El aguacate criollo es el verdadero padre del guacamole. Pequeño, de cáscara delgada y sabor intenso. No es “bonito” como los de exportación, pero es más sabroso, más aromático y más nuestro.
Mientras el aguacate Hass domina el mercado global, el criollo sobrevive en huertos familiares, mercados locales y montes olvidados. Pero guarda una genética milenaria y un sabor que no se puede clonar.
El criollo no se creó para viajar en tráileres ni para durar semanas en anaquel. Se creó para comerse maduro, fresco, directo del árbol, con sal y tortilla caliente. Es más aceitoso, más complejo y más intenso. Algunos lo consideran “rústico”. Otros, “primitivo”. Pero la verdad es esta: el criollo es el aguacate en su forma más pura.
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