en serio en el problema. Ya era claro que no teníamos avances sustanciales para llegar a mi destino. "¿Y en sí cuál es el problema de la ruta por la que te envía?", pregunté. "Es que hay que usar el tag y no tengo". El tag es un pequeño dispositivo que los sensores viales detectan y con ello te cobran peaje de manera automática. Algo común en ciudades grandes y viajes en carretera, pero no para este chófer.
La solución era comprar un tag, pero eso implicaba dar más vueltas a lo tonto. Le di instrucciones de entrar a la vía que el GPS nos decía aunque no tuviéramos el dispositivo. "Es imposible que seamos los únicos tontos a los que esto les ha pasado", dije. Asumí que debe ser una situación diaria donde conductores confundidos sin tag entran al área y las autoridades ya saben cómo resolver.
Efectivamente. Una policía nos ordenó salir a través de un desvío interno diseñado para ello. Ahí fue donde la consulté si podía comprar con ella el p tag. "No, pero ahí donde está el señor de la sombrilla venden". Unos veinticinco dólares y tres minutos después ingresamos a la autopista y túneles que conforman el camino estándar para llegar a Santa Fe.
"Es que esto debería ser gratis", se quejó el conductor mientras apretaba el acelerador con entusiasmo con la fantástica autopista. Yo estuve de acuerdo, pero le dije que así son muchas cosas en la vida: que perdemos mucho el tiempo en la superficie intentando evitar pagar las cosas y no avanzamos cuando podemos acceder a la vía rápida subterránea VIP con una pequeña inversión. Y que actuar así —metiéndonos sin permiso para aprender cómo resolver las cosas y adquirir la herramienta precisa para la situación— nos acostumbra a movernos rápido, la cual es probablemente la forma más poderosa de volvernos más inteligentes. Y estos —velocidad e inteligencia— son hoy en día los activos que más nos convienen.
Creo que era su primera visita a Santa Fe. Vio un supermercado con fachada bonita y dijo que seguramente todo estaba carísimo ahí porque era para gente rica. Reí y me quedé pensando al respecto. Luego le dije que probablemente los precios no eran tan altos como él imaginaba porque casi toda la gente de clase media alta que conozco (que él consideraría "ricos") es bastante cuidadosa con su dinero y exigen buenos precios. "La mayoría son muy codos", fue la expresión mexicana que usé.
Enseguida me dio la razón. Me dijo que en Cuernavaca le tocaba llevar a clientes que vivían en mansiones al Oxxo a comprar la promoción de botellas de Bacardi el fin de semana. "Exacto, no gastan como uno pensaría", le dije.
Mucha gente con recursos bastante limitados —expliqué— compra cosas costosas innecesarias que los mantienen en ese nivel. Le di el ejemplo de quien adquiere un par de tenis Nike que representan la mitad de su salario solo porque otros en su colonia traen unos así.
Para ser rico no puedes operar con la mentalidad del promedio de la gente. Si la formas en que ves el dinero es igual a la de los demás, tendrás el resultado limitado de ellos también. Esto lo pensé después y ya no alcancé a compartirlo con mi nuevo amigo conductor de Uber porque llegamos al hotel y tenía pendientes que atender.
Tú paga el acceso VIP. Te acelera todo y te permite concentrarte en las cosas que importan.
—A.