En marzo de 2000 yo tenía diecinueve años, estudiaba derecho y trabajaba como paralegal en el Departamento de Homicidios de la Policía Nacional. Ese mes asesinaron a Jean-Louis Jorge, el cineasta dominicano más importante de su generación.
Lo que presencié durante esas semanas nunca quedó registrado en ningún expediente: la tortura de un chofer inocente, la redada masiva por orientación sexual, el expediente que desapareció entre una instancia y otra. Y la forma en que la verdad llegó, al final, no por el rigor del sistema sino por el azar de un italiano que encendió una laptop robada en una playa del este.
Este ensayo es mi testimonio de esos hechos. No es solo la historia de un crimen. Es la historia de lo que un Estado le puede hacer a sus ciudadanos cuando opera sin controles y con la urgencia política de cerrar expedientes antes de unas elecciones.
Y es, también, la historia de un artista extraordinario que el país no supo proteger en vida ni honrar con justicia en muerte.
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