⚡️ Metro se vuelca con el Rayo y tematiza las doce estaciones de Vallecas
Con motivo del encuentro, el Estadio de Vallecas instalará también tres pantallas gigantes para que los aficionados puedan seguir el partido en directo.
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¡PAREN TODO! 🚨 Lo que acaba de pasar en Valencia es un milagro de la naturaleza. 🇪🇸
Ha nacido el primer ejemplar de una especie en peligro CRÍTICO de extinción. No solo es una victoria para la zoología, es un rayo de esperanza para el planeta. 🐾✨
España haciendo historia en conservación. ¡Dale RT para que todo el mundo conozca a esta cosita! ❤️👇
La mayoría de la gente pasa casi toda su vida sin ser conscientes de que pasan “cosas”, siempre están pasando “cosas”.
Y esto es una de las lecciones que aprendí en mi primer año de bombero.
Ya llevo varios servicios así a mis espaldas, de vidas rotas, de desgracias e injusticias de carne y hueso, de piel y sangre, de lamentos y lágrimas sin consuelo…
No existe explicación, respuesta ni refugio para aquellos que se topan con la realidad de la vida, cuando descubren que eso que suelen ver en la televisión o en las noticias, eso que era “lo ajeno”, “lo de otros”, se topa contigo y te tritura de frente como si de un camión pasándote por encima se tratara.
Está anestesia hace que vivamos la vida en piloto automático, y cuando se desconecta, cuando tomamos contacto con la parte más cruel y trágica de un cisne negro, no nos lo podemos creer, “no podemos creernos que esto sea real, que nos esté pasando a nosotros”
Tenéis (tenemos) que entender que la vida, la realidad, no entiende de injusticias ni de desgracias, de eso solo entendemos nosotros. Y una de ellas puede tocarte de la forma más cruel, dura y despiadada que te puedas imaginar, que no os quepa ninguna duda.
Disfrutad de la vida, de vuestra pareja, de vuestros padres, amigos, allegados, disfrutad de ese regalo tan perfecto y bello que se nos ha dado en forma de préstamo (que es lo que son), y disfrutadlos siempre teniendo en la mente que en la vida, como digo, “pasan cosas”, y siempre seguirán pasando.
D.E.P.
Carmelo apareció en Canal Sur desesperado por encontrar al joven que salvó a su hijo unas horas antes de conocerlo en directo.
Dio más detalles de como Julio lo rescató quitando los hierros que tenía encima y le impedían salir del tren.
Julio se merece un monumento a sus 16 años.
Una fotografía de una fotografía. La imagen de Miguel Hernández proyectada sobre la celda de la prisión de Huelva donde estuvo preso. Pertenece al proyecto ‘Donde no habite el olvido’, uno de los trabajos de María Clauss, fallecida junto a su marido Óscar Toro en el accidente de Adamuz.
No se me ocurre otra manera mejor de honrar su vida que admirar su arte y cuidar de su memoria.
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Puede parecer una chorrada pero este gesto en un mundo como el del fútbol es (desgraciadamente) más que valiente. Qué bien están haciendo las cosas en el @RCCelta
🗣️ Pensaban que era un accidente de tráfico, pero en el lugar al que les llevó aquella serpiente de luces atraídos por una irrefrenable curiosidad había un enorme tren rojo acostado sobre un lado un caos de catenarias, de gritos, de gente desorientada y de olor a plástico quemado. Con todo, lo peor estaba por llegar. Supieron que era grave, pero aún no habían comprendido nada.
Los héroes brotan de donde menos se espera, en este caso de entre los curiosos como Julio. Sin pensarlo demasiado, se puso a ayudar con su madre Eli y su amigo y a bracear en aquel caos de sangres y de espanto que no era más que el comienzo de la noche en la que les esperaba, último círculo del infierno de la noche de Adamuz en la que, más de 24 horas y cuarenta muertos después, se vive instalado en una pesadilla nunca vista.
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Pensamos que nos quedan 20, 40 o 50 años de vida. Pero es mentira. La vida se mide en veces.
Te pongo un ejemplo:
A mí me vuelve loco esquiar.
Pero siendo realistas, voy 2 veces al año.
El año que voy 3, ya soy un privilegiado.
Si asumo que me quedan 15 años esquiando a tope, la cuenta sería así:
• No me quedan 15 años de esquí.
• Me quedan 30 veces.
• Solo voy a subir a la nieve 30 días más en toda mi vida.
Lo mismo pasa con la gente.
Piensa en ese primo al que ves solo en las comidas familiares.
Si lo ves una vez al año durante 3 horas y crees que te quedan 20 años de vida…
Realmente te quedan 60 horas con él. Un fin de semana largo.
Eso es todo lo que te queda antes de morirte.
Es una mierda. Una mierda pinchada en un palo.
Cuando hago este cálculo, me entra la paranoia.
Miro fotos mías con 18 o 20 años y pienso que tenía que estar saltando de felicidad. Pero no me enteraba de qué iba la película.
En esa época regalaba los minutos. Pasaba la vida como si nada.
La vida es súper injusta en eso. Pero hacer este cálculo te obliga a dejar de regalar el tiempo y aprovechar hasta el último segundo.
No te quedan años. Te quedan momentos.
Aprovéchalos.
Salí de Venezuela hace 7 años ya, porque me pusieron una pistola en la cabeza a plena luz del día. 19 años tenía. Iba caminando a la universidad.
Me costó entender que eso pasó básicamente porque no había consecuencias para los criminales reales, como suele ser en las dictaduras.
Me fui aterrada y sin ganas de volver. Estaba chica y me costaba separar lo que es el gobierno vs. lo que es la patria.
Afuera lo entendí. Y me dolió muchísimo darme cuenta que amaba mi país más que a nada y que el recelo venía de que nunca quise ser una exiliada. Qué sensación tan fea lo que es el despojo y más cuando ni siquiera has terminado de formar tu identidad.
Por fortuna y bendición, migré a un país que amé profundamente desde el momento en que llegué. Me acogió, me permitió crecer, lo hice mi casa y lo sigo amando. Amo su cultura, sus costumbres y sobre todo a su gente.
Pude crecer, recorrer distintas tierras, sanar y ser feliz en ese proceso. País que visito, país del que me recorro al menos tres ciudades como queriendo entender cómo funciona desde adentro. Me voló la cabeza conocer formas de pensar tan diferentes e interesantes. Ese intercambio constante me recordaba lo que somos en Venezuela y lo que no. Nos empecé a recordar con cariño y con nostalgia.
Ya cuando sané y quise volver de visita, era demasiado tarde.
Para bien o para mal, tengo nacionalidad española y venezolana. La española me permitió moverme libremente por el globo, con la excepción de que si llegaba a pisar venezuela no podía salir.
Podía visitar cualquier país, excepto el mío. Y si lo visitaba, no podía salir, a no ser que tuviera ese pasaporte venezolano que me era imposible de conseguir por distintos motivos claramente relacionados a la dictadura.
Cuento esto como un marco para decir que la intervención de hoy, de este 3 de Enero de 2026, no la celebro a la ligera. Cuando crecí no soñaba con que USA bombardeara a mi país, te lo juro.
Pero tampoco nadie te prepara para lo que es ver a una tanqueta militar aplastando los huesos de estudiantes que solo exigían derechos humanos, poder comprar comida o tener libertad.
Nadie te prepara para estar semanas sin electricidad en un país que es ridículamente rico. Nadie te prepara para lo que es llegar con una emergencia a un hospital y ver cómo se te muere un familiar en los brazos porque no hay insumos. Nadie te prepara para lo que es tener amigos presos en el centro de tortura más grande del continente, y que ese centro de tortura casualmente esté en tu país.
Una dictadura es una dictadura. Y las salidas pacificas son una utopía.
Lo intentamos todo: votar, alzar la voz, pedir ayuda, protestar, irnos, quedarnos y hasta morir por nuestra tierra.
Nada funcionó. Y la represión no solo siguió sino que tomó fuerzas. En algún punto se sintió invencible (en psicología le decimos “Indefensión aprendida”). Por eso estamos tan contentos hoy. No creemos que lo que vengan sean rosas, pero sí nos devuelve algo de esperanzas.
No tienen que venir a preocuparse por nuestro petróleo, sabemos que tenemos las reservas más grandes del planeta. Rusa y China también lo saben bien, porque nos lo han robado en las últimas dos décadas y ahí si no hemos visto a nadie diciendo nada.
Todavía nos queda mucho. Y seré cruda con esto: tampoco somos libres (aún). Pero por primera vez en 26 años está ocurriendo algo histórico en nuestro país.
Si no eres venezolano, déjanos celebrar un poquito esta sensación de alivio y de esperanza que habíamos perdido.
Si eres venezolano y estás en Venezuela, por favor cuídate mucho. Nos necesitamos a todos a salvo.
Si eres venezolano y estás fuera, te entiendo. Te abrazo fuerte y te pido nos eduquemos sobre lo que pasa para explicarlo bien. Hará falta darle visibilidad a esto para que no se tergiverse nuestra historia.
Ya la historia no es solo el pasado, sino lo que está ocurriendo hoy. Y por eso cuento la mía.
Hoy comienzo unos días de descanso. Lo necesito, sí. Pero el hospital sigue ahí, abierto como cada día, abierto siempre.
En la madrugada, cuando el frío aprieta y la ciudad parece haberse detenido, un hombre yace en la calle. La temperatura ronda los cinco grados. Lleva una barba bermeja enmarañada, la ropa sucia, el olor acre del abandono. Su conciencia se apaga a tramos. Apenas está. La policía local lo recoge y lo conduce a urgencias, ese otro lugar donde tampoco el tiempo se detiene. Allí lo asean con gestos rápidos y discretos, y se confirma la gravedad: fiebre, deterioro, silencio neurológico. Comienza entonces la liturgia clínica: exploraciones, análisis, ecografías, tomografías... La tecnología al servicio de una vida anónima que nadie ha reclamado. Las pruebas revelan un proceso abdominal grave. No admite espera. Hay que intervenir. Y se pone en marcha una maquinaria invisible para la mayoría: quirófanos que se abren de noche, profesionales que acuden sin preguntas, manos expertas que se relevan con precisión. Anestesistas, intensivistas, cirujanos, enfermeras, auxiliares y celadores. Una comunidad entera convocada alrededor de un cuerpo sin nombre, sin nada. Después, la UCI. La vigilancia constante. Y la espera. Un poco más tarde se confirma lo que parecía evidente: es extranjero, no tiene hogar, no tiene nombre en ningún registro afectivo. Nadie aguarda noticias suyas al otro lado de ningún teléfono. Y, sin embargo, todo se le ha ofrecido: ciencia, tiempo, cuidado, respeto, competencia, recursos públicos. Se le ha dado lo mejor de nosotros sin exigir nada a cambio. Es la ley del más débil. Eso que define una civilización. No como idea abstracta, sino como hospital encendido en la noche, a cualquier hora, cada día del año. Como puerta abierta incluso en Navidad. Como respuesta automática al que sufre. Como el buen samaritano ante el hombre caído.
Acaba el año, y más nos valdría no olvidar este hecho real si queremos custodiar lo que hemos construido juntos. Porque llegar hasta aquí ha costado generaciones de esfuerzo moral y político. Y porque basta muy poco para que eso se hunda.
Que 2026 sea un año bueno para todos