Estos carteles de las fiestas del Orgullo de Madrid me producen una profunda decepción.
Durante décadas, el Orgullo ha sido mucho más que una celebración. Ha sido memoria, lucha, visibilidad, derechos conquistados y reivindicación permanente frente a quienes aún hoy cuestionan nuestra igualdad.
Sin embargo, al contemplar esta campaña, cuesta encontrar esa historia y ese significado. La diversidad LGTBIQ+ queda reducida a un elemento decorativo, mientras el protagonismo parece recaer en una supuesta promoción de la ciudad y de una fiesta genérica.
El Orgullo no nació para hacer marketing de Madrid. Nació para reivindicar la dignidad de las personas LGTBIQ+, para recordar a quienes abrieron camino y para seguir defendiendo derechos que nunca pueden darse por garantizados.
Vaciar de contenido reivindicativo el Orgullo es despojarlo de su esencia.
Madrid debe sentirse orgullosa de ser una ciudad diversa e inclusiva. Pero el mensaje principal no puede ser Madrid. El mensaje principal deben ser las personas que hicieron posible que hoy podamos vivir con más libertad.
Una ciudad orgullosa es aquella que pone en el centro a las personas, no a la marca.
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Los propósitos de Año Nuevo de Virginia Woolf en 1931: “No tener ninguno. No estar atada. Ser libre y amable conmigo misma. A veces leer, a veces no leer. Salir, sí, pero quedarme en casa a pesar de que me inviten. En cuanto a la ropa, creo que compraré una buena”.
“Pido un deseo al firmamento
Que tú me quieras más de lo que yo te quiero” 🌟
Amaia (@amaiaromero) canta "Aralar” en un maravilloso escenario: el Monasterio de Iratxe, en Navarra.
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