Hace 65 años atrás, en Argentina, se ponía en funcionamiento la primera computadora de Latinoamérica.
La primera programadora del país fue una mujer: Cecilia Berdichevsky, matemática formada en la UBA.
Fue un lunes en el Pabellón I de Ciudad Universitaria, segundo piso, en una sala que tuvieron que reformar para poder meter lo que llegó dentro de un cajón embarcado en Manchester siete meses antes: una máquina inglesa de dieciocho metros de largo, dos de altura, que consume sesenta y ocho kilowatts (la electricidad de varias casas juntas). Cuando termina un cálculo, toca los primeros acordes de "Oh My Darling, Clementine". De ahí el sobrenombre "Clementina".
Frente a la máquina, una mujer de 36 años que hace tiempo que viene trabada con un problema de física: una serie matemática que tiene que resolver a mano, con regla de cálculo, sumando término por término. Lo que en los papeles le lleva días, Clementina lo va a hacer en segundos. Pero ella todavía no lo sabe.
Todavía no existían los lenguajes de programación amigables, ni pantalla, ni teclado. Solo cinta de papel perforada.
Con la máquina llegó también una segunda inglesa: Cicely Popplewell, programadora, formada al lado de Alan Turing en Manchester. Ella es la que le enseña a Cecilia las instrucciones para meter el problema de física adentro de Clementina. Escribe el programa en menos de media hora y la máquina lo resuelve en un instante.
Días de cálculo a mano, respondidos en lo que tarda un parpadeo. Esa fue la primera vez que alguien en este país sintió lo que sentimos hoy con la IA: que la escala del trabajo intelectual cambia de golpe.
Para colmo, liberaron el uso de la máquina para todos: cualquiera que supiera, podía usarla. Una computadora pública, en una universidad pública, formando a la primera generación de programadores del país.
Hasta que el 29 de julio del 66, los milicos entraron al pabellón a los bastonazos. Sadosky se tuvo que exiliar y el Instituto de Cálculo se desarmó. Clementina siguió funcionando unos años más hasta que la dieron de baja en el 71.
Tardamos siete meses en armarla…y cinco años en romperla.
Curioso que les moleste más una Mónica de 65 años yendo a la facultad por hobby que un funcionario público malversando fondos o difundiendo estafas piramidales.
Muchos me preguntan por qué banco la UBA, si me recibí en la Di Tella.
Fácil hermano, no todos tienen una familia que pueda disponer 3 millones de pesos mensuales, para que sus hijos estudien Ciencia Política y Medicina, como el caso de mi hermana y el mío.
Resulta espectacular que exista un lugar donde cualquier hijo de vecino pueda recibir exactamente la misma formación, o quizás superior, de manera gratuita.
Así se construye la “igual de oportunidades” y la “meritocracia” del que tanto les gusta hablar.
Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer la Cascada de Adorni.
También teníamos razón con lo que pasaba si cambiaban el régimen de portación de armas. Alguna otra estupidez compleja para aportar libertarios del orto ?
Comunidad x! Ayúdenme a difundir, esta cuenta estafa gente, son fantasmas que te piden $ y desaparecen, intenten contactarlos y verán! Ya están denunciados pero no caigan en la trampa, como una persona muy querida mía