La tarjeta no decía gran cosa, tampoco, solamente hablaba del Salón de Cristal Bouanich, y dónde se podía encontrar.
—Mañana, a la hora que quieras —dicho esto, se levantó para agarrar sus pertenencias... y la taza—. Iré a hacerme cargo de esto. Te deseo un buen descanso.
—Tengo edad suficiente para pellizcarte una mejilla por esa acusación —que lo considere una advertencia, por más osito cariñosita que se viera—. Disculpa mi espiritismo, pero eso es algo que no puedo condicionar —con o sin traducción, él ya llegaría a esa pregunta por su cuenta.
—Las veo en mis lecturas y rituales —contestó a sabiendas de lo escéptico que se veía con el asunto, pero podía decir que había curiosidad. Eso, y seguramente ganas de probar que estaba equivocada o era un fraude.
Lo cual, curiosamente, le agradaba.
—Te haré una lectura cuando
tengas una pregunta —así funcionaba para ella. Nunca cobraba por sus adivinaciones, ni dejaba que vinieran a comprarlas. Por eso, la gente solía llevarse bastante mercancía. Y no siempre las concedía.
—Te espero, en ese caso —le ofreció una de sus nuevas tarjetas, sonriente—. No
momento. Claro que no tenía problemas en responder algo así, mas ya tendría oportunidad de averiguar por su cuenta qué tipo de vidente era. De persona, incluso—. Oh, eso. Tengo un Salón de Cristal, solo tendrías que ayudarme con la mercancía, los clientes suelen venir por mí.
—Es una interpretación que se acerca a lo que en realidad veo, nada más —estando tanto tiempo entre cristales y adivinaciones, suponía que debía hablar casi en enigmas. Pero no dijo nada al respecto.
—¿Hm? —inclinó la cabeza al verlo susurrar, entrecerrando los ojos un
—Me disculpo, entonces~ —por la actitud sospechosa y por usar metáforas sin tanta explicación. Lo normal.
—Te dije que soy vidente, ¿verdad? Prefiero interpretar la vida de una persona como un río; yo tengo el mío, tú tienes el tuyo, y así con todos —explicó lo más breve
posible primero, esperando que diera su respuesta después antes de proceder. Rio suavemente, asintiendo.
—Es una respuesta —ni buena, ni mala—. Una que da alguien contra corriente. Son personas interesantes, debo decir, porque no importa qué tan rápido vaya el flujo, siempre
mejor si así lo deseaba—, fue construida para el centenario de la revolución. Creería que se salvó porque le encontraron utilidad en las telecomunicaciones.
—Definitivamente es un halago. Ella es una buena persona, muy encantadora —testaruda, también. Pero eso era lo que le agradaba más de ella.
—Trescientos treinta metros, para ser precisos —comentó, insistiendo gentilmente con un gesto para que sostuviera la foto y pudiera verla
río a su lado.
—Porque no puedo ignorar a quienes van contra la corriente —pasó su mano por aquella visión, y se escuchó bastante real—. Dime, ¿crees en que el destino tiene todo decidido para ti?
—¿Eso hice? Supongo que sí puede ser sospechoso... —movió delicadamente la infusión, contemplando que no quedaba mucho. Todavía se hacía la tonta.
La pregunta, sin embargo, llevó a Beryl a terminar su té y dejar la taza. El cristal en su pecho brilló, enseñando la ilusión de un